Coro de la Ópera: 80 años

lunes, 19 de febrero de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En contra de lo que muchos creen, y hasta con ligereza afirman, la construcción de un coro profesional no es ninguna cosa fácil. El mantenerlo y consolidarlo es tarea de años y no siempre con los óptimos resultados. Si a las dificultades normales de formación de toda agrupación coral se les agrega las específicas de una especialidad como la barroca o la romántica, por ejemplo, entonces la tarea se complica más todavía. Empero, si esa especialidad es la ópera, entonces la cuestión se convierte en cosa de prácticamente nunca acabar. Sucede así porque la ópera, siendo un género preciso, es de una amplitud enorme y una infinidad de variables. Sin meternos a mil recovecos que quizás sólo aburrirían a los lectores, marquemos pequeños hitos que nos darán idea de lo diverso que pueden ser (de hecho son) las óperas y, consecuentemente, su ejecución. Si aceptamos que la primera ópera fue la Fabola d’Orfeo de Monteverdi, que se estrenó en 1607; la última de Mozart fue La flauta mágica, estrenada en 1791; y la última de Puccini, Turandot, estrenada en 1926, veremos que de la primera a la segunda hay una distancia de 184 años, y de la segunda a la tercera un lapso de 135, para hacer un total entre la primera y tercera de “apenas” 319 años. Es decir, ¡más de tres siglos! Como se comprenderá, aun sin saber absolutamente nada de música y sin haber escuchado jamás la palabra ópera, se puede pensar que la música necesariamente tiene que ser un poco distinta en el siglo XVIII en relación al XIX y a la de principios del XX. No es pues lo mismo cantar Monteverdi que cantar Mozart o Puccini. Pero resulta que estos tres nombrados no son únicos sino que, tan sólo para mencionar a otros dos gigantes de la ópera, existen también Wagner y Verdi, que siendo distintos entre sí también lo son con los otros mencionados. Tenemos ya aquí, pues, una buena gama de subespecialidades de la especialidad. Eso sin entrarle a cuestiones “nimias” como estilos, corrientes ni nacionalidades y, con excepción de la Turandotz, mencionar el siglo XX y menos el XXI en los cuales la producción operística no se detuvo y sigue floreciendo. Sin trasladarnos a otras latitudes, compositores mexicanos como Lavista, Catán e Ibarra (para sólo mencionar algunos) son buena muestra de ello. Todo lo anterior para por lo menos tratar de dimensionar la enorme, enorme labor que hace y cumple un coro de una casa de o teatro de ópera, como es nuestro Coro del Teatro de Bellas Artes (nombre oficial), que muy merecida y orgullosamente está celebrando sus primeros 80 años. Fundado en 1938 con el nombre de Coro del Conservatorio, pasó a ser después Coro del Departamento de Música de Bellas Artes, para convertirse luego en el Coro de la Ópera (nombre con el que todos nos referimos a él) y, muy recientemente, adquirir la denominación de Coro del Teatro de Bellas Artes. Como quiera que sea, el caso es que nuestro muy querido Coro de la Ópera es parte de la historia musical, particularmente operística, de México y así debe reconocérsele. Este texto se publicó el 18 de febrero de 2018 en la edición 2155 de la revista Proceso.

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