"El hilo fantasma", relato gótico de un amor enfermizo

jueves, 1 de marzo de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Son los tiempos de la alta costura en Londres durante la década de los cincuenta. Woodcock (Daniel Day-Lewis), perfeccionista y arrogante maestro de la moda, confecciona vestidos para mujeres de alta sociedad, princesas incluidas. Metódico y preciso como sus puntadas, el modisto vive con su hermana, asistente de trabajo y especie de ama de llaves de la elegante mansión que ocupan. Como si firmara esculturas, el minucioso artista esconde mensajes invisibles en sus creaciones, pero un día se filtra en su laberinto de hilos, no la Ariadne que lo va a ayudar a escapar, sino a enredar aún más. Con El hilo fantasma (The Phantom Thread; Gran Bretaña, 2017), Paul Thomas Anderson abandona el Valle de San Fernando, en California, esa zona descampada y habitada con personajes azotados por plagas bíblicas (Magnolia, por ejemplo), y se traslada al ambiente saturado del Londres de la posguerra donde se teje mejor este relato gótico de amor enfermizo. El corte y la confección provienen de Rebecca (1940), cinta en la que Hitchcock demostró que un romance podía tratarse a la manera de una historia de suspenso, pero la suavidad del tejido, la tersura de los movimientos de cámara y el asombro ante la fuerza femenina provienen de maestros olvidados como Max Ophuls. Escrito por el director, el guión está diseñado para Daniel Day-Lewis, y podría suponerse que Anderson sitúa a su protagonista en un contexto propicio donde explotar mejor la imagen del británico, pero el formidable actor no cae en el estereotipo fácil del inglés estirado y altivo; Day-Lewis compone una pieza musical con su propia voz donde resuenan un origen de baja condición, el ascenso social con el cuidado escrupuloso para mantener un acento de clase alta. El más famoso modisto español, el rebelde Balenciaga, posible inspiración para Woodcock, provenía de una familia de pescadores. Sin necesidad de estar al tanto en acentos británicos, el espectador no puede dejar de captar esa voz donde resuena el artificio, la necesidad de controlar la máscara, y la manera en la que el director mezcla todo con la banda sonora de Jonny Greenwood. Tan obsesivo como sus personajes, Day-Lewis, a la manera de araña tejedora, saca a este personaje de su propia víscera; para ello aprendió a coser, diseñó un vestido para su mujer, y pegó más de cien botones. A la personalidad anal del modisto, dentro del cliché freudiano, no parece escaparle nada, pero Woodcock, pájaro carpintero, se halla sediento de afecto y su voracidad lo delata. El hilo fantasma podría ser un cordón umbilical que ata a Woodcock a la madre difunta pero omnipresente en la suntuosa mansión; Alma (Vicky Krieps), la mesera que lo atiende en un restaurante, se relaciona con él desde esa hambre insaciable; el modisto la lleva a su casa para esculpirla como Pigmalión y convertirla en su musa, pero antes de llevarla a la cama la desviste, no para hacerle el amor, sino para tomar sus medidas y confeccionar un camisón. Alma, sin embargo, parece surgir de la costilla de este Adán perdido en su laberinto para encarnar sus anhelos más escondidos. Esta reseña se publicó el 25 de febrero de 2018 en la edición 2156 de la revista Proceso.

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