Rinden homenaje a la muralista Rina Lazo

sábado, 7 de diciembre de 2019 · 10:31
CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).– El Museo Mural Diego Rivera fue el escenario donde se rindió el homenaje póstumo a la muralista guatemalteca, mexicana por adopción, Rina Lazo (1923-2019), entre anécdotas sobre su trabajo como discípula de Diego Rivera en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central en el Hotel del Prado, en 1947. La historiadora de arte, investigadora, docente, curadora y editora de arte y diseño, Dina Comisarenco, presentó un video y contó anécdotas que datan desde que Lazo llegó a México, en 1945, después de obtener una beca para estudiar en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), donde impartieron clases Rivera, Frida Kahlo, Carlos Orozco Romero, Jesús Guerrero Galván, Alfredo Zalce, Federico Cantú y Manuel Rodríguez Lozano, entre otros. “Por mi madre heredé el gusto por la pintura”, se oyó decir a Lazo en un video que elaboró Comisarenco, donde se apreciaron sus fotos de la infancia, su estudio de pintura y algunas de sus obras y partes del mural del Hotel del Prado --pieza principal del Museo Mural Diego Rivera desde 1987-- que pintó bajo la instrucción del maestro Rivera y que había sido ocultado durante ocho años por la polémica frase: “Dios no existe”. Cuando estudiaba, Andrés Sánchez Flores, uno de los asistentes de Rivera, quien hizo el bastidor del citado mural, eligió a Rina para aprendiz del muralista. Se lo preguntó casi en secreto porque en esa época era muy difícil para una mujer ejercer su vocación o desarrollar sus talentos. “Rivera me citó en el Hotel del Prado a las seis de la mañana. Cuando llegó encontró el muro de 16 metros en blanco y preparado para fresco y el maestro, como un gigante, vestido de traje oscuro y muy corpulento se acerca a mí, me besa la mano, como se acostumbraba en la época y me dice: ‘vamos a empezar a trabajar’”. Recordó que en el mural firmaron todos los colaboradores, pero al final, Rivera fue quien pintó su nombre, Rina Lazo, porque ella lo había trazado con letras muy pequeñas. Para ella, “el arte es un instrumento de liberación social y Rivera era un gran maestro con algo de marino, de pirata y de poeta y un kilo y medio de paciencia, como dice el poema”, señaló Comisarenco en alusión a la inspiración de Gabriel Celaya. “Las mujeres que trabajaban con Diego se volvían pintoras, no muralistas por lo complejo del arte”, pero Lazo no, ella siguió su vocación y su arte lo trasladó a su tierra natal, donde incluso inició un taller de grabado, que sigue vigente. Lazo vivió y sufrió la discriminación hacia las mujeres de la época, así como las críticas porque después de pintar debía regresar temprano a su casa para cumplir con sus labores domésticas. Padeció los prejuicios de su tiempo, pero de las discípulas ella era la favorita de Rivera, además de que se convirtió en activista política en el Partido Comunista Mexicano (PCM), añadió. “Rina decía que el tiempo volaba viendo pintar a Rivera, mientras contaba las historias más fascinantes entre él, Gabriel Figueroa y David Alfaro Siqueiros, así como con las pinturas prehispánicas de Bonampak. Se trasladó a la selva y realizó un trabajo extraordinario. Amaba profundamente el arte indígena. Decía que el arte y la política no pueden separarse”. Inclusive pintó, junto con su esposo, el muralista Arturo García Bustos, a quien conoció gracias a Diego y Frida, carteles para las manifestaciones políticas, murales en Puebla y Morelos con contenido político. Presenció la represión y vivió las amenazas de los gobiernos de la época que impactaron a la pareja profundamente, señaló. Después, regresó a su natal Guatemala, un país suya historia se basa, como en casi toda América Latina, en golpes militares auspiciados por Estados Unidos y las intervenciones norteamericanas. Esa historia quedó registrada en el polémico mural de Rivera: Gloriosa Victoria, de 1954, donde el maestro pintó a Lazo como un reconocimiento a su activismo político y a su obra. En Hombre que cuelga del árbol se inspiró en su marido y juntos lucharon por la equidad de género. En su oportunidad, Leticia López Orozco, académica del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM donde es coordinadora del Seminario de Comunismo Mexicano, compartió sus experiencias por la amistad con Rina y Arturo, a quienes les reconoció su compromiso con el arte plástico. Hablo de los murales: “Rina lazo una vida para y por el arte. Se asumió mesoamericana, testimonio de la cultura maya. Los sindicatos les hablaban para pintar carteles. Los artistas tenían contacto con el pueblo. México estaba comprometido con el arte. “Rivera llamó a Rina su mano derecha., y le dijo que si quería pintar a los mexicanos debía comer chile”. Destacó su pasión por la cultura zapoteca, además de la maya y cuando pintaron a Emiliano Zapata. “Estos murales fueron remozados por pintores sin talento y se perdieron los originales”, detalló. Destacó que el muralista David Alfaro Siqueiros también halagó la obra metálica de Rina Lazo, quien ya era mamá y decía que pese a no haber tenido cargos, cualquier trabajo se complicaba por ser mujer. Por su parte, el arqueólogo, antropólogo, historiador y escritor guatemalteco, Carlos Navarrete Cáceres, académico del Instituto de Estudios Antropológicos de la UNAM, se refirió a una etapa de la larga y fructífera vida de Rina Lazo. “Es su subfaceta guatemalteca, porque Rina es como México que tiene muchos Méxicos. Hay una Rina guatemalteca y la costanera, la coayacoanense y la zapoteca. La cobanera señala su infancia y su adolescencia en la tierra de las náuticas, de las serpientes, de donde se habla el kekchí que se escucha en las calles de Alta Verapaz, en Guatemala”, relató. Rememoró la revolución de octubre de 1944 que fue un despertar para los guatemaltecos, para posteriormente vivir los únicos diez años de una democracia real, desde la independencia de 1982. “Guatemala es un país que ha sufrido dictadura tras dictadura y las más crueles, las militares. En esa época, México atraía porque era la esperanza de América Latina. Unos se fueron a Chile y otros a México, donde llegó Rina con otros becados para estudiar. Era el México glorioso posrevolucionario. “Rina hizo cerca de 60 exposiciones de pintura en Guatemala. Fundó la Casa de Cultura Guatemalteca. Creó un taller de grabado. Ahí dio comienzo el movimiento de grabado guatemalteco que permanece en nuestros días. Muy pocos lo saben, pero en esa Casa de Cultura, Ernesto Che Guevara pidió permiso para pernoctar y era velador…” Sentenció: “Hay una historia en cada uno de los aspectos del trabajo de Rina”.