Cultura

“L'addio”, una grata exhumación

Leyendo su título –El adiós en castellano– podría creerse que se trata de la obra de un compositor italiano. Sin embargo, es de la autoría de un excepcional músico mexicano.
viernes, 23 de octubre de 2020

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Es motivo de alborozo para esta columna ofrecerles a los lectores de Proceso el rescate, o como reza el encabezado, la exhumación, de una partitura que ha estado en el olvido por casi una centuria y media. Leyendo su título –El adiós en castellano– podría creerse que se trata de la obra de un compositor italiano, sin embargo, es de la autoría de un excepcional músico mexicano de quien no se ha escrito aún una verdadera biografía (1) y cuya producción musical yace, prácticamente toda –salvo tres piezas–(2), en silencio. Esta espinosa omisión no debe sorprender, ya que el siglo XIX mexicano, desde la perspectiva de sus compositores, todavía no se ha estudiado a cabalidad deparando, a la luz de los hallazgos que poco a poco van realizándose, valiosas sorpresas.

Es cierto que la musicología patria va cubriendo paulatinamente lagunas, pero el territorio aún por explorar, no sólo del decimonónico sino del virreinato, es descomunal. Lamentablemente, los estudios en mérito al periodo de nuestro “romanticismo” y/o “nacionalismo” sufrieron una demora, ya que la ideología de los nacionalistas posrevolucionarios decretó, por principio, el atraso, la carencia de inventiva y la burda copia de las modas extranjeras, de los músicos mexicanos del convulso siglo que los precedió. Por ello, la injusticia es doble, puesto que a los compatriotas filarmónicos que fueron testigos y víctimas de las graves condiciones de sobrevivencia del país, se les negó su contribución como pioneros de un arte sonoro que empezaba, en medio de penurias y con todo el descreimiento de su valía, a independizarse de la totalizadora influencia europea. Así, con este breve preámbulo, es momento de desvelar la identidad del personaje en cuestión. Hablamos del pianista, maestro, compositor, director de orquesta y director de coros Julio Ituarte Esteva, quien vio la luz el 15 de mayo de 1845 en la Ciudad de México, siendo hijo del matrimonio entre Manuel Ituarte Fuentes (1804-1873) y Mariana Esteva González (1812-1879), ambos veracruzanos.

Como puede suponerse, hay muchas penumbras en su trayectoria existencial, particularmente en su niñez, pero sí nos es posible trazar un bosquejo de lo relevante que hizo en sus 60 años de vida (murió en 1905, también en la Ciudad de México). No hay certeza sobre la profesión de su padre, aunque se ha dilucidado que pudo ser tesorero de la Aduana de Santo Domingo. De su madre se piensa que fue una ama de casa dedicada únicamente a la crianza de la prole con nueve hijos. Sobre sus tutores musicales se sabe que estudió solfeo con José M. Oviedo, piano con Tomás León, armonía y contrapunto con Melesio Morales y canto con Agustín Balderas, con todos de manera privada.

Su relación con León fue muy estrecha, ya que éste llegó a considerarlo su mejor discípulo, para después darle un trato generoso de colega. Los progresos pianísticos de Julio fueron admirables, no sólo por su gran disposición hacia la música, sino por su asombrosa capacidad de trabajo. Al parecer, en esos años formativos llegó a estudiar entre ocho y 10 horas diarias, seguramente sin atender su salud postural, ya que al final de su vida sufriría severos dolores de pecho y espalda.

Su debut como concertista avino en 1859, con 14 años de edad, tocando al lado de León y otros celebrados solistas mexicanos en el Gran Teatro Nacional. Poco después se embarcó en una exitosa gira por varias ciudades de la República, coronando su virtuosismo al presentarse en Cuba, donde obtuvo lauros y ovaciones. Es de mencionar que también recibió consejos del pianista español Gonzalo Núñez, quien, a la sazón, se encontraba en México. En palabras de Ituarte, fue Núñez aquel que le reveló los artificios y recursos técnicos del instrumento que le abrieron “el camino del arte”.

Sobre su aspecto y manera de tocar, Guillermo Prieto anotó: “Julio es delgado, de faz medio morena, de pobladas patillas negras, flexible y se acerca al piano como un amante tímido a la adorada de su corazón. Acaricia las teclas, no parece que las oprime, sino que las levanta para dar salida a los acentos de los ruiseñores que encierra…”. E Ignacio Altamirano corroboró: “Es un gimnasta del piano. Lo domina, lo desenfrena, lo hace producir rugidos de león, estampidos de rayo, voces de tempestad en la selva y luego lo calma, lo hace sollozar (…) Ituarte es el árbitro del alma, porque la subyuga como quiere.”

