'Ready Player One”: las obsesiones pop de Spielberg

viernes, 30 de marzo de 2018
MONTERREY, N. L. (apro).- Advertencia: Ready Player One: comienza el juego (Ready Player One, 2018) demanda y exige un mediano conocimiento de cultura popular. Aquellos que carecen de interés por los fenómenos sociales, su entorno, las noticias de actualidad y del mundo del entretenimiento quedan prematuramente eliminados de la competencia. En cambio, los curiosos e interesados en la industria de la diversión y el esparcimiento recibirán constantes recompensas. Experimentarán lo que ha sido denominado un nerdgasmo, por la constante exposición a trivias cinematográficas, musicales, del comic, que tanto buscan, actualmente, chicos y grandes que gustan de pasear por la realidad virtual. Toda la exhibición es un compendio de las obsesiones de la cultura pop de su creador, el genio Steven Spielberg, que presenta la más atrevida de sus producciones, en una aventura que transita en las existencias real y la virtual. Se puede suponer que esta fantástica fábula del ciberespacio fue concebida por un impulso egoísta del realizador, que proyecta todo lo que fácilmente se puede suponer que son los rincones favoritos de su vasto espíritu creativo. En todas sus anteriores producciones, Spileberg deja un sello. Al interpretar la novela de Ernest Cline, invirtió todos sus sueños juveniles, las ensoñaciones del adolescente que nunca maduró en su interior. El año es 2045. El mundo es un asco. Los problemas son tan abrumadores que lo único que hace la gente es vivir con ellos, no resolverlos. En esta distopia, el único recurso al que pueden acceder los habitantes del planeta es Oasis, un universo virtual tan poderoso que, prácticamente, es ocupado por cada ser humano, que crea un avatar más apuesto, emocionante y divertido. La existencia es tan aburrida y deprimente, en comparación con las miles de aventuras y experiencias de sensualidad que ofrece el ciberespacio. Lo importante no es tanto quién puedes ser, sino lo que puedes hacer ahí. Para bien o para mal, hay que tener corazón de niño para disfrutar las recompensas que proporciona la voluntaria evasión. En esa no existencia se encuentra Wade (Tye Sheridan), un héroe improbable que, con ayuda de amigos virtuales, participa en una competencia interna para encontrar una serie de claves que le darán al ganador el control completo de este universo fantástico. Sin embargo, la posibilidad de que un empresario malvado se lleve el premio mayor, compromete la estabilidad de este escenario irreal, donde todos se la pasan de maravilla. Si bien todas las películas hacen que su protagonista supere una serie de obstáculos para llegar a la meta, ésta literalmente se convierte en un videogame, donde cada competidor arriesga su vida virtual, para llegar a la meta. Pero los juegos son endemoniadamente divertidos. El nivel sensorial es prácticamente insuperable. Lo que ocurre con esos seres paralelos es tan real que cuesta desconectarse. De esta forma, se exhibe cómo es que, en el mundo verdadero, en el futuro y en la actualidad, abundan quienes están pegados a sus teléfonos, sus teclados, controles, sticks. Están conectados a una ubre que les da, al mismo tiempo, alimento y placer. Los muchachos buenos de la historia entienden que la imaginación es buena, pero la experiencia palpable es mucho mejor. De esta forma, lo que inicia como una odisea buscando el Santo Grial de los juegos, los mueve a abandonar sus seres paralelos, para experimentar lo que es el verdadero peligro, el riesgo de pérdida y la competencia en un entorno en el que las personas gozan y sufren, viven y también mueren. El comentario es tan sencillo como contradictorio: es mejor ser uno de carne y hueso, que un holograma. Este es una mentira y aquel la verdad. Sin embargo, la vida es tan dura y desesperanzadora, que lo mejor es buscar una salida, aunque sea a un planeta imaginado. Toda la película es una explosión de colores y efectos, cada uno más excitante que el anterior. Pero la pirotecnia de imágenes generadas por computadora conduce a la desorientación. Es fácil extraviarse en una serie de acontecimientos, panoramas e indicaciones, que no dejan de fluir. Los conocedores de los juegos virtuales y las consolas están en ventaja frente a los demás espectadores que tal vez no perciban la misma sensorialidad, pues desconocen los goces a los que se exponen cotidianamente los gamers. En todos lados hay guiños pop de la década de los 80, los huevos de pascua, a los que se refieren en la historia, como claves para avanzar en las etapas de las competencias. En primer plano y en el trasfondo hay figuras, mensajes, alusiones a hechos y figuras conocidas. Lo mismo ocurre con las canciones, que remiten a determinadas épocas y estados emocionales. Ready Player One es una película grande, emocionante, nostálgica y divertida que disfrutarán mucho más los iniciados en el vanguardista Xbox, el antiguo Atari, y demás maravillas de la diversión virtual.

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