Lizz Wright, la voz de las 'american roots”

sábado, 24 de marzo de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Si como afirman Jean-Paul Sartre y Santiago Ramírez --y yo no estoy de acuerdo--: “Infancia es destino”, la sentencia, sin embargo, se cumple a cabalidad en Lizz Wright, esa bella, espigada y elegante cantante negra con voz de mezzosoprano capaz de lograr agudos de soprano lírica o voz de soprano capaz de profundidades cavernosas. Nacida en Georgia, Estados Unidos, hace treinta y tantos años, allá por el 2000 empezó a modificar el jazz y a cantarlo en forma diferente, haciendo una mezcla única y absolutamente personal del góspel, el soul indefinible y el aún más indefinible blues y todo eso que son las “american roots” que llevaba adentro aún antes de nacer. Y es que, como aquella niñita negra de La cabaña del Tío Tom que no nació, sólo creció, Lizz Right surgió y creció allí en la cuna misma de la música indescriptible que, nada más, todo lo llena. “Vengo del lugar donde nació el blues --nos cuenta Lizz--. Lo que hago forma parte de esa tradición en la que lo único que importa es el sentimiento”. Y sí, así parece ser cuando Lizz canta, y su marco, el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris --como una de las sedes de la 34 edición del Festival del Centro Histórico-- se convirtió en un crisol en el que la alquimia se produjo y la negritud y lo profundo del sur estadunidense emergió convertido en canto. No hay divismo en ella, pero es una Diva porque sus seguidores así quieren contemplarla, mas no porque ella lo propicie. Su espectáculo es por demás sencillo, ni por equivocación se asoma aquí la inmensa parafernalia que otros muchos, divos o no, se empeñan en mostrar. Marvin Sewel, su guitarrista, se coloca con el escenario aun a media luz en el extremo izquierdo y empieza a rasguear su instrumento. Así, en la penumbra, la voz del góspel se coloca en el centro, toma su micrófono y empieza a trasmitir. Tan sencilla es su aparición que ni siquiera motiva aplausos. Cuando el público que en buena medida llenó la sala empieza a colegir, ya la cantante ha empezado a inundar todo. Así, con la misma discreción aparecen y se colocan en sus respectivos lugares Brannen Temple en la batería, Dan Lutz con el bajo, y Bobby Sparks frente a los teclados. Es sólo entonces cuando la luz llena la escena y las notas de Grace, la Gracia, nos envuelven para hacernos sentir llenos de ella, como hace unos treinta años la niña sintió que la música tenía algo de sagrado. Nos inunda, pues, la Gracia, la música que surge del espíritu y que, aunque ateos, nos llena de religiosidad. Y es que sólo así, entendiendo que más allá del intelecto está la parte espiritual que es la que nos otorga nuestra condición humana, es como puede entenderse este Amazing Grace que nos habla, nos mece, nos conduce y hace transitar caminos que necesariamente conducen a la Gloria. Como no sintió cómo nació, sólo creció, Lizz Wright es blues de cuna, góspel de maternidad y jazz de herencia. Es raíces que son voz y son música, música surgida del crisol que no puede contarse, tan sólo sentirse a plenitud.