Una vida de película…

viernes, 17 de julio de 2020
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Cortinillas de créditos: Con el abandono de la vida física del celebérrimo compositor Ennio Morricone (1928-2020), vuélvese indispensable decir que con su desaparición el cine pierde a uno de sus máximos exponentes como creador de inolvidables bandas sonoras, pero también la música de concierto sufre una pérdida inmensa. Cual tributo a su memoria surge, diáfana, la idea de comentar algunos aspectos poco conocidos de su biografía y su pensamiento, para sumarse a los millones de agradecimientos que se elevan por doquier; no en vano se divulga que Morricone logró convertirse en uno de los compositores vivos más amados en el planeta, con más de 70 millones de discos vendidos y con 2 millones semanales de oyentes en la plataforma de streaming Spotify. Escena 1 (Niñez): Nace en Roma en el seno de una familia proletaria cuyo único ingreso proviene del trabajo como trompetista de su “jefe”. Es éste un músico que no había tenido una buena educación y que había debido contentarse con tocar en lugares de mala nota y en orquestas ramplonas. Por tanto, para su primogénito han de buscarse mejores oportunidades y, sobre todo, mejores maestros. Con esto en mente, recibe las primeras lecciones de trompeta y también las primeras enseñanzas de teoría musical. Y es tal su receptividad que, aun con sus tiernos pulmones de niño, consigue extraerle sonidos nobles a la trompeta, y a los seis años de edad ya es capaz de empezar a jugar con los sonidos creando pequeñas melodías. Cuando llega el momento de inscribirlo en una escuela seria de música, el señor Morricone elige el afamado Conservatorio Nazionale di Santa Cecilia, donde de inmediato se reconoce su talento. Ennio tiene apenas nueve años. Cumplidos los 12, se enrola en los cursos de armonía y análisis. Duran cuatro años, pero él los completa en seis meses. Poco después es admitido en las clases de composición de Goffredo Petrassi, quien llega a considerarlo su mejor discípulo; sin embargo, surgen problemas debidos a su precariedad económica… Escena 2 (Una dura adolescencia): Las cosas se complican porque faltan recursos en el hogar, y los pocos que hay se ven mermados por la mala salud del señor de la casa. Es así que Ennio debe sustituir a su padre tocando la trompeta en los cabarets y los bares de mala muerte y, al mismo tiempo, proseguir con los estudios musicales que le requieren atención absoluta. Asiste a la escuela regular en la mañana, cumple con el conservatorio y las tareas en la tarde y en la noche trabaja, por lo que la falta de sueño se vuelve en su contra. En pleno conflicto empieza a hacer arreglos musicales que le dejan un dinerito extra, mas los arreglos son de buena calidad y la voz se esparce. Inicialmente, algunos trabajos como “negro” musical mejorando las composiciones de otros, y luego los primeros contratos para hacer música para comerciales y programas de televisión. Lamentablemente, no es lo que su maestro Petrassi espera, desesperándose de que pierda el tiempo con la “mala” música comercial. Desde ese momento en adelante, capta que su vida va a dividirse en dos: ganar el pan con la música “aplicada” y labrarse una reputación, lejana y esquiva, como compositor de música “absoluta”. No obstante, tiene claro que para la música comercial, aunque la reprueben sus mentores, ha de exigirse una excelencia por encima de la norma. Se despejan, pues, los horizontes existenciales y el cine le lanza cantos de sirena… Escena 3 (La difícil afirmación): A los 26 años, ya con su título en la mano, inicia el periodo más convulso de su existencia. Debe volverse independiente y desea formar una familia que no conozca privaciones sin descuidar su trabajo como compositor “serio”, que no es remunerado como debería. Hay ofertas de trabajo para musicalizar programas de radio y surgen contratos con las “grandes pantallas”, pero éstos son leoninos y le exigen que cancele su nombre de las bandas sonoras para atribuírselas a compositores renombrados. Así las cosas, se ve obligado a aceptar e intuye que algún día se abrirá el espectro para que su nombre figure, tanto en las salas de concierto como en las marquesinas de los cinematógrafos. Para la música “seria” le costará más trabajo, pero para las películas pronto se invertirán los papeles… Y en esto jugará a su favor la