Cultura

Guillermina Bravo: A cien años de su nacimiento

Al observar las coreografías de Guillermina Bravo surgen en el escenario estructuras y montajes, partes y actitudes, detalles e interpretaciones de su historia de México.
domingo, 15 de noviembre de 2020

Historiador de la danza moderna y contemporánea de México, Alberto Dallal, quien ha dedicado varios volúmenes a desmenuzarla con detalle desde muy diversos ángulos y recursos testimoniales, ha situado en ellos a la coreógrafa como pieza clave. En este texto, escrito para nuestros lectores, convierte esas ideas en un homenaje, como hizo en el número actual de Imágenes, revista que él dirige en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El gran atractivo que ejerce el arte de la danza en el ser que lo observa, lo siente o lo vive se centra en su capacidad única, excepcional, para remitir al practicante o al espectador al primer acto auténticamente creativo de los seres humanos sobre la faz de la Tierra: su incursión vivificante en el espacio. La danza fue el primer, inesperado arreglo, la concordancia primitiva de los seres humanos (mediante el ofrecimiento de los elementos de su cuerpo) con el espacio que los rodeaba.

Y sigue siendo el arte original, el primer acto artístico: el arte del cuerpo y del alma históricos. Todos los cuerpos humanos, aun hasta la fecha, persiguen su instalación en el espacio cósmico.

Esta elemental concordancia (cuerpo, espacio, tiempo, ejercicio inesperado o voluntad) sigue siendo el primer, básico, fundamental ejercicio artístico o creativo del ser humano. Bailan los niños regocijados o entusiasmados, bailan los cuerpos de los jóvenes henchidos de amor, bailan los integrantes de la fiesta, bailan los desanimados soldados en la huida o en la derrota o también los animados púberes en sus ligeras batallas sugerentemente cachondas o en su inesperada, desatada orgía.

Durante siglos hemos atestiguado o contemplado o soñado o practicado danzas de la vida y de la muerte. La danza es el arte de horadar o de hacerse del espacio aun involuntariamente. Es una especie de inesperado, a veces instantáneo armisticio entre las partes del cuerpo, del espacio, del tiempo y de los elementos otros, aún más destacados de la danza: el movimiento y su impulso, la relación luz-oscuridad, la forma o apariencia, el observador-participante.

Y con todo, a lo largo de la historia, no ha surgido una ocupación mayormente ungida o desarrollada por especialistas: la danza es el arte de los bailarines. Dentro de su enorme, inasible racionalidad (destreza expresiva naturalmente domada, desarrollada, involucrada) surge inesperadamente lo excepcional, el super especialista: el gran bailarín o la sorprendente bailarina, seres involucrados en y por sus proezas, sus logros, sus cuerpos. Y el que les inventa o mide el tinglado: los coreógrafos. Y asimismo aquellos de ellos, los bailarines que van involucrándose en los avatares y secretos de las danzas (sus “narraciones”, sus dibujos, sus entramados, sus acompañamientos, figuras y figuraciones) se convierten en sabios excepcionales porque a la vez son portadores de secretos y sabidurías, técnicas, geometrías, limbos, pasajes, normas, dibujos, narraciones, cometidos y logros: todo ello al instante, a flor de cuerpo y de piel.

Guillermina Bravo fue uno de esos seres excepcionales. Nacida el 13 de noviembre de 1920 en Chacaltianguis, Veracruz (fue hija de un almirante mexicano en servicio), se adhirió muy jovencita a las clases de las hermanas Nellie y Gloria Campobello en la Escuela Nacional de Danza instaladas ya en el mismísimo Palacio de Bellas Artes, espacio en el que transcurrió esplendorosamente toda su vida profesional como bailarina, antes que nada, coreógrafa, militante del arte y organizadora, creadora de montajes de danza que trastrocaron cada etapa de una espléndida danza mexicana que surgió y ha seguido siendo todo un movimiento cultural porque (y ella lo reconoció más que nadie) somos un país de danzantes: desde tiempos inmemoriales descubrimos los mexicanos (como los chinos, los árabes, los balineses y otras pocas culturas) que la danza es más que una expresión artística: constituye una forma de ser, una manera de enfrentarse al espacio y a la historia, una manera de reconocer el cuerpo, una superestructura hinchada, desbordada, inmemorial, narrativa y tal vez cósmica. Díganlo si no nuestros extraordinarios danzantes indígenas.

Al observar las coreografías de Bravo afloran todos estos elementos y presencias. Surgen en el escenario estructuras y montajes, partes y actitudes, detalles e interpretaciones de su historia de México. Lo sorprendente radica en su entereza para enfrentar todos los elementos antiguos y modernos simultáneamente: Bravo nos ha dejado hasta la fecha llenos de curiosidad biográfica e histórica, geométrica y espacial: Danza para bailarines, Homenaje a Cervantes (por el Quijote), Danza para un bailarín que se convierte en águila, La tambora, Sobre hombres y dioses, El paraíso de los ahogados, Epicentro...: coreografías de gran calado o de narrativas deslizantes y cuerpos y a veces quimeras y sombras instantáneas en un limpio escenario lleno de impresionantes exactitud y especificidad “narrativa” y creativa: cambiantes, multiplicantes habilidades del arte de la danza.

Atenta siempre a la preparación técnica y emocional de sus bailarines, Guillermina los convertía en sus aliados, sus cómplices: sus cuerpos no narraban, expresaban estructuras volátiles e independientes y se hallaban llenos de una entusiasmante creatividad y de un independiente dominio, ágiles dentro de un espacio geometrizado, mentalmente trazado de antemano.

Convirtió a la danza, para ella y sus bailarines, en una forma de vida. En El llamado Guillermina Bravo los obligó a evocar e invocar, a aceptar e identificar, en una actualización-homenaje de las huestes de Simón Bolívar, a los corredores (runners­) comunes y corrientes de las calles de las ciudades de América Latina: los que permanecen a tono, preparados aun ahora para los actos de atestiguamiento, de liberación social...

Me congratulo y me sorprendo haber arribado en mi vejez, con tanto conocimiento de causa, a la celebración de un siglo entero tras el nacimiento de Guillermina Bravo. La UNAM prepara ya la publicación de un libro narrativo e históricamente inclusivo de su vida y obra (*). Politizada organizadora, con pleno conocimiento de causa se enfrentó y superó con creces las complicadas y a veces conservadoras e injustas estructuras de la organización cultural mexicana. Trascendió y salió airosa en la imposición de un arte en todos sentidos demandante, imponente.

Al organizar e instalar en 1991 el Centro Nacional de Danza Contemporánea de Querétaro, aseguró la enseñanza y práctica actualizadas de un arte ancestral; recuperó y socializó, aseguró una de las más valiosas habilidades básicas de los mexicanos. 

Texto publicado el 8 de noviembre en la edición 2297 de la revista Proceso.

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