Cuento breve de rock 'Parménides García Saldaña”

miércoles, 12 de septiembre de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En el Foro Alicia de esta capital se dio a conocer la Antología del Primer Concurso Cuento Breve de Rock “Parménides García Saldaña” (Colección Chile Piquín. Ají/Karuzo. 94 páginas), con la presencia de los miembros de un jurado compuesto por Guillermo Briseño, Óscar Alarcón y Beatriz Meyer, y un programa con música de Leticia Servín, Ruido Subterráneo, Ingobernables y La Trola. En el prólogo del volumen, la escritora Beatriz Meyer apunta: “El rock nos arropa, nos da escenarios, atmósferas. Su presencia en la vida de todos los días es un rasgo de modernidad, de inconformidad, de rebeldía y anhelos de cambio. Una muestra de su influencia son los cuentos de la presente antología. “Resultado del Primer Concurso de Cuento de Rock convocado por Foro Karuzo y Ediciones Ají, esta reunión de textos nos abre un abanico de situaciones y experiencias marcadas de manera definitiva por el rock. El concurso lleva el nombre de un representante elusivo, mítico y rockero hasta los huesos, Parménides García Saldaña… “El cuento ganador, ‘Las groupies’, firmado por Ginebra, seudónimo de la autora Raquel Hoyos, reflexiona de manera lúdica y lúcida sobre los años que se van sin dejar nada más que un resabio de alcohol y vómito en la boca… Los restantes finalistas, 14 en total, representan un mosaico de temas vinculados por este género joven…” Aparecen nueve participantes de Puebla (con las únicas tres mujeres finalistas); una tríada viene de la Ciudad de México, más un escritor de Aguascalientes, otro del Estado de México y un tercero de San Juan del Río, Querétaro. Precisamente de este último, Felipe Cabello Zúñiga, reproducimos su relato “El humo”, enviado con al alias de El chino queretano. “El humo” Un día más en la vida… A veces, no sé si vivo de milagro o sobrevivo, han pasado los años y nomas no me hallo. Todos los días manejando al trabajo, mientras veo esos tiempos de juventud que quedaron en el recuerdo. Para sentirme más nostálgico, sintonizo a Sus Satánicas Majestades en Radio Educación y me repito “(I Can’t Get No) Satisfaction” de mi trabajo burdo y, si el rock nunca muere, ¿por qué yo debo hacerlo todos los días y renacer al siguiente? Me levanto temprano y parece que estoy predisponiendo mi fin al oír la primera canción de mi celular: Entras a la regadera, bautiza el agua tu malestar, blandes la navaja de rasurar queriendo afeitar la realidad… Sin embargo, no todo es malo en este mundo matraca. Me doy mis escapadas acá con unos cuates de la cuadra que conocí en el metro Balderas, allá donde perdí a mi amor, a un lado del Profeta del Nopal. Donde me di mi primera inyección de rock en español, pero del de a devis, con el Botebrio y Valexander, un impacto de la cruda realidad, al menos musicalizado, como una tragicomedia joseagustiniana, que al ir leyendo tú solito le vas poniendo de fondo la música adecuada. Con tal de no perder la costumbre, consumo un churro de mariguana para relajarme un rato y empiezo a soñar con la chica de mis realidades, su nombre es ALEM; la conocí hace tiempo en un foro del antiguo D.F. que no quiero recordar, donde las únicas letras que supe pronunciar eran las de su nombre. Ella era quien llenaba mi mundo de colores o que al menos le ponía un negro a lo blanco de mi vida; mi conclusión fue que yo era su poeta de ningún lugar; bueno, ya sabía cuál era mi lugar, pero ella no. Cada momento que la veía caminar pensaba en conquistarla, pero ninguna de mis prácticas había sido efectiva, al parecer solo buscaba un rato para llevar. Ahí empezó mi agonía, mi muerte en vida, no nos unían ni la música ni las acciones, aunque las coincidencias ocurrían y algunas veces me hizo creer que todo podía llegar a suceder… Y yo, dispuesto a hacer hasta lo imposible en cuanto descubrí que ella admiraba con locura a un escritor del siglo pasado, busqué todo acerca de él y al fin di con su paradero. A la semana siguiente la invite a un pequeño concierto de rock rupestre y silvestre, una noche con apenas el asomo de las estrellas en el sur de la ciudad, con un fondo mágico, místico, musical, en el que convivía la niña de mis ojos. Sólo faltaba el regalo de la noche. Le traje un churro que preparé con singular alegría; no podíamos dejar de corear algunas canciones que ambos conocíamos, fumamos juntos como nunca antes, hicimos el amor hasta el amanecer, y finalmente le dije: --¿Sabes? Ese churro debe ser uno de los mejores que hayas probado en vida, ¿qué te pareció? Y ella respondió: --Sí, fue un maravilloso viaje. Todo el conjunto en sí podría quedar plasmado a la eternidad. Fue entonces que yo mero, Juan de los Cisneros, revelé el secreto de aquel majestuoso churro: --Ahora tú tienes el secreto de tu escritor favorito. Fumamos su muerte, hallé su tumba y a escondidas, durante la noche, exhumé una parte de su cuerpo, la mano derecha para ser precisos. Sí, esa con la que escribió sus famosas novelas, para quitarme el miedo iba escuchando el ritmo de mi corazón, latido maldito. Luego lo hice. Lo incineré. Y aquí venos, fumando un retazo de él, ahora podremos echar más que tinta a las hojas, podemos escribir lo que queramos, sus ideas, sus formas o algo más. Después de esa noche no volví a verla. Corrió sin mirar atrás. Me borró y quedé extraviado, como un requinto de rock improvisado que jamás volvería a escucharse. Decidí refugiarme con otro carnal de rocanroles psicotrópicos llamado Óscar; pero creo que el momento de ir a él no fue el idóneo, pues su chava lo dejó por otro que al mes se casó con el amante. Mientras, Óscar se perdió en el alcohol (bueno, perdido ya estaba), en las pastillas (no las de menta) y en las mujeres (las que se dejaban llevar por el canto de sirena de mi cuate, que más bien era gruñido de sireno). Quizá nuestro único consuelo era el recuerdo de esas tocadas. Noches de mariguana, hablando de mal de amores. Y seguí pensando en ella, mi inocencia inconsciencia.

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