'La vida misma”: tragedias cruzadas

viernes, 21 de diciembre de 2018
MONTERREY, N.L. (apro).- La vida misma (Life itself, 2018) es como un tianguis de lágrimas en el que las casualidades imposibles se mezclan para formar cruces de caminos que llevan a la reflexión y a los cuestionamientos sobre la crueldad del destino. Aunque la propuesta del escritor y director Dan Fogelman es interesante, también contiene numerosos elementos distractores que impiden que el enorme drama que pasa entre generaciones, se consolide, por lo que queda como saldo un producto almibarado y ligero. La pantalla se llena, de inicio, con un elenco muy atractivo: Anette Bening, Oscar Isaac, Olivia Wilde. Sin embargo, el guión se toma demasiadas libertades, a veces irresponsablemente, para atropellar su propia narrativa con momentos surrealistas, interacción de personajes entre épocas, y la irrupción de una voz narrativa que dice verdades y supuestos que a veces resultan falsos. https://youtu.be/Y-3jRJQ9giw No se sabe si es una comedia de romance, con pasajes agridulces, o el episodio en la vida de un tipo desdichado que da información incompleta, pues no está claro si vive en una horrible tragedia o si todo lo inventa en su visita con la psicoanalista. Hasta que una escena grotesca termina la primera parte. A partir de ahí comienzan a aparecer guiños de otras épocas y personas que parecen fantasmas del pasado que se entreveran con la actualidad y generan un ambiente de confusión, que deja demasiadas preguntas que son posteriormente respondidas, aunque quizás un poco tarde. Dentro de todo este ejercicio de creatividad literaria y lenguaje narrativo licencioso, aparece la historia de la pareja perfecta que se mueve entre la felicidad completa y la desgracia total. Las personas que los continúan en el camino de la vida también deambulan por laberintos espirituales que conducen hacia un futuro incierto. La acción que comienza en Nueva York, se traslada luego hacia otras latitudes del mundo donde el sino, que es al mismo tiempo fatal y venturoso, crea otra historia en la que aparece como gran figura Antonio Banderas, que ha envejecido bien, en el rol de un acaudalado terrateniente con el mismo acento españolado y susurrante que encantó en El Gato con Botas. La multiculturalidad denota un intento por sofisticar la trama y hacerla trascendente, aunque con resultados irregulares. Pero aunque la vida fluye y los personajes se esmeran por encontrar sonrisas, la fatalidad los acecha para asestarles, siempre, golpes traicioneros. Es evidente que Fogelman pretende entregar una gran lección de vida que trasciende el tiempo y la distancia. Dice que existen factores externos incontrolables, que trazan senderos que no siempre son gratos. Él mismo es como el personaje que dentro de la historia sostiene la tesis de que los narradores en la ficción resultan ser estafadores nada confiables. Porque incluso la vida contiene la narrativa más falsa de todas, pues proporciona sorpresas que son completamente inesperadas, y no siempre corresponden a los merecimientos de los personajes. Más o menos así se las gasta ‘La vida misma’, que parece una película hecha para el Día de San Valentín, pero en su variante melancólica y depresiva. La gran lección que deja es que los enamorados deben estar siempre atentos cuando crucen la calle.

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