En 1866 fue uno de los protagonistas de la audaz gesta que desembocó en la fundación del Conservatorio de la Sociedad Filarmónica Mexicana, primero como asistente de Tomás León y después como titular de su propia cátedra. Enseñó hasta 1885, formando alumnos que adquirirían notoriedad. Felipe Villanueva y Ricardo Castro entre ellos. Asimismo, en el plantel conservatoriano jugó un relevante papel como director coral, disciplina que lo proyectó hacia la titularidad de los orfeones Águila Nacional y Popular, y como responsable del coro de la compañía de ópera de Ángela Peralta. Con esta última preparó a los cantantes, por ejemplo, para el estreno nacional de la Aida de Verdi. Otra de sus contribuciones fue la de ­inaugurar en México la tradición de dirigir y tocar de memoria, hazaña que no tenía mucho tiempo de haberla establecido Franz Liszt.

Concluyó su primera etapa como docente en el conservatorio –tendría una segunda de 1897 hasta su muerte– con la finalidad de dedicarle más tiempo a la composición, rama en la que se había iniciado desde sus mocedades. Inicialmente compuso piezas para piano y se granjeó el gusto del público al realizar transcripciones de repertorio operístico en boga, en la misma tradición virtuosística de Liszt. En la plenitud de sus facultades creativas produjo varias zarzuelas, operetas y melopeyas. (3) Sustos y gustos, una de ellas, alcanzó un resonante éxito sumando 20 representaciones seguidas y siendo aclamada por la crítica; (4) de hecho, se escribió que con esa obra de temática popular Ituarte había consolidado uno de los mayores logros en la historia musical de México.

En el ocaso de su existencia, las dolencias lo fueron apartando de los escenarios, mas no de la creación artística y la labor docente. Y en lo que respecta a su vida privada, nunca contrajo nupcias ni dejó descendencia; en suma, podría acertarse que su fidelidad a la música fue absoluta. Manuel M. Ponce lo confirmó con creces: “Julio Ituarte cumplió notablemente su misión, indicando con su inteligencia y su bondad el sendero que habían de recorrer sus discípulos, quienes al expirar el maestro pudieron recoger como herencia preciosa el tesoro de nobleza que abrigaba en su corazón el ilustre maestro mexicano”.

Antes de abordar lo relativo a la obra rescatada, es imperativo anotar que Ituarte colaboró activamente en la ardua tarea de introducir las melodías populares a las salas de concierto y los salones de la aristocracia. Cual tenaz folclorista publicó sendos ramilletes con temas vernáculos, dándole voz a la menospreciada inspiración de humildes y desposeídos. Una de sus composiciones más célebres, Ecos de México fue, desde el punto de vista estético, piedra angular en el incipiente nacionalismo musical mexicano. (5)

Es pues, momento de hablar sobre la romanza para barítono, arpa y orquesta que preanunciamos. El manuscrito que yace en el Fondo Reservado de la Biblioteca del Conservatorio Nacional de Música contiene una dedicatoria a su amigo el connotado cantante Ignacio Aguado y está fechado en 1877 en la Ciudad de México. Se ignora la autoría del poema italiano que musicaliza, así como las circunstancias de la composición. Tampoco hay registro en la prensa de que Aguado, siendo el dedicatario, haya logrado estrenarla públicamente, si acaso en algún concierto dentro del ámbito privado del conservatorio y con una reducción para piano y voz. (6) Todo apunta a que es una obra inédita bastante rara dentro del corpus compositivo de Ituarte, ya que es la única composición que se conoce de él con un texto italiano y para esa dotación instrumental.

Escuchándola viene a la mente el estilo del bel canto itálico y no sería exagerado decir que muchos podrían confundirla con las creaciones de los consumados Verdi y Donizetti. Para regocijo de oídos sensibles damos, sin pompa ni afectación innecesaria, la primicia de esta pequeña gema nacional que bien merece salir de su prolongado silencio. (7) Al exhumar nuestro pasado musical se hace también porvenir…  

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1          Sólo se cuenta con relatos de prensa, artículos especializados, el esbozo biográfico de Manuel G. Revilla y una tesis de maestría sobre el personaje, escrita por Emilio Casco Centeno y publicada por la Universidad Veracruzana.

2          Hasta el día de hoy existen, nada más, dos grabaciones comerciales. Una con sus Ecos de México y su Rompe-pianos, a cargo de la distinguida pianista Silvia Navarrete y la otra también con los Ecos de México y La ausencia en la interpretación de Cyprien Katsaris.

3          La melopeya es un género donde la palabra hablada se enuncia con una música de fondo independiente. También fue Ituarte uno de los pioneros en México en este género musical.

4          Desafortunadamente la partitura está perdida.

5          Se sugiere su audición. Disponible a través del código QR impreso y en la página: proceso.com.mx

6          También se haya ésta en el Fondo Reservado de la Biblioteca del CNM.

7          La grabación en vivo se realizó en la Sala Nezahualcóyotl del CCU el 25 de octubre de 2017 merced al interés del director de la Facultad de Medicina de la UNAM, doctor Germán Fajardo Dolci, por darle voz a los olvidados músicos del siglo XIX que nos dieron patria. (Josué Cerón, barítono. Alondra Máynez, arpista. Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata. Gustavo Rivero-Weber, director)