'El juicio de los 7 de Chicago”

sábado, 17 de octubre de 2020
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Gran desafío el que enfrenta Aaron Sorking al orquestar el caos que provocaron las protestas contra la guerra de Vietnam durante la Convención Democrática en Chicago (1968), la efervescencia que agitó las filas de la contracultura, el pacifismo hippie y el juicio de seis meses, descaradamente político y racista, contra siete de los participantes acusados de incitar a la rebelión. El juicio de los 7 de Chicago (The Trial of the Chicago 7; Estados Unidos, 2020) consigue escenificar el espectáculo que armaron fiscales, el arrogante juez, abogados defensores, con los acusados, víctimas y comediantes espontáneos, frente al absurdo de las acusaciones y la farsa de legalidad. Las protestas iban dirigidas a la política de Lyndon B. Johnson en Vietnam; en el ínter Nixon llega a la Presidencia, el procurador general convoca a los fiscales Schultz (Joseph Gordon-Levitt) y Foran (J. C. Mackenzie) y les informa que el caos en Chicago fue provocado por la policía, pero quiere, de todas formas, que los acusados sean declarados culpables. Hablar de farsa en el caso de los 7 de Chicago no es mera retórica; Aaron Sorking, director y notable guionista, explota al máximo diferentes hablas, diálogos, réplicas, monólogos, exabruptos, acentos y estilos, y los hace resonar como hace 50 años y resonar ahora, con el “Black lives matter”. Quizá por esto recurre a actores británicos, expertos en los ecos y efectos sociales del acento, como Sacha Baron Cohen, quien protagoniza a Abbie Hoffman, borderline activista asociado al Flower Power, o a Eddie Redmayne como el educado Tom Haynes, representante de la nueva izquierda americana. Por exagerada que parezca, la reconstrucción histórica de modas, enfrentamientos con la policía, diálogos y discursos, se siente viva y actual, por eso desmerece tanto el recurso al material de archivo en negro y blanco como para certificar la veracidad de los hechos. Pese a todo, la fuerza de la cinta no está en la imagen, sino en el lenguaje y diálogos, en el trabajo de actores que supieron explotar los estereotipos de sus personajes y hacerlos de carne y hueso; así, el hippie Abbie Hoffman, emblema de psicodelia pura, juega como en un tablado con el arrogante juez con quien comparte el mismo apellido, a la manera del hijo desobediente frente al padre represor; Frank Langella, experimentado actor de 82 años que muestra a tal punto la petulancia y el racismo del juez que encarna que parece inverosímil, pero la realidad fue tal cual. El juicio de los 7 de Chicago se ubica en el género del trial movie, la dramatización del juicio; Aaron Sorkin rompe con la solemnidad y convierte el cliché en un espectáculo de Broad­way. Pero este autor de uno de los mejores guiones del cine americano del siglo, La red social (2010), no alcanza a tocar el fondo del mito del sueño americano y, optimista como Clint Eastwood, cree en la bondad de las instituciones, por eso acusa su corrupción.
Análisis publicado el 11 de octubre en la edición 2293 de la revista Proceso.

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