'Todo, todo”: un pequeño romance

viernes, 23 de junio de 2017
MONTERREY, NL (apro).- Todo, todo (Everything, everything, 2017) es una cálida historia de amor juvenil que despierta locas fantasías en las adolescentes, pero también el terror en sus papás. Dirigida a un público en etapa pubertad, la cinta dirigida por Stella Meghie es otra más de las producciones basadas en best sellers, en este caso, el de Nicola Yoon, que remite a una relación que parece imposible aunque, como dice el slogan de la película, hay que arriesgar todo por amor. La premisa es muy sencilla: Maddy (Amandla Stenberg) una chica de 18 años, ha pasado su vida encapsulada en una residencia de clase alta, rodeada de todas las comodidades, pero imposibilitada para pisar la calle debido a una extraña condición genética que la hace vulnerable a cualquier enfermedad. Un resfriado puede matarla. Es huérfana de padre y vive únicamente con su posesiva madre. Pero, oh, ironías de la vida. Un día cualquiera, aparece en el barrio un nuevo vecino, Olly (Nick Robinson), apuesto y simpático, que pondrá de cabeza su mundo. Sin proponérselo, el chico la pone a soñar, le muestra que existe un mundo en el exterior, le da alas y espíritu de conquistadora de nuevos horizontes. La película tiene como gran acierto generar, en el inicio, una tensión permanente en torno a la condición de la chica. Es obvio que el chico que se asoma por su ventana va a traspasar barreras hasta llegar a ella. No hay manera de colocar obstáculos para dos corazones que quieren estar unidos. Sin embargo, son incómodas las progresiones del galán, que tiene la expresa orden de no acercarse a la chica por la que se derrite. ¿Cómo pueden estar dialogando, en extremos de una misma habitación, dos chicos que son como un coctel de hormonas y quienes, además, se encuentran solos? Carla (Ana de la Reguera) es una linda Celestina que intercede por los enamorados, ayudándolos en sus acercamientos. Para alivio de los adultos, el relato es pudoroso, y maneja con mucho cuidado y reservas los contactos. Todo en la historia es sencillo y directo, pero se esmera en profundizar en los caracteres, para no quedarse en la superficie, además de que permite que Stenberg y Robinson luzcan su buena química en pantalla, con una relación de besos y algunas lagrimitas. En su primera mitad, el drama es una especie de microteatro, con prácticamente una locación, en la que ella trata de llevar una vida apacible, inventándose actividades y creándose fantasías de escapes, para complementar una vida limitadísima y aburrida. Ya en el complemento, la acción se mueve en escenarios idílicos, que son como plastas rosas. El relato se torna ingenuo y obsecuente, al proponer una serie de situaciones acarameladas y perfectas. Aunque los chicos incurren en actos completamente irresponsables, la diosa fortuna los premia. El público adolescente puede suponer que lo que hacen es lo correcto, que la precipitación no implica un riesgo. Para preocupación de los papás, Maddy y Olly invitan a toda la chaviza a que los sigan en su gran aventura. Peligrosamente aconsejan que nada puede salir mal si se hace con entusiasmo, energía, honestidad y, sobre todo, por amor. Cerca del final hay un giro inesperado, que revela algunas motivaciones ocultas y hace suponer que no todas las personas son protectoras por amor. A veces el egoísmo es un sentimiento patológico que puede provocar daños irreversibles en las relaciones. La conclusión anticlimática es bastante condescendiente y borra todas las angustias y pesares. A fin de cuentas, es cine para muchachos.