'Mater Amatisima / Pater Noster”, de José Vicente Anaya

domingo, 21 de junio de 2020 · 01:38
CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).– Ofrecemos a nuestros lectores versos del segundo poema incluido en el díptico “Mater Amatisima / Pater Noster” (Sangre Ediciones, Chihuahua, 98 páginas), obra del traductor, ensayista, periodista cultural y editor de la revista Proceso, José Vicente Anaya (Villa Coronado, 1947). Ligado al movimiento literario infrarrealista, Anaya ha publicado una veintena de volúmenes, entre los cuales destacan: “Híkuri”, “Poetas en la noche del mundo”, “El haikú clásico del Japón”, “Largueza del cuento corto chino” y “Los poetas que cayeron del cielo”.
Pater Noster (fragmento)
Se abren las puertas de tus ojos para siempre cerrados, padre, en el primer segundo de tu muerte.   Ya nada impedirá que veas el movimiento incontenible de centella que está de golpe (tumba que retumba) en tus pupilas … puertas que el resplandor derraman   no para ver sino para   seguir en la ceguera que sella el sol en la raíz de lo que en tu vida fue tu mirar en tu pueblo Villa Coronado la fragua donde como alquimista trabajaste los metales, tu mesa de carpintería donde labraste y desentrañabas aromas de maderas pinos madroños cedros construyendo hermosos muebles o el cuidadoso trabajo al sustraer la miel de los panales con ese su ámbar oloroso de vida (…) en tu muerte todos estallamos contigo en el relámpago de tu infarto, padre (…) furiosa electricidad sacudió tu robusto cuerpo de obrero y campesino, de ser humano que se ha curtido de tanto trabajar   furiosa electricidad   ¿qué tu alma te hizo sentir?   en ti un volcán hizo erupción reventando tus nervios y yo, atolondrado niño, confiaba en que amainaría todo ese tu estruendo que, como epilepsia estrujaba tus huesos y músculos del caballo a los pies.   ¿Cómo iba yo a saber, niño pasmado, por qué sentía el dolor que, igual que se talla la piel chirría y chirría, te estaba estrujando mientras agonizabas? ¿Cómo iba yo a saber que tu corazón, crecido, estaba en tu pecho reventando? Y cuando te aquietaste, creyendo yo que era la dulcificante calma intempestiva, y que abrirías los ojos sonriéndome, habías tenido los movimientos últimos de vida. ¡Muerto! ¡Muerto! ¡Muerto!   ¿Te arrancaste como planta con todo y raíz de la existencia?   Estuve sonámbulo. Una pesadilla y los dolorosos gritos de Socorro, mi hermana, con palabras entrecortadas “¡Corre… lla.. ma… al doc.. tor… Del… Cam.. po!” para que yo saliera en vilo corriendo tras la esperanza…   El galeno con mal humor dijo “iré” / no se veía preocupado por salvar una vida.   Unas semanas antes, Miguel, el ángel, hermano mío, te encontró tumbado a mitad de la larga escalera de cemento para subir al cerro de la colonia Altamira. Ahí dormías y Miguel te despertó. ¿Habías tenido el pequeño infarto que al definitivo precede?   cuando yo sin ti me quedo cuando tú sin mí te vas ni si yo sin mí me quedo ni si tú sin mí te vas Las Horas inquiere el místico Padre del Desierto, por Dios Padre Eterno también tuyo y mío y de todos y todo el universo a Él clamamos, Señor nuestro creador de todo   Señor, abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza   Gloria al Padre (¡Aleluya!) mentes cansadas, manos encallecidas, labriegos al final de la jornada, jornaleros de tu viña, venimos, Padre, atardecidos de cansancio, agradecidos por la lucha de recibir tu denario. Llenos de polvo, el alma hecha girones, romeros al filo de la tarde, peregrinos de tus montes, venimos, Padre, heridos por los desengaños…   Hartos de todo llenos de nada… Las Horas   Padre Dios Al principio y al fin Del universo, Inserto en la infinitud De las galaxias, Que como Tú, No tienen principio Ni fin   Creador eternamente creándose Con su creación eterna.

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