'Fuga de Pretoria”

sábado, 29 de agosto de 2020
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Ahora que regresa el cine (por lo pronto) a la Cineteca Nacional y a salas comerciales de manera responsable y cautelosa, se antoja una buena cinta de aventuras. Fuga de Pretoria (Escape From Pretoria; Australia-Reino Unido, 2020) queda mal calificada por el público si se mira como mero cine de acción, pero Francis Annan es un ambicioso realizador que, en vez de copiar a Hollywood, prefiere estudiar la técnica de Bresson y proponer una reconstrucción histórica de esta fuga ocurrida bajo el régimen del Apartheid. Basada en las memorias de Timothy Peter Jenkin, activista y preso político en la Prisión Central de Pretoria –quien logró escapar junto con dos compañeros más–, Fuga de Pretoria recupera la memoria de la lucha contra el racismo en Sudáfrica en la que se involucraron también activistas blancos, mientras Nelson Mandela se hallaba en prisión. De hecho, uno de los guardias califica a Jenkin (Daniel Radcliff) como el Nelson blanco, a manera de insulto, claro. Apoyado por el propio Jenkin, Annan fabrica un guion que privilegia la acción a la manera de Un condenado a muerte se ha escapado (Bresson), economía de recursos, repetición de lugares, secuencias completas sin diálogos que demandan más atención por parte del espectador, pero que aquí la narración en off de Radcliff arruina un tanto por su intención informativa y con