'Roma”: estampas de un tiempo que se fue

sábado, 24 de noviembre de 2018
MONTERREY, N.L., (proceso.com.mx).- En Roma (2018) se presenta la intimidad de un hogar de la clase media donde se viven dos dramas intensos de abandono: por un lado, la joven criada Cleo (Yalitza Aparicio), de origen indígena es, repentinamente, desconocida por su novio, y, por el otro, Sofía (Marina de Tavira), la señora de la casa, tiene que dejar ir a su marido, que ha tomado otra opción de vida y la ha dejado sola, al cuidado de sus cuatro hijos y su propia madre. El célebre realizador mexicano Alfonso Cuarón echa un vistazo a su propio pasado y hace una crónica de los años duros que le tocó vivir de infancia, dentro de una familia desintegrada, en la colonia Roma de la Ciudad de México. La capital del país estaba socialmente convulsionada a principios de la década de los 70, luego de la masacre de Tlatelolco, la castración política de las voces opositoras y la heroica terquedad estudiantil que elevaba la voz para protestar ante la represión y la ausencia justicia. Toda la historia está narrada en blanco y negro, como un largo flashback de más de dos horas. La ausencia de coloración es un recurso que permite establecer distancia con el presente. La narrativa parece que transcurre dentro de un sueño, con imágenes rescatadas de la memoria. En los juegos de sombras, algunos personajes parecen fantasmas que regresan del pasado para evocar un mundo que sólo los viejos conocen, y que los jóvenes encontrarán como una realidad que solo existe en documentales y libros de texto. Es evidente que el estilo está por encima de la narración. Cuarón, acreditado como director de fotografía, se llena de cámara mientras expone lo que tiene qué decir. Cada cuadro es un precioso fotograma tan estilizado que parece un merengue de pastel. Aquí, el lenguaje cinematográfico es vasto, con un uso variado de recursos. La lente se mueve en repetidos travellings, con los que se observa, a detalle, la recreación de la época. La cámara inquieta hace paneos permanentes adentro de la casa, para mostrar estampas de una cotidianeidad que es la misma en todos lados. Nunca había sido retratada, con tanta belleza, una familia cualquiera, dentro de un habitáculo ordinario, como los millones que hay en la gran urbe capitalina. En el exterior, la cámara hace señoriales tomas abiertas que muestran la ciudad como fue hace medio siglo. Aunque la anécdota es de alcances universales, las referencias son completamente mexicanas y su comprensión total es territorio exclusivo del público nacional. Para deleite de los nostálgicos, son rescatados personajes, marcas, situaciones, programas televisivos, anécdotas, campañas, políticos y un cúmulo de referencias olvidadas. Fuera de la República pocos sabrán, por ejemplo, qué es el exitoso show cómico de TV de Ensalada de Locos. Mientras desfilan las imágenes extremadamente cuidadas, se desarrolla el intenso drama adentro de este hogar de la desdicha. Existe una marcada diferencia en que la forma en que cada personaje afronta su tragedia. Las personas, dentro de las clases sociales contrastantes, tienen su propia humanidad y sus costumbres. La señora de la casa amordaza el dolor con la terapia de las compras, y busca evasión, dando algo de alegría a sus pequeños. Alivia sus angustias en la socialización familiarmente orgiástica. La chacha, en cambio, peregrina por barrios paupérrimos, para encontrar respaldo, apoyo y esperanza. Los descubrimientos en la búsqueda a veces son amargos. Aquel muchacho que creía un hombrecito puede resultar un patán y hasta un criminal. Hay una gran escena que confirma que Cuarón es un maestro del manejo de crisis, un genio de encuentra orden y belleza en el caos. Ya lo había demostrado, anteriormente, en crispantes momentos de La Princesita, (Little Princess, 1995), Niños del Hombre (Children of Men, 2006) y más recientemente en Gravedad (Gravity, 2013). Inesperadamente irrumpe en la narración uno de los episodios más trágicos del negro almanaque de México. Cleo, en el momento crucial de su vida, se encuentra atrapada en el tumulto, los disparos, los asesinatos. La tensión hace que su cuerpo se rompa. Con magníficos planos-secuencia, comienza una carrera contrarreloj para consumar un desenlace que puede ser feliz o trágico. En medio de la sangre, la chica avanza hacia su destino, mientras se retuerce en impresionantes sufrimientos. Su dolor es el mismo de la nación, desgarrada dese el oficialismo homicida. Así como entrega imágenes dulces, la historia también es atroz. A veces no hay lugar para ternura. La vida es así, dura y cruel con los inocentes. El elenco es magnífico. La debutante Aparicio se lleva todo el crédito. Da la impresión de que, frente a la cámara, no actúa, que simplemente es ella, con su aspecto moreno, apocado, de servidumbre. Con una impresionante intuición para moverse frente a la cámara, pasa la mayor parte del tiempo en silencios y, si acaso, susurros. En su papel de Cleo, está acostumbrada a escuchar órdenes, no a dar opiniones. De Tavira, a su vez, está soberbia en el rol de apoyo, como la mujer histérica, que se aferra a un imposible, hasta que se libera afrontando a la realidad. Sonríe ante su familia, aunque sabe, por dentro, que el porvenir es ominoso. Roma es una enorme y hermosa producción, la más personal de Cuarón, no sólo porque habla de él mismo, si no porque se hace cargo de la producción, dirección, guión, fotografía y edición. Es un paseo nostálgico por una etapa en la vida de México que permanecía perdida en las brumas de la historia patria y que ahora regresa con excepcional realismo, para enmarcar la historia de dos mujeres que, cada una a su manera, y con sus particulares recursos emocionales, trata de entender y sobrevivir a los golpes que le da la vida.

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