Jorge Ayala Blanco, por la historia viva del cine mexicano

martes, 28 de agosto de 2018
Desde 1963 comenzó a diseccionar la historia de la cinematografía tanto nacional como universal. En el primer caso, ha ido elaborando una especie de abecedario que ya va en la letra “ñ”, La novedad del cine mexicano; y en el segundo, El cine actual, delirios narrativos, recuento de 300 películas internacionales que considera las realmente creativas. Este martes presentará ambos libros “gemelos”. En entrevista, Ayala Blanco enseña paso a paso su canon de trabajo. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Formado profesionalmente como ingeniero químico en el Instituto Politécnico Nacional y como autor en el Centro Mexicano de Escritores, Jorge Ayala Blanco ha dedicado su vida al cine, particularmente al análisis de la filmografía. Y aunque es considerado como “el crítico”, el más destacado en su especialidad –implacable, odiado a veces, pero igual admirado– le apasiona más hacer la historia de la cinematografía nacional y universal. Y en ello no para desde 1963. En el marco del 55 aniversario del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que coincide con los 55 años de la publicación de su primera crítica en el suplemento México en la Cultura, dirigido por Fernando Benítez en Novedades, salen a la luz “sus “gemelos”: El catorceavo tomo de su Abecedario del cine mexicano –con la letra “n”–: La novedad del cine mexicano, y una nueva entrega de su serie de cine universal, titulada El cine actual, delirios narrativos. En el primero –en cuya portada aparece una imagen con fotografías de tres de los 43 jóvenes de la Normal Rural de Ayotzinapa, desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 tomada del documental Mirar morir. El ejército en la noche de Iguala, de Témoris Grecko (corresponsal de Proceso) y su hermano Coizta– reúne ensayos sobre cien películas, escritos entre 2013 y 2016, aunque es un año y dos meses de estrenos, explica en entrevista el historiador. Da una idea, dice, de la “riqueza bárbara del cine mexicano, pues dio para cien ensayos. Hay documentales, cortometrajes, películas de cineastas veteranos y jóvenes. La mayoría son jóvenes, lo cual plantea el problema de la segunda película; muchos de ellos sólo logran hacer su ópera prima. Tiene entonces un capítulo dedicado a las segundas obras, y otro a las mujeres que cada vez son más”. El segundo libro es de cine universal. Contiene 300 textos. A diferencia del mexicano, en el cual se propone abarcar lo más posible, en este caso –explica– selecciona del conjunto de hasta diez cintas que ve en una semana, una sola. En un 80% son textos ya publicados y el resto inéditos. Utiliza el concepto de delirio a partir de sus clases en el CUEC, en donde es maestro desde su fundación, luego de ver que las producciones actuales no ofrecen narraciones de manera clásica: “Me di cuenta de que el cine ya no narra: delira relatos. Alguien me decía ‘sangra relatos’. Entonces me dije: ‘bueno, vamos a observar esos delirios’. Claro, siempre hay una idea que encontré precisamente en Crítica y clínica de Gilles Deleuze. Es muy aguda porque dice que hay dos formas de delirar: una donde el artista, escritor, en fin, delira a través del lenguaje. El resultado es por supuesto un arte insano, ¡enfermo, vamos!, los loquitos que hacen garabatos sería un tipo de delirio. Pero existe también un delirio del artista, del creador, del escritor o del cineasta, que hacen delirar al lenguaje, y entonces esto sí comunica porque en realidad ellos no están delirando, están haciendo delirar a su instrumento.” Ayala Blanco se entusiasma en el relato, mueve sus delgadas manos para enfatizar que la idea le pareció formidable y las películas elegidas para este volumen son delirios. En el análisis de cada una se permite todo, menos delirar. Se lo prohíbe porque si él delira convierte su texto en una lectura también insana. “Debo tener total lucidez, conservar el equilibrio en el momento en que estoy viendo y registrando cómo los cineastas deliran y hacen delirar su lenguaje cinematográfico. Por eso nos parece extremadamente diverso, rico, en las películas que vemos, digo, las que valen la pena. Incluso en las películas más tontas, comedietas, thrillers hipersangrientos, las películas de súper héroes, en fin, también deliran, pero el resultado no es un delirio lúcido, es un delirio puramente comercial y está agotado antes de que se haga.  “En cambio las películas que consideramos de arte, las realmente creativas –que son las que me interesa estudiar–, son aquellas donde el control de todos los materiales lo tiene el cineasta. Eso es lo que fui acumulando durante cuatro años. Este libro (cine nacional) es de un año dos meses y en este otro son trescientos análisis de películas recientes de todas las nacionalidades.” Ambos serán presentados este martes 28 de agosto, a las 18:00 horas, en la Casa Universitaria del Libro (Orizaba 24, colonia Roma Norte). El mexicano por el especialista en el tema, Rafael Aviña, y el crítico de cine Carlos Bonfil hará lo propio con el universal. Moderará María del Carmen de Lara, directora del CUEC, porque “finalmente es un festejo, son ediciones conmemorativas, y se venderán los dos gemelos por el precio de uno”. Faena a toda película En su estudio, que ocupa un departamento en la tradicional colonia San Rafael, rodeado de sus acervos bibliográfico, hemerográfico, musical, videográfico y obras de su hijo, el pintor Rodrigo Ayala, el investigador, ganador de la Medalla Salvador Toscano al Mérito Cinematográfico 2010, relata que inició la serie de cine mexicano sin pensar que sería el abecedario. Siendo becario del Centro Mexicano de Escritores, salió La aventura del cine mexicano, escrito entre 1965 y 1967, que le “salvó la vida”. Le entregaron los ejemplares de la edición justamente el 2 de octubre de 1968. Tuvo que ir por ellos a Iztapalapa y ya no pudo, como acostumbraba, ir con su esposa y su bebé a la manifestación del movimiento estudiantil.  Luego le pidieron actualizarlo y resultó tanto el material que pensó mejor en otro libro, y nació La búsqueda del cine mexicano. Consideraba que luego del 68 el cine estaba en la búsqueda de su propia identidad y de un reacomodo histórico social. Comenzaron a hacerle burla: “Ja ja, la a y la b, ¿cuándo escribes la c para hacer el ABC del cine mexicano?”. Pensó que era muy buena idea, lo tomó en serio y publicó La condición… Siguieron La disolvencia, La eficacia, La fugacidad, La grandeza, La herética, La ilusión, La justeza, La khátarsis, La lucidez, La madurez y ahora La novedad. Ya está trabajando con las letras: ñ, o, p. Y cuenta que cuando le preguntan cuáles serán los títulos, bromea: La ñáñara y la ojetez del cine mexicano, “obviamente hay muchas películas ojetes, pero no todas lo son, entonces sería injusto”. Revela que la p será La precisión, y seguirá adelante con la idea de terminar con La zozobra del cine mexicano. Homenaje a Ramón López Velarde, “el poeta más grande de nuestra nacionalidad”. Ve varias veces cada película, si tiene el link “es maravilloso”, está suscrito a la TV de paga, va a los circuitos de exhibición, pero no duda en ir con “el pirata culto”, el marchante del tianguis de los sábados con tal de lograr su trabajo. Aunque escribe sobre las de su preferencia, sigue la idea de su padre: “A buen torero, no hay mal toro… a buen crítico, no hay mala película… hay que darle faena”. Desecha las que de plano no le gustan, pues considera que no tiene sentido insultar. Su idea es no juzgar. –Sin embargo, muchos lo consideran un crítico implacable. –Sí, dicen: ‘¡Noo, ese señor escribe con el hígado!’ Y no es cierto, me divierto mucho con las películas. Claro, en el momento en que escribo lo que me interesa es la fuerza del lenguaje, la eficacia y la precisión del lenguaje que estoy utilizando, a veces es totalmente lírico… No hay que olvidar por dónde empezamos: soy ingeniero químico y estoy acostumbrado a permanecer como analista. Estoy resolviendo una ecuación o estoy haciendo todo tipo de pruebas con diferentes reactivos. –¿“Por hacerlos con el hígado”, dice? ¿No es el tipo de crítica que hacían Raquel Tibol en las artes plásticas o José Antonio Alcaraz en la música? –Tuve muy buena relación con los dos. Alcaraz fue mi gran cuate y conocí a Raquel Tibol, me parecía realmente deliciosa porque estuve en varias mesas redondas discutiendo con ella, sabía cuáles eran sus trucos, me hacía mucha gracia. Pero lo que intento en estos libros es sostener panoramas que no existen en la cultura mexicana: Visiones panorámicas. Nada de pedantería, señala al decir que no hay series similares a sus libros sobre los últimos 50 o 55 años en otras expresiones:  “Me encantaría, por ejemplo, que hubiera el abecedario de la poesía mexicana, del ballet mexicano, el teatro mexicano, el rock mexicano, la caricatura mexicana… No un acercamiento, sino un esfuerzo prolongado. Son propuestas que no se tienen en México y deberían de existir.” Su propuesta ha sido hacer la “historia viva” del cine: “Me repatea la historia muerta, en gran medida porque mi padre era latinista y se pasó toda su vida estudiando el nexo entre el latín clásico y el primitivo español. Cuando iba a entrar a la Academia de la Lengua murió el buen hombre que se llamaba Leopoldo Ayala Martínez, como mi hermano mayor, quien murió recientemente. Mi padre, fundador de la Secundaria 10, pasó su vida haciendo la historia de algo que ya no existía, que había muerto.” Le parece fascinante que su padre enseñara latín en un seminario, pero era absolutamente ajeno a su quehacer: “A mí me interesaba lo vivo. No me interesa la historia del cine mexicano. Es más, nunca he dado esa clase, doy clases de cine mundial. Esa es la diferencia. Me interesa lo que está sucediendo en este momento y cómo registrarlo de una manera múltiple y huir de todo sectarismo, de todo dogmatismo, incluso de mis propios dogmatismos y fobias.” Por ello, desde el año 2000, escribe sólo de cine universal en los diarios. Las películas mexicanas son para el abecedario, hayan tenido o no éxito en cartelera o sólo se vieran en algunos festivales como FICUNAM (Festival Internacional de Cine de la UNAM), o el FICCO (Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México). Y no hace recomendaciones cinematográficas en ninguno de sus textos: “Me parece horrible eso de ‘apoyar al cine mexicano’. Yo no apoyo a nadie. La idea misma parece ridícula. ¿Quién soy yo para recomendar? ¿A poco conozco a todos mis lectores para saber cuáles son sus gustos o sus expectativas? ¿Qué determina el deseo de cada espectador para ver una película? No voy a influir en eso, es imposible.” Recuerda que en alguna ocasión le recomendó a un amigo Nostalgia, de Andréi Tarkovski. Y tras verla, le llamó a las tres de la mañana “¡para mentármela!”, y exigirle le explicara por qué el personaje va con su velita de un lado a otro. Lo que mueve a una persona a ver una película –subraya– es muy complejo. Y lo estudia ya Roland Barthes “en un ensayo bellísimo sobre el deseo de ver una película y no otra”. Tampoco se propone hacer diagnósticos sobre la industria nacional, aunque muestra beneplácito por el nombramiento de su exalumna María Novaro como directora del Instituto Mexicano de Cinematografía. Sin embargo, advierte de algunos de los problemas de una industria “llena de perversiones y de vicios”, donde se producen 175 películas al año si bien no todas pueden recuperar la inversión, pero se hacen gracias al estímulo fiscal de Eficine, y así “ganan por hacer la película, no por exhibirla, ese es el truco”. Habrá que hacer muchos cambios, legislativos, políticos, de visión, ver cómo queda el cine en el Tratado de Libre Comercio con América del Norte y “hay demasiados intereses creados”, apunta: “Presentamos aquí cien películas dignas de estudiarse y sólo tres que realmente funcionaron en cartelera. ¿Hasta dónde van a poder llegar? Me aterra, no me pongo en el papel de los que tienen el paquetazo”.    Esta entrevista se publicó el 26 de agosto de 2018 en la edición 2182 de la revista Proceso.

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