Día del atentado: cacería a los terroristas

viernes, 21 de abril de 2017
MONTERREY, NL. (apro).- En Día del atentado (Patriots Day, 2017) el protagonista es la anécdota. Mark Whalberg, uno de los héroes de acción preferidos de Hollywood, encabeza los créditos de esta recreación de los ataques terroristas que provocaron muerte y destrucción durante el Maratón de Boston del 2013. Sin embargo, por encima de su lucimiento, el director Peter Berg privilegia, como principal objeto de interés, la cacería policiaca que siguió al evento que golpeó el corazón de Estados Unidos. El mismo Berg es un patriota del cine. Con anterioridad, de la mano del mismo astro taquillero, había traído el drama “El Sobreviviente” (Lone survivor, 2013), que relataba las desventuras de un comando en Medio Oriente, abandonado su suerte, en una fallida misión por capturar un líder talibán. Ahora, con evidente orgullo, recrea las intimidades de lo que pudo ser el operativo policiaco emprendido por el FBI para atrapar a los hermanos Tsarnaev, que detonaron mortíferas bombas caseras que cobraron vidas de personas inocentes, en uno de los eventos deportivos más conocidos del planeta, y durante el día de una de sus mayores celebraciones nacionales. El mundo ya conoce la suerte del par de chechenos. Los medios de comunicación y los dispositivos móviles captaron numerosos ángulos de la tragedia que fue ampliamente difundida, al instante, por todos los canales de comunicación. Lo que no se sabía es cómo fueron localizados escasos, días después, los responsables, en una intensa búsqueda que fue también ampliamente difundida. La narración en Día del atentado es tan rápida y la acción tan intensa que no hay momento para reparar en la profundidad de los caracteres. Tommy Saunders (Whalberg) es un policía estatal que coadyuva en la investigación con las fuerzas federales para emprender una cacería humana tan peligrosa como implacable. Tiene una vida familiar, es querido por la comunidad, trabaja como un eficiente agente y es adorado por su mujer. Pero eso, realmente, no importa. Lo que el público quiere es ver acción, y atestiguar como los malnacidos atacantes fueron acorralados y reducidos a punta de balas. En un inicio, son presentadas estampas de un mundo perfecto, representado por Estados Unidos. La nación que lidera el planeta está de fiesta. Sus ciudadanos de conformación multiétnica, bien vestidos y prósperos, sonríen mientras caminan por entre los edificios altos, las calles pulcras y un orden absoluto. Nada puede fallar, pues todos son protegidos por policías que los aman. Sólo un tonto, a costa de su vida, podría intentar lastimarlos. Nadie puede hacer daño a un estadounidense y evadirse impune. Luego, ocurre la conflagración, con sus instantes posteriores de confusión, sangre y desolación. Existe una impresionante recreación de los acontecimientos ya tratados y que fueron dados a conocer, en imágenes, inmediatamente después de los hechos. El guión original llena, con una enorme dosis de ficción, elementos extraviados del drama. Son reconstruidas, con perfecta fidelidad, las tomas que recogieron las cámaras de seguridad, para registrar el bombazo y seguir a los sospechosos. Tras las detonaciones, los entrometidos sabuesos del FBI, encabezados por el petulante agente especial DesLauriers (Kevin Bacon), llegan a la escena del crimen en sus imponentes camionetas negras y toman control de la investigación. Las imágenes demuestran una innegable admiración por la labor de los policías, en un país paranoico que es infalible para atacar pero que, históricamente, ha demostrado reiterada vulnerabilidad en sus líneas de defensa. Pese a su soberbia, los agentes federales necesitan el auxilio de las fuerzas locales. Es ahí donde entra Saunders y sus arrojados muchachos, que conocen las calles de Boston y emprenden la frenética localización de los asesinos musulmanes. Aunque se conocen ya sus rostros y se les ubica como principales sospechosos, DesLauriers enfrenta un interesante dilema. No tiene la certeza de que sean los verdaderos culpables del atentado, por lo que duda en liberar imágenes de sus rostros. Si no son los terroristas, as consecuencias contra los posibles inocentes podrían ser terribles. Igual habría, por causas falsas, muestras de repudio a su religión de origen. La inmediatez de la información puede ser peligrosa. Estados Unidos es un país gobernado por el orden. Ese mismo apego a los procedimientos y los protocolos, es el que los lleva a encontrar las pistas que los ayudan a resolver el crimen, encontrar a los culpables y neutralizarlos sin misericordia. El epílogo con entrevistas de los afectados reales e imágenes de las víctimas fatales convierte toda la producción en una trepidante lectura de los días amargos de la tragedia en Boston. Aunque hubo muertes, el país se apuntó un éxito al conseguir que los malditos atacantes confrontaran los resultados de sus actos. La producción, al final, se convierte en un folleto más de propaganda yanqui, hecha para consumo interno y también para su venta entre clientela del exterior, en su exquisita y rentable forma de film de acción con malos, muy malos, y buenos, muy americanos.