De cuando asesinaron al zapatista Rubén Jaramillo

jueves, 29 de junio de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Autor de ¡Comandante Genaro Vázquez Rojas: Presente! (Editorial Brigada Roja, 2011), Alberto Guillermo López Limón publica Vida y obra del zapatista Rubén Jaramillo, en coedición con El Zenzontle y MIR, de 295 páginas. López Limón obtuvo el doctorado de Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Ciencias Políticas de la UNAM por su tesis Historia de las Organizaciones Político-militares de Izquierda en México (2010, ver: http://www.cedema.org/uploads/Lopez_Limon.pdf). El reciente volumen de López Limón versa en torno a la vida de Rubén Jaramillo, quien nació el 25 de enero de 1900 en el pueblo de Real de Zacualpan, distrito de Sultepec, Estado de México. Luchador social, Jaramillo ingresó a las filas del Ejército Libertador del Sur a las órdenes directas de Emiliano Zapata a la temprana edad de 14 años, convirtiéndose en oficial reverenciado por los habitantes de Morelos y Puebla. En los años veinte encabezó una lucha legal por la Reforma Agraria y al comenzar la década de los años treinta, fue el más conocido y respetado de los dirigentes campesinos del poniente de Morelos. Ofrecemos un fragmento tomado del capítulo “Un revés doloroso: el asesinato de la familia Jaramillo en Xochicalco (1959-1962)”, para nuestros lectores del Suplemento Cultura en la Mira. El crimen: 23 de mayo de 1962 “Es chistoso lo que me ha pasado. Si yo hubiera aceptado el soborno que me ofrecía el gobierno y hubiera traicionado a los campesinos, ahora sería un líder de renombre, y la gente diría: ‘Jaramillo el protector de los humildes’, y los periódicos me llamarían el apóstol del campesinado. Si hubiera aceptado ser deshonesto, ladrón y traidor, ahora me llamarían líder preclaro, ejemplo para todos, y no sé cuántas pendejadas más. “Pero como no acepté ser lo que ellos querían que yo fuera, entonces me llaman bandido, el guerrillero desalmado, el asaltante de caminos y violador de mujeres, el asesino, el hombre sin conciencia… pa donde quiera que uno voltea no ve sino mierda.” (Política número 51, pág. 7) Jaramillo rechaza la propuesta que le hicieron sus seguidores de ajusticiar al traidor Heriberto Espinoza, El Pintor, por sus múltiples fechorías contra los campesinos. Craso error. Éste personaje proporciona datos para localizar a Rubén, además de tomar parte en la dirección del ataque a su casa; es quien lo entrega a las fuerzas de seguridad. Días antes se le había visto emborrachándose en la zona roja de Jojutla haciendo que Epifania desconfiara del único “jaramillista”, como él mismo se nombraba, con dinero. A los ocho días de haber llegado Rubén a Tlaquiltenango, el miércoles 23 de mayo de 1962 a las 14:00 horas, cinco pelotones de soldados pertenecientes al cuerpo de guardias presidenciales (55 hombres armados con fusiles de asalto reglamentarios y ametralladoras), en dos vehículos blindados y en varios jeeps provenientes del cuartel de Agua Hedionda, dirigidos por el sargento Manuel Justo Díaz, rodean la vieja casa marcada con el número 14 de la calle Mina. Junto con ellos se encuentran por lo menos 10 agentes de la Policía Judicial Federal (además de un número indeterminado que se encontraba destacado en Cuernavaca) y pistoleros. En esa dirección se encuentra Rubén, Epifania, Rosa García Montesinos (de 80 años de edad, madre de ésta última), los hijos adoptivos de Jaramillo: Ricardo, Raquel (junto con sus tres hijos menores: Rogelio, Fidencio y Fermina, de seis, cuatro y 18 meses de edad respectivamente) y Filemón Jaramillo Zúñiga, así como la esposa de este último de nombre Marcelina García. Lo primero que hace el ejército es amedrentar a los vecinos, ordenándoles que nadie saliera, pues se temía que la gente defendiera a Jaramillo. “Los solados tocaron a la puerta y abrió Filemón, hijo de Jaramillo. Al intentar impedirles la entrada fue golpeado y le rompieron la nariz. El comandante les dijo a los soldados que ‘todavía no’. Mientras tanto, Raquel, otra hija, huyó por la parte de atrás de la casa.” (Hubert C. Grammont, pág. 