Cultura

"El beso", puesta en escena híbrida

En "El beso" dos personajes desconocidos se encuentran en el peregrinaje que cada uno emprende con motivaciones diferentes.
martes, 17 de noviembre de 2020

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La obra El beso, del autor Ger Thijs, se presenta de las dos maneras predominantes durante la pandemia, virtual y presencialmente, en el Teatro Español de Madrid. Sobresale su fuerza dialógica, la capacidad para la sorpresa, los giros dramáticos y el desarrollo sicológico de los personajes a partir de su relación surgida de una casualidad.

En El beso dos personajes desconocidos se encuentran en el peregrinaje que cada uno emprende con motivaciones diferentes. Ella por motivos médicos se dirige al hospital para repetir una mastografía sospechosa –lo cual la tiene en una tensión interior poderosa–, y él –quien quiere seducirla y hacerla reír– es un humorista, dicharachero y juguetón que camina intentando inspirarse para planear su siguiente programa humorístico en la televisión.

El involucramiento progresivo de cada uno de los personajes va aparejado a la sensación compartida del espectador y de ellos mismos de ir conociendo poco a poco al otro. El texto es hábil para desarrollarlo con naturalidad y no hacer guiños informativos al espectador. El autor Ger Thijs (Holanda, 1948) nos lleva de la mano con gran conocimiento del comportamiento humano. Sus estudios de psicología contribuyen a la verosimilitud en la evolución emotiva de los personajes y en sostener y justificar su forma de reaccionar y de sentir.

La directora María Ruiz (España, 1948) diseña un trazo escénico fluido y contundente; con apenas una banca y un muro, crea distintos espacios y desde la ausencia hace que interaccionen los personajes, y el espectador sólo escuche e imagine las acciones. Construye elipsis, tránsitos y recorridos; utiliza un camino que apenas se distingue para sugerir una posible ruta. Están en un mismo lugar escénico, pero la directora soluciona la convención de ir y avanzar en el peregrinaje. Separarse en algún momento, y después volverse a encontrar.

Isabel Ordaz y Santiago Molero son dos actores españoles que interpretan a estos dos seres solitarios. Si bien se notan las tablas en cada uno, la actriz se esfuerza demasiado en mostrar sus cambios de humor, su proceso interior, su rechazo al desconocido y las preocupaciones que le rondan. Este énfasis hace perder naturalidad a la propuesta, siendo que el autor se ocupó en justificar cada una de las reacciones de los personajes.

El que interpreta Santiago Molero es más amable hacia el espectador, ya que su humor y ligereza suavizan su intención de seducirla y su confusión frente al seno que le muestra. Detrás de su amabilidad irán surgiendo sus frustraciones y sus deseos ocultos. El autor y la puesta en escena insisten en sobrevalorar el acto de descubrirse un seno y mantenerlo así gran parte de la obra, lo cual resulta bastante inverosímil, tanto por la construcción del personaje como por la situación dramática en que se da. Aunque visualmente puede ser atractivo, dramáticamente pierde valor y verdad.

El beso es una obra de teatro con una construcción dramática impecable, en la que se puede distinguir paso por paso el acercamiento entre los personajes. Entendemos, por ejemplo, por qué ella abre la conversación y le confiesa su inquietud médica; o por qué exponen sus dificultades con sus respectivos hijos o esposos. Llegamos a sospechar, igual que la protagonista, que si el otro confiesa sus deseos de matar a su mujer, no sabemos si en broma o en serio, ella corre peligro. Vemos a dos seres solitarios sesentones con una vida hecha, pero con sentimientos a medio hacer.

El título de la obra, El beso sugeriría una historia de amor, y afortunadamente lo que sucede es un encuentro insólito entre dos desconocidos que entablan una muy peculiar relación.