Contraplano

“Nuevo Orden”: cuando el futuro nos alcance… en México

El director y escritor Michael Franco recurre a la violencia orgiástica para rubricar una producción de elevadísimas intenciones, para mostrar una distopia del país que conocemos y que, gracias a un guión magnífico, se convierte en territorio al que no se ha llegado, aunque es inquietantemente reconocible.
viernes, 23 de octubre de 2020

MONTERREY, NL (apro).- En Nuevo Orden (Nuevo Orden, 2020) el protagonista es, en abstracto, la clase alta de México, el estrato social más privilegiado.

En un cruce de caminos entre Fellini y Buñuel, una boda que es celebrada en todo lo alto, en una lujosa residencia de la Ciudad de México, es tomada por asalto por desarrapados. Son personas que visten pingajos y se comportan como zombies. Armados, actúan agresivamente, en una dulce venganza del lumpen, al que le ha llegado su día. Los patrones déspotas son humillados y maltratados por las empleadas domésticas y criados, a los que apenas minutos antes veían con desprecio.

El director y escritor Michael Franco recurre a la violencia orgiástica para rubricar una producción de elevadísimas intenciones, para mostrar una distopia del país que conocemos y que, gracias a un guión magnífico, se convierte en territorio al que no se ha llegado, aunque es inquietantemente reconocible.

Atrevido e irreverente, en tiempos de la pomposamente llamada Cuarta Transformación, el realizador coloca al glorioso Ejército Mexicano como el gran villano. En medio del caos y la destrucción, dice, lo que prevalece es la fuerza de las balas, no de la razón. El tema ya ha sido muchas veces tratado en Hollywood, pero no acá.

No se explica la causa por la que un día, en este futuro cercano, los desposeídos se lanzan a la calle en una revuelta que, se insinúa, tiene alcances nacionales.

Cuarón retrató, en Roma (2018), las manifestaciones estudiantiles de principios de los 70. Su cámara mágica mostró con dolorosa elocuencia el episodio conocido como el Halconazo, donde una multitud de estudiantes y ciudadanos es dispersada a tiros. Franco, privilegiando más la narrativa que el estilo, convierte las calles en campos de batalla, con muertos dispersos, en un escenario casi teatral, al pie del Ángel de la Independencia. Llama a reflexionar sobre las consecuencias de una insurrección civil, que seguramente será aplastada por la mano de hierro militar.

La anécdota que es, al mismo tiempo, cruenta e inteligente, sigue a los anfitriones de la boda que, en el transcurso de horas, les ocurre lo peor. Son sobresalientes las interpretaciones de los juniors Darío Yazbek, Diego Boneta, y Naian González Norvid, que son arrojados a la desgracia, sin entender por qué el mundo es tan injusto con ellos y permite las tropelías de esos piojosos, que apenas ayer les lustraban los zapatos.

En su discurso político, la película lanza una oportuna advertencia sobre los alcances del poder militar, que pueden superponerse a cualquier otro de carácter político. Son los uniformados quienes empuñan los fusiles y son ellos los que tienen la última palabra, para imponer el toque de queda y establecer un metagobierno, dentro de un régimen totalitario en el que las libertades son suprimidas.

Al echar un vistazo de los horrores que pueden derivarse de una dictadura militar, Franco convierte al Ejército nacional en una industria criminal. Nadie se había atrevido a presentar a la institución que defiende al país como un cártel que, con la impunidad que le permite el uso discrecional de las armas, puede hacer lo que sea con cualquier ciudadano, ya sea para obtener de él dividendos pecuniarios o para convertir a las mujeres en sus juguetes de carnalidad.

La película, con sello de cine de autor y de clase mundial, al polarizar provoca rabia y temor, indigna y sobrecoge. Mientras muestra la intimidad del despacho de un general, que decide la vida y la muerte de miles, revela que el pueblo está inerme y que, en los círculos del poder, todos se protegen, aunque hipócritamente se presenten en sociedad como los garantes de la independencia.

El hiperviolento epílogo retrata una realidad pavorosa, que indica el camino que puede seguir el sistema de justicia en el país, que desdeña cada vez más los derechos humanos, y se inclina hacia la venganza como remedio para calmar el dolor de la sociedad lastimada. Y mientras la Ley prostituida se cumple, para satisfacción de los poderosos, resuenan los heroicos clarinetes de una banda de guerra para enaltecer la imagen de los soldados.

No es esta una cinta discriminatoria, ni clasista. Por el contrario, es sobre la discriminación y sobre la obscena diferencia de clases que hay en el país.

Nuevo Orden es un clásico instantáneo.

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