272; Política, 52, págs. 7 y 8; El Universal, mayo 24 de 1962.) De nada sirvió el amparo que portaba Rubén Jaramillo. “--No compliques más las cosas. A Rubén sólo nos lo vamos a llevar a Cuernavaca para que hable con el general, y estará de regreso a Tlaquiltenango en media hora, a más tardar. “Mi padre se mostraba renuente a salir acompañado del grupo de asaltantes, porque, no habiendo cometido falta ni delito alguno, no veía motivo por el cual tuviera que aprehendérsele. Ante su negativa, los asaltantes rodearon a mi padre y a empellones lo obligaron a salir, haciendo lo mismo con mi madre y mis hermanos, que hacían lo posible por evitar la consumación del atropello…” (“Dicen que Rubén Jaramillo…”, Punto Crítico, pág. 45) […] Tan rápido y sorpresivo es el operativo policíaco-militar que los campesinos no tienen tiempo ni para proteger a su líder, ni para seguir al convoy. Siendo golpeados, Rubén, Epifania y sus hijos Ricardo, Enrique y Filemón son introducidos a un carro color plomo sin placas. […] “El día que mataron a Rubén Jaramillo, Lázaro Cárdenas le había mandado dinero para que se fuera a Zihuatanejo y el recado de que saliera de Tlaquiltenango. El contacto era una señora conocida como Doña María. Doña María tenía 120 años, llegó a Tlaquiltenango a las tres de la tarde… y a Jaramillo se lo llevaron los soldados a las dos.” (“Dicen que Rubén Jaramillo…” Op. Cit., pág. 46) Al llegar al entronque con la súper se les unió al convoy otro coche que ordenó los llevaran a las ruinas de Xochicalco. “El automóvil… en el cruce, se desvió de la ruta a Cuernavaca, donde decían llevarlos, y tomó la de Xochicalco. Jaramillo trató de levantarse mientras el auto aceleraba; entonces recibió el primer culatazo, pero no cayó, sostenido de los brazos de su mujer, Epifania; entonces Filomeno, el hijo, desafió con su voz agresiva a quienes ya no ocultaban sus propósitos criminales. “—Cállate, chamaco, o te cortamos la lengua. “—Mejor se la llenamos de tierra. “A pesar del dolor del golpe, Jaramillo no cerró los ojos; necesitaba tenerlos abiertos para ver, hasta el final, la tierra que pasaba ardiente, iluminada por el sol de la tarde. “¡Cuántas veces al regresar al monte, al acudir al caballo y el fusil como única defensa y la de los campesinos que creían en él, había dicho: ‘Esta vez ya mero nos avanzan!’ Ahora sí lo habían avanzado, lo habían capturado. Lo llevaban con su mujer embarazada y sus hijos, creyendo que si los exterminaba a todos no quedarían Jaramillos capaces de seguir la lucha. No sabían que la muerte de cinco Jaramillos eran el mejor abono para la vida y la acción de 500, cinco mil nuevos Jaramillos…” (Homero Alemán, “Rubén Jaramillo. Los ruines de Xochicalco” en Mira, vol. 3, número 117, 25 de mayo de 1992, página 20.) Conducidos a las ruinas de Xochicalco, los secuestrados son asesinados. “Los bajan a empujones. Jaramillo no se contiene; es un león del campo, este hombre de rostro surcado, bigote gris, ojos brillantes y maliciosos, boca firme, sombrero de petate, chamarra de mezclilla; se arroja contra la partida de asesinos; defiende a su mujer y a sus hijos, sobre todo al hijo por nacer; a culatazos lo derrumban, le saltan un ojo. “Disparan las subametralladoras Thompson. Epifania se arroja sobre los asesinos; le desgarran el rebozo, el vestido; la tiran sobre las piedras; aún vivo, toman puños de tierra, le llenan la boca de tierra. Ahora todo es rápido: caen Ricardo y Enrique acribillados; las subametralladoras escupen sobre los cinco cuerpos caídos. La partida espera el fin de los estertores. Se prolongan. Se acercan con las pistolas en la mano a las frentes de la mujer y de los cuatro hombres. Disparan el tiro de gracia. “Otra vez el silencio de Xochicalco. “El auto arranca. “Los buitres aletean. Las cabras corren.” […] Aunque se aclara la forma, así como la identidad de los participantes, las investigaciones realizadas por la Procuraduría General de Justicia de Morelos nunca llegaron a una conclusión; antes de dos semanas se da carpetazo al asunto.” (Froylán C. Manjarrez, La matanza de Xochicalco, página 10)

Comentarios