'Verónica”: psicodrama y erotismo

viernes, 25 de agosto de 2017
MONTERREY, NL (apro).- Desde el póster promocional Verónica (2017) hace alusión directa a Persona, la cinta de Ingmar Bergman. Pero la influencia de la obra maestra sobre esta producción mexicana no sólo está en el afiche. Resaltan, también, la delicada fotografía en blanco y negro, el escenario europeo aislado y el interés por generar crispación en el aislamiento con solo un par de personajes. Al igual que en la obra del sueco, los realizadores Carlos Algara y Alejandro Martínez crean un psicodrama de dos mujeres que, a través de la exposición de sus emociones, se devoran mutuamente, intercambiando personalidades a un nivel de insanidad en el que pierden su propia identidad. Una sicóloga (Arcelia Ramírez) acepta hacer un trabajo especial de terapia con una joven atractiva llamada Verónica (Olga Segura), de misterioso pasado, que presenta un evidente estado espiritual afectado por un trauma remoto. El intercambio profesional es breve. Solas en el mundo, en un paradisiaco chalet enclavado en la profundidad del bosque, ocupan más su tiempo en conocerse y encontrarse, que en hacer trabajo de doctora-paciente. La atracción es inmediata y la tensión es inevitable. Eros se revela de inmediato. Las dos duermen en alcobas contiguas. El ritual de autocomplacencia solitario retumba por la noche en toda la casa como un gemido de gozo que es, más bien, el susurro de agonía de un alma que busca evadir los recuerdos dolorosos a través de las sensaciones. Toda la película está hecha de diálogos e insinuaciones. Los intercambios verbales, por momentos sobrecargados, hacen que la sicóloga repela a la clienta aunque, en realidad, el rechazo sólo las acerca. La fotografía de Miguel Ángel González Ávila busca constantemente la simetría. Los cortes van de un extremo de la mesa a otro. Un rostro captado de frente es sustituido por otro de perfil. La cámara se mueve con soltura y salta con naturalidad el eje de la toma. Hay un propósito claro por dar dulce visual. Ocasionalmente, se muestran panorámicas de time-lapse que lucen estridentes y chocan con el tono sigiloso del drama. Hay una gran escena en la que la lente hace un plano secuencia brillante, por atrevido. La cámara gira y la horizontalidad se vuelve vertical, y viceversa, en un lánguido recorrido sobre una cama en la que hay un encendido encuentro pasional que queda registrado con una agradable sutileza. El buen gusto de los realizadores permite que la eclosión erótica, se muestre en un nudo que es, al mismo tiempo, de cuerpos y personalidades. El guion de algara y Tomás Nepomuceno no permite descanso y, de manera permanente, camina sobre los linderos de la locura. Los deseos ocultos pueden ser materializaciones únicamente oníricas. Lo que se ha vivido también está en entre dicho. Interactúan las mujeres solas y las dos, de manera permanente, se cuestionan sobre su propio equilibrio mental. El aislamiento tal vez las afecta. Ramírez, en plena madurez creativa, hace un trabajo sobresaliente como la sicóloga que comienza, con su paciente, una relación edípica y hasta condescendiente, que se transforma en una más intensa, de atracción, frente a Segura que es, al mismo tiempo, una provocadora y una víctima, en un interesante desdoblamiento que transita rápidamente entre el deseo y la angustia. Aunque en el tráiler se insinúa que la historia contiene elementos de terror sobrenatural y se vende como un thriller con violencia, en realidad es completamente un juego sicológico de seres humanos, que se ven en otro como en un espejo, con reflejos de almas atormentadas. Lo que empieza como una alusión a Bergman, termina en otra a Alfred Hitchcock, con un final inesperado que reúne todos los elementos del rompecabezas, apresuradamente lo arma y, en el desenlace coloca la pieza que estaba suelta. Se completa, así, una estampa penosa sobre el dolor imborrable que deja sobre una persona la violencia que ejerce sobre ella quien debía protegerla. Verónica es una muy buena opción de cine mexicano. Merecen gratitud sus creadores, por arriesgarse con una producción austera, con un solo escenario, que no es para todos los públicos, y en un género inusual para el mercado nacional. Pero la historia termina por imponerse, por su temática original, las buenas actuaciones y, sobre todo, por un relato que nunca deja de moverse en terrenos del suspense y que, ofrece, la recompensa de un final rotundo.

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