"Bye Bye Bird"

viernes, 13 de abril de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En una unidad habitacional de Azcapotzalco, la violencia y el crimen es ya una forma de vida. No hay espanto ni extrañamiento; simplemente sobrevivir y vivir lo mejor que se pueda asumiendo las cosas tal cual son. Tres jóvenes con su armónica a ritmo de blues abren el escenario, nos adentran en lo que ellos viven y vivieron; lo que escucharon y lo que se encontraron. Son testigos y actores de un micro-universo escalofriante. Bye Bye Bird es la ópera prima del jovencísimo dramaturgo José Manuel Hidalgo que, bajo la dirección e Alejandro Ricaño, trae a las tablas una realidad que muestra la normalización de la violencia. No hay un ojo fuera que opine ni analice; son ellos, el Johny, la Jennifer y el Bryan los que nos llevan de la mano a testificar lo que les sucede. Es un texto con un sentido del humor impresionante. El autor no se asusta sino que arremete con todo para observar, desde la risa, el drama. Los personajes simplemente son y con jovialidad nos cuentan sus aventuras, robando celulares, dando de comer a unos secuestrados, criticando a los vecinos y tomando su voz para hablarnos de esas otras historias que ellos esconden. El eje narrativo se centra en la experiencia de estos tres mencionados, con un personaje del blues que ha muerto por un tiro en la cabeza: Bye Bye Bird lo llaman, haciendo alusión a la icónica canción del blusero con su armónica Sonny Boy Williamson. Y lo convierten en personaje, cuyo cadáver quieren mover para llevarlo a su casa; un hombre al cual recuerdan con afecto y nombran sus enseñanzas, desde la marginalidad. La obra de teatro de José Manuel Hidalgo, ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo (considerándolo así a pesar de la polémica), es colorida; con un lenguaje que reproduce con veracidad los modos de hablar de jóvenes que viven la gravedad de la delincuencia, pero sin cuestionársela. Es el mundo que les tocó y se las arreglan como pueden. Es la crudeza y el humor con la que se expone esta realidad, en donde el autor acierta y la dirección escénica de Alejandro Ricaño, potencializa. La interpretación de Sara Pinet, Ricardo Rodríguez y Luis Eduardo Yee es poderosa. Caracterizan al Johny, la Jennifer y el Bryan colindando con la farsa. Utilizan recursos gestuales y de movimiento para definirlos, hacerlos verosímiles. No es necesaria la empatía hacia estos personajes que terminan siendo entrañables por su frescura e inconciencia sobre lo que están viviendo. El dispositivo escenográfico de Jesús Hernández y la iluminación de Matías Gorlero nos sumergen en un espacio giratorio que adquiere diferentes atmósferas –según requiera la narración, y que contiene diversos objetos representativos con los que los personajes juegan. La dirección de Ricaño es dinámica y exaltada. Los personajes narran y ejemplifican. No hay pleonasmos entre el decir y el hacer gracias a la imaginación del director. Juega con el espacio, distribuye la narración entre los personajes hábilmente y nos mete en un speed (velocidad) en el que apenas da tiempo de respirar. Es trepidante y musical. La inserción constante del nombre de la canción, “Bye Bye Bird”, vuelto personaje, convierte a la obra en un dolorido y festivo blues; “Bye Bye Bird” es el coro que bluesean; “Bye Bye Bird es la rima repetida que los contiene y que se pronuncia una y otra vez pero de manera diferente; Bye Bye Bird es el hilo conductor de esta magnética puesta en escena que se presenta actualmente en la Sala Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque. Esta reseña se publicó el 8 de abril de 2018 en la edición 2162 de la revista Proceso.

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