A 150 años del nacimiento de Victoriano Salado Álvarez

lunes, 25 de septiembre de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El próximo 30 de septiembre se cumplirán 150 años del natalicio del escritor, historiador, político y hasta agente del Ministerio Público, Victoriano Salado Álvarez, cuya obra novelística fue considerada por José Emilio Pacheco como “la obra maestra de la novela histórica mexicana”, habiendo sido escrita --además-- en sólo cuatro años de su vida, entre los 30 y 35 años de edad. Abarcó, consigna el autor del Inventario en su columna en Proceso del 27 de abril de 1985, los catorce Episodios nacionales, agrupados en dos partes: De Santa Anna a la Reforma, 1902-1903, y La intervención y el imperio, 1903-1906. Cada episodio, dice, se editó en un tomo: Su Alteza Serenísima, Memoria de un polizonte, El golpe de Estado, Los mártires de Tacubaya, La Reforma, El plan de pacificación, Las ranas pidiendo rey, Puebla, La corte de Maximiliano, Orizaba, Porfirio Díaz, Ramón Corona, La emigración y Querétaro. Pacheco se dedicó a estudiar y poner en valor la obra de Salado a principios de la década de los ochenta del siglo XX, señaló Juan José Doñán, al escribir sobre la muerte de José Emilio, en la edición Jalisco del semanario Proceso del 1 de febrero de 2014. Destacó que hizo “una hermosa etopeya (retrato moral)” y lo consideró “el primer novelista moderno (moderno en el sentido que lo hace anteceder a lo contemporáneo), el iniciador del siglo XX en la novela de este país y desde luego el más actual de los novelistas del porfiriato”. Doñán informa que debido a esa revaloración, el Fondo de Cultura Económica reeditó, en cuatro tomos, las novelas históricas Episodios nacionales del escritor nacido en Teocaltiche, Jalisco, el 30 de septiembre de 1867, y fallecido en la Ciudad de México el 13 de octubre de 1931. Pacheco escribe en uno de los varios textos dedicados al escritor jalisciense: “Nacido en el año de la victoria liberal, Salado Álvarez tuvo la equidistancia necesaria para recrear novelísticamente la época que precedió a su nacimiento. No se limitó a la documentación bibliográfica y hemerográfica: entrevistó a sobrevivientes de todos los bandos, con escrupulosidad naturalista viajó por la República y tomó apuntes de los lugares en que se desarrollan sus acciones. Por último, contó con una ayuda directa: Porfirio Díaz le narró sus experiencias y escuchó la lectura de las novelas a medida que Salado Álvarez las fue escribiendo. “Los Episodios nacionales se propusieron ser el gran monumento literario erigido al liberalismo mexicano cuando el régimen de Díaz se consideraba su culminación y su apoteosis. Como Federico Gamboa, Salado Álvarez fue el novelista del porfiriato. Al desaparecer la época y el sistema político que conocemos bajo ese nombre, perdió la base que sustentaba su narrativa y lamentablemente no volvió a escribir novelas.” Da cuenta el autor de Las batallas en el desierto que el novelista, autor de De mi cosecha y De autos, dirigió con José López Portillo y Rojas La República Literaria, considerada una de las mejores revistas de su tiempo. Y fue profesor de lengua castellana --en la Preparatoria Nacional-- de algunos de los personajes que formarían más tarde el Ateneo de la Juventud. Fue además diplomático y encargado del despacho en la Secretaría de Relaciones Exteriores. En julio de 1988 JEP escribe nuevamente sobre el novelista para recordar que la República Liberal emprendió una campaña contra él, cuyo resultado fue acallar para siempre “al que pudo haber sido el mejor novelista mexicano anterior a (Martín) Luis Guzmán”. Ofrece este relato tras citar una frase atribuida a Gómez de la Serna, en el sentido de que la historia es una relación de hechos no comprobables escrita por alguien que no necesariamente fue testigo de ellos: “Cuando Salado Álvarez publicó sus excelentes Episodios nacionales, el director de La República y Monsieur de París en su columna ‘Guillotinada’. se lanzaron contra él con la furia con que atacaban todo lo relacionado con El Imparcial y, además, en nombre de la ciencia, la libertad, la verdad, la democracia y el progreso. “La novela, decían, es una diversión plebeya, no un arte, está destinada a desaparecer en el México próspero y científico del siglo que nace. Su esencia es la mentira; pero tanto se opone a la historiografía que es la verdad. Al mentir, la novela confunde y embrolla todo, hace aparecer como auténtica la ficción y como falsa la realidad.” Sigue con la cita: “Señor Salado’, increpaba Monsieur de París: ‘usted describe la toma de Querétaro y hace dialogar a Maximiliano y a Miramón ¿Le consta? ¿Puede probarlo documentalmente? ¿Usted estuvo allí? Permítame dudarlo, audaz calumniador: si el Registro Civil no miente; usted nació en 1867, el mismo año de los hechos que narra’, ¿Se desprendió acaso del pecho materno para ir de su Teocaltiche natal a la ciudad sitiada?” Victoriano Salado fue recordado el pasado 14 de septiembre en un acto realizado en el Palacio de Bellas Artes, en el cual participaron Jaime Labastida, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, y los integrantes de la misma Vicente Quirarte, Felipe Garrido y Adolfo Castañón.

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