La OSIM cierra año

lunes, 20 de agosto de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No podría jurar que fue el mejor concierto en el año, pero si el más alegre, el más alivianado y, sin duda, el que mayor vitalidad mostró. Así debía ser, porque quienes lo presentaron fueron 123 ratonas y ratones; los mayores, los “viejos”, de hasta 17 años. Son los más de cien muchachos y muchachas que este año integraron la Orquesta Sinfónica Infantil de México (OSIM), cerrando su ciclo musical con un concierto singular efectuado en un espacio también singular, el rellano que bajo la horrible imitación de la osamenta de una ballena, está en el centro de la Biblioteca Vasconcelos. Allí los ciento y tantos chavos de 10, 12, 15 años, provenientes de 21 estados de la república –más la Ciudad de México–, hicieron vibrar “de a deveras” a los algo así como mil asistentes. Los intérpretes se colocaron en círculo, el pódium quedó en el centro, y desde allí el director no sólo de la orquesta sino de todo el Sistema Nacional de Fomento Musical, El Ganso Eduardo García Barrios, condujo a sus jóvenes huestes por caminos no fáciles de transcurrir ya que, así fuese únicamente con su hermoso vals concebido durante la Guerra Civil Española, pero los chavales le entraron nada menos que a Shostakovich. Para abrir boca, había retumbado las rítmicas y festivas notas de La urraca ladrona, esa conocida y muy gustada obertura de Rossini. Como de costumbre, de manera didáctica pero no doctoral para no aburrir a nadie, el director hacía pequeños comentarios sobre la pieza a ejecutar. Así se remontó a nuestras tradiciones y la emblemática isla de Janitzio, y recordó que Silvestre Revueltas es el más grande músico que ha dado México aunque, hay que decirlo aquí, aún no se le ha otorgado el reconocimiento que merece. Otro grande de la composición mexicana se hizo presente, José Pablo Moncayo, y en esta ocasión la batuta estuvo empuñada por Roberto Rentería Yrene, Director Asociado de la OSIM, para dirigir Tierra de temporal, música que, dijo, fue posteriormente utilizada para un ballet. Lo que no agregó es que ese ballet es un clásico de la danza mexicana, la estupenda coreografía Zapata de Guillermo Arriaga. A esto siguió otro representante del nacionalismo musical pero… argentino, Alberto Ginastera, de cuyo ballet, Estancia, se escucharon dos partes, “Trabajadores agrícolas” y “Malambo”. Ya la locura se había apoderado de todos pero aún faltaba lo “peor”, que llegó con, a estas alturas, el imprescindible en todo concierto de música mexicana que se respete, Danzón No. 2 de Arturo Márquez con quien, dicho sea de paso, estuvimos codo a codo comentando el concierto. La verdad es que este danzón es capaz de revivir a un muerto, pero como aquí no había ninguno, imagínese usted el grado de levitación al que el público llegó. Hubo todavía un par de “encores”, Bajo rayos y truenos de Johann Strauss hijo, y la apoteosis, Mambo, popurrí del maestrazo Dámaso Pérez Prado. Es extraordinaria y una maravilla la integración que como conjunto alcanzan estos jovenzuelos, el entusiasmo, la alegría con que tocan y, para su corta edad e incipiente formación, la maestría con la que lo hacen. Este texto se publicó el 19 de agosto de 2018 en la edición 2181 de la revista Proceso.

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