Vanessa en el basurero

viernes, 26 de octubre de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El basurero es el hogar de Vanessa. Ahí nació y vivió sus primeros años sumergida bajo varios metros de mierda, porque su madre no quería que nadie supiera de su existencia. Después salió a pepenar los desperdicios que llegan a montones desde la Ciudad de México y a convivir con su único amigo infantil que habitaba en los túneles de ese universo. Rechazada por su madre y violada por el jerarca que domina el tiradero a cielo abierto Neza III del Bordo de Xochiaca, logró escapar y convertirse en mesera de un bar de la Bondojito para después volver y desaparecer para siempre. Bajo esta línea argumental, Tania Y. Mayrén –dramaturga y actriz del unipersonal Vanessa– construye un documental ficcionado para hacer una denuncia de las condiciones de vida en que se encuentra un amplio sector de nuestra sociedad, contar la historia de Vanessa, y relacionarla con la actriz que realiza la investigación para crear el espectáculo. La estructura dramática es rica en vértices y perspectivas. Se fragmenta en aspectos diversos de cada una de las líneas desarrolladas y logra un mosaico variado de visiones. La actriz se adentró en el mundo de los tiraderos, conoció a los que allí lo habitan, supo de cómo viven las mujeres y sus implicaciones de barbarie. Muestra sueños y verdades señalando la relatividad de la percepción y las múltiples posibilidades del devenir del personaje.  El eje dramático es la entrevista que la actriz tiene con ella siendo cantinera, para de ahí saltar a la propia vida de Vanessa en el Bordo, volver a su rol de actriz pero abordando los datos duros como fenómeno social y ambiental, y saltar en el tiempo y el espacio libremente para construir un panorama amplio de este pedazo de realidad. Si bien la dramaturgia es sólida con una atractiva complejidad, el reto como actriz es demasiado grande. La actriz no logra proyectar la fuerza requerida para ser aquella mujer sobreviviente de tantas desgracias e intenta subsanarla con el enojo constante. La risa forzada cuando trabaja en el bar desmerece la verosimilitud, y el intento de manejar la información documental de manera irónica se desvirtúa haciéndola aparecer sin importancia. La dirección de Germán Castillo es insuficiente en cuanto a la interpretación actoral, pero utiliza recursos escénicos llamativos para mostrar distintos espacios a través del video y el circuito cerrado, y resignificar el monólogo. Al fondo del escenario vemos proyectado un acercamiento del rostro de la actriz cuando interpreta a Vannesa durante la entrevista, o atmósferas abstractas de una gran belleza. Un mueble que interviene la actriz y cuya acción se observa en la pared del fondo a través del circuito cerrado, reproduce, por ejemplo, cómo el Lago de Texcoco se convirtió en tiradero o nos hace sentir la arena en la que se sumerge la protagonista. La escenografía y la iluminación de Sara Alcántar se complementa con las imágenes creadas por el video de Abril Pinedo, y el diseño sonoro y musical de Rodrigo Castillo Filomarino, consiguen adentrarnos en este submundo y nos generan cantidad de sensaciones. Vanessa es una obra de teatro sobre una mujer golpeada por la vida que lucha sin descanso por sobrevivir. A pesar de su fuerza, la contemplamos devorada por la basura, metáfora de nuestra sociedad. Sala Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque.   Esta reseña se publicó el 21 de octubre de 2018 en la edición 2190 de la revista Proceso.

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