Aquarius: una anciana de espíritu joven  

sábado, 25 de marzo de 2017
MONTERREY, NL. (proceso.com.mx).- Aquarius (Aquarius) remite a las cuestiones importantes de la vida. Clara es una viuda madura que vive en un exclusivo apartamento, a orillas de la playa de Recife. Los directivos inescrupulosos de una inmobiliaria quieren adquirir su espacio, el único que queda habitado del condominio, para demoler el edificio completo y construir un nuevo desarrollo. Como ella se niega, la empresa inicia una serie de acciones de hostigamiento y acoso, para derrotar su ánimo y obligarla a vender. Pero la dama está tan atada a su morada, a través de décadas de recuerdos, que se niega rotundamente a dejar el vecindario. Sonia Braga luce excelsa en el papel de la digna señora que arrostra la adversidad, que le llega en forma de soberbia, avaricia, indecencia, de los empresarios, jóvenes y viejos, que la quieren despojar de una casa que le da identidad y le transmite amor a la vida. Es su santuario, su lugar en el universo. En su mejor forma como intérprete, la brasileña superó hace muchos años la etiqueta de bomba sexy, que gozó en las décadas de los 70 y 80, y ahora se muestra, con fresca honestidad, en una vejez plena y bella, como lo exhibe en el papel de la entusiasta Clara, morena, altiva y atractiva a sus 65. El director Kleber Mendoza Filho hace, con su propio guión, una cinta de personaje enfocado en las emociones. Toda la acción se concentra en la señora, una exitosa crítica musical y escritora, quien, pese a su reconocimiento público, tiene una intensa vida familiar pero, sobre todo, secreta, íntima, privadísima. En la casa hay una ventana al mar. Cruza la calle y entra a las olas. Se encuentra en un paraíso del trópico, rodeada de las comodidades de la modernidad, pero el acoso industrial la cimbra y, como consecuencia inesperada, la mueve a replantearse lo que han significado sus años, para ella y para quienes la rodean. La anécdota se maneja en dos planos y tres episodios, con retrospectivas nostálgicas de un Brasil lleno de colorido y con la sombra del cáncer como padecimiento que ataca a la joven Clara y que la marca para siempre. Pese a ello, ha llevado una vida plena, llena de afecto y sensualidad, junto a personas luminosas que le han transmitido energía a lo largo del camino. Al pretender desalojarla, los cretinos de la inmobiliaria la han obligado a repasar su propio almanaque existencial, lleno de ricos matices. Recordar los bellos momentos le resulta doloroso, pero le libera resortes enmohecidos. La lucha por contener el acoso le ha dado fuerza nueva. Por más recuerdos gloriosos que tenga, debe enfrentarse a un presente y un porvenir pesados. La decrepitud es dolorosa, por lo que se esmera por confirmarse a través de una sensorialidad a la que le resulta cada vez más difícil acceder. Puede hacer lo que quiera, pero no le llena el corazón una escapada de amigas maduras y pícaras, que se divierten en una feliz cacería nocturna de vejestorios apuestos en los antros. El fastidio de los empresarios le remueve los apetitos. Está en casa, serena, escuchando discos de vinil, que la ligan a sus nostalgias, tomando siestas, degustando vino. Pero algo le falta. Se encuentra, Clara, en la búsqueda de consuelo, exponiéndose a la humillación, con galanes disfrazados de patanes o mediante la compra de un macho que la haga vibrar sin espiritualidad. En la epifanía del desenlace, descubre que la juventud ha escapado y que debe hacer acopio de resignación. Pero le queda la dignidad intacta, con la que debe resolver problemas familiares que nunca terminan, y a la que debe apelar, cuando sienta que la necesidad la lleva a buscar recursos terapéuticos artificiosos, que pueden lastimar su alma hipersensible. Aquarius es una exaltación a la vida. Los incidentes que en ella pasan son ordinarios, pero muestran el retrato vigoroso de una vieja de rasgos agraciados y llena de pasión. El final, abierto, es altamente satisfactorio.