Shakespeare revive en el parque

viernes, 20 de abril de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El dramaturgo William Shakespeare renace, reinterpretado, en plena urbe. Shakespeare en el Parque es un proyecto de HSBC, con apoyo de la Secretaría de Cultura federal, el Instituto Nacional de Bellas Artes, la Coordinación Nacional de Teatro y el Sistema de Teatros de la Ciudad de México, que recrea el formato de recinto teatral isabelino en el que se presentaban las obras cinco siglos atrás (foro al aire libre en forma circular, donde en un segmento se encuentra el escenario y el público puede encontrarse frente a él, de pie, o en las butacas de las orillas que se levantan varios metros). Con 18 metros de diámetro y nueve de altura, el foro, diseñado por el arquitecto Adrián Martínez Frausto, acaba de levantarse en la explanada frente al Museo Tamayo, en el Bosque de Chapultepec. Los montajes hacen magia pura en el escenario al tener que adaptarse a la luz natural que, además, va cambiando radicalmente durante el atardecer y se va desvaneciendo hasta convertirse, sin que nos demos cuenta, en noche. Una de sus cartas fuertes es Mendoza, una atinadísima adaptación del clásico Macbeth durante la Revolución mexicana, escrita por Antonio Zúñiga y Juan Carrillo, este último también director de la puesta. El montaje hace uso de unos cuantos objetos sencillos (que se reinterpretan conforme avanza la acción), con una fuerte presencia por parte de los actores. Ellos se encargan de todo: música, tramoya, cambios de escena. Sus movimientos son firmes, precisos, armónicos. Van tejiendo con cuidado la narración, que cada vez se vuelve más intensa. La historia transcurre durante la Revolución mexicana. Ahí, el general José Mendoza, impulsado por los presagios de una bruja y animado por su esposa, hace todo lo que está en sus manos con tal de escalar a la cima, caiga quien caiga. Los siglos pasan y algo permanece igual: la ambición no conoce límites. Los diálogos son profundos y poéticos, a la vez que no dejan de apropiarse del caló pueblerino mexicano. Las maravillosas líneas de Shakespeare, a diferencia de otras ocasiones, no se escuchan ajenas en las voces de los rebeldes. A lo largo de la representación se invita al público a involucrarse de forma efectiva. No se trata de un mero capricho, sino de una integración a la acción presente de nuestro país. Es una invitación a abandonar la indiferencia, una especie de crítica a la pasividad que nos invade: para acabar con la injusticia hay que llenarse las manos de sangre, ya sea de forma literal o simbólica. Todos somos cómplices y culpables de lo que cambie o permanezca. Sin embargo, la poderosa puesta está diseñada para un espacio en alberca, de forma que el público arropa el escenario desde todos los ángulos. En temporadas pasadas se presentó en foros acorde a sus necesidades, pero en este caso se reinterpreta el espacio. Es necesario, sí, pero al mismo tiempo pierde parte de la esencia de estar recreando un foro y utilizarlo de forma alternativa. Las otras obras que se presentan son Romeo y Julieta de Bolsillo, dirigida por Alonso Íñiguez; Algo de un tal Shakespeare, por Adrián Vázquez; Macbeth, por Mauricio García Lozano; ¿Qué con Quique Quinto?, por Andrés Carreño; La sombra del Bardo, por Eduardo Castañeda, y Yo tenía un Ricardo, hasta que un Ricardo lo mató, por Fausto Ramírez. Tal como en los tiempos de Shakespeare, el costo del boleto depende de la comodidad que éste suponga (básicamente, de pie o con asiento asignado), entre los 600 pesos y la gratuidad. Se puede vivir esta experiencia hasta el 3 de junio. Consultar la cartelera completa aquí.

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