amistad con un compañero de escuela que se ha dedicado al cine… Escena 4 (Encuentra un estilo vencedor): Sergio Leone se llama el amigo que tiene grandes planes para rodar filmes con el corte del “Oeste americano” y que piensa que la colaboración con Ennio puede ser la adecuada. Se instaura así el género del Spaguetti western, en el que la maestría compositiva se une certeramente a la visión comercial del cineasta. Primero se exhibe ‘Por un puñado de dólares’, de 1964, con Clint Eastwood, y le siguen ‘El bueno, el malo y el feo’, de 1966; ‘Érase una vez en el Oeste’, de 1968, y ‘Agáchate maldito’, de 1971. Sobra aclarar que la mancuerna de amigos de infancia se solidifica, al grado que Leone llega a preferir que Ennio componga primero la música, para después filmar en los sets sobre ella. Y con esa premisa la consagración definitiva para la pareja llegará en 1984 con la esplendorosa cinta ‘Érase una vez en América’, en la que las estrellas más deslumbrantes de Hollywood están involucradas. Como dato de interés, Leone recibe en 1970 una llamada de Stanley Kubrick para pedirle el número de su amigo, a quien deseaba contratar para que musicalizara su filme ‘Naranja mecánica’. Víctima de los celos, Leone responde que Ennio está trabajando en un proyecto importante con él y que le sería imposible embarcarse en otro… Escena 5 (El mundo reconoce su talento): Siempre con la actitud creativa correcta, se mata trabajando, tanto en la música que le da de comer como en la “verdadera” y, cual proeza de voluntad, logra consignar en las pautas más de 100 composiciones “absolutas” que tardarán decenios en llegar a las salas de concierto, y esto, irónicamente, merced a su fama cinematográfica. Asimismo, esa férrea capacidad de trabajo posibilita que componga las bandas sonoras de 450 largometrajes y que pueda elegir con cuáles directores colaborar. Ciertamente, ha aprendido que puede vanagloriarse de haber impuesto su credo artístico a los directores, revelándoles esos aspectos desconocidos de sus películas que sólo su música podía sacar a flote: “Hay que saber mirar dentro de uno mismo para poder después versar todo en la partitura. Toda música nace de una experiencia íntima y personal y de una comprensión profunda de la realidad. Para conmover, la música debe conmover primero a sus creadores”. Y los premios inundan su entorno, contándose entre ellos dos Grammy, tres Globos de Oro, cinco BAFTA, 10 Davide di Donatello, 11 Nastri d´Argento, seis nominaciones al Oscar con dos estatuillas, el Polar Music de Estocolmo y el Princesa de Asturias de las Artes. ¿Y sus ingresos? Ahora sí son millonarios... Escena 6 (El guion no filmado): Aparece conversando con Giuseppe Tornatore, director de Cinema Paradiso, y le cuenta de una idea expuesta a Fellini y a Pasolini que quedó volando: “La acción se desarrolla en una época indefinida, en una ciudad poblada por gente buena que cree en los ideales y que no necesita un dirigente. Viven en una especie de anarquía construida sobre la bondad y el respeto absoluto de los derechos de los demás. Empero, un día, un hombre astuto sostiene que la paz en la que viven es falsa y que ésta es alimentada por la música, que penetra los sentimientos de las personas, generando reacciones imprevistas e incontrolables, por lo que la tranquilidad de la ciudad puede verse amenazada. La solución es prohibir la música. Los ciudadanos aceptan su idea y, de pronto, este sujeto se convierte, sin quererlo, en su líder. Ya con el silencio instaurado ordena que nadie module la voz y que, poco a poco, se evite el diálogo. Y las órdenes aumentan hasta que el dirigente se convierte en un dictador…”. Epílogo: Con la historia recién contada, el anciano Morricone afirma que “la música es libertad”, aquella que le ha arremolinado los pensamientos, en forma de sonidos, durante toda su larga y fructífera vida. Esa libertad que es un flujo sin límites y que está en constante búsqueda de armonía. Agrega, además, que es necesario perseguir lo que es posible y a veces también lo imposible, de modo que este pensamiento y este deseo de osar nunca mueran en nosotros. Y ellos no mueren con el final de sus fatigas, al contrario, quedan en el aire libres y eternos, como su música… Gracias, Maestro Morricone, un mundo más justo y más bello es posible al son de sus maravillosas melodías…

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