Cine

Ken Loach en la Muestra

En las historias que a sus 84 años sigue contando Ken Loach, el espectador sabe desde el arranque que la situación desesperada del protagonista no puede más que ir de mal en peor
domingo, 20 de diciembre de 2020

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En las historias que a sus 84 años sigue contando Ken Loach, el espectador sabe desde el arranque que la situación desesperada del protagonista no puede más que ir de mal en peor; con Lazos de familia (Sorry We Missed You; Reino Unido-Francia-Bélgica, 2019), el director británico, comprometido desde siempre con denunciar el efecto vandálico del capitalismo sobre la sociedad y los trabajadores, depura al máximo el didactismo político y el sentimentalismo en que ha llegado a caer, y logra una de las mejores películas de su carrera.

La voz en off de Ricky (Chris Hitchen) pone al tanto al público de la situación de este empleado que prefiere ser independiente y pasar hambre antes de entrar al sistema de ayuda del gobierno; se trata de una entrevista de trabajo en la que le ofrecen asociarse a una compañía de reparto: A cada zanahoria que propone el jefe corresponde un látigo con púas, tener camioneta propia y pagarla a un alto porcentaje, llevar dispositivo electrónico para ubicar direcciones y distribuir paquetes (perderlo significa mil libras de costo), amén de sanciones descomunales por retraso o faltas; Ricky se pone solito la soga al cuello.

En el diario El País se publicó la mejor descripción del cine de Loach: sus personajes son náufragos a punto de ahogarse. Ricky trabajaba en la construcción; Abby (Debbie Honeywood), su mujer, enfermera a domicilio, cuida ancianos o incapacitados. Juntos habían dado el enganche para comprar casa, llegó la crisis financiera de 2008 y perdieron todo; ahora va el coche de ella para cubrir el enganche de la camioneta de reparto, Abby tendrá que transportarse en autobús o taxi. Catorce horas de trabajo diariamente y seis días a la semana dejan poco tiempo para atender al hijo, uno en plena crisis de adolescencia, y una niña en edad escolar.

A diferencia de cintas anteriores, Ken Loach y su guionista, el talentoso Paul Laverty, colocan a la familia como el pilar que sostiene el drama, lugar, cuerpo físico y afectivo donde impacta la maquinaria demoledora de esta nueva forma de línea de producción; los envíos tienen que llegar a tiempo exacto, desde el acarreo en el almacén, cargarlos, acomodar, entregar, localizar domicilios, tolerar modos ingratos de los destinatarios –cuidado y se atore algo en la banda de distribución porque lo paga el supuesto trabajador independiente.

Asombra el pulso que logra Loach en el seguimiento de acciones concretas del sistema de envíos, para provocar esa sensación de automatismo acelerado que Chaplin ilustra en Tiempos modernos (1936); la clave es el ritmo temporal, controlado de manera implacable por celulares, aparatos para sincronizar entregas y posiciones… imposible escapar de esta maquinaria trituradora.

Estupenda la maestría de Loach para contar esta historia, tan obvia en su mensaje político, sin caer en el chantaje sentimental; clave evidente: que ninguno de los cuatro miembros de esta familia al borde del abismo muestra atisbo alguno de autocompasión. Qué gran maestría ha adquirido Ken Loach para obtener interpretaciones de actores no profesionales sin ninguna nota falsa.

Texto publicado el 13 de diciembre en la edición 2302 de la revista Proceso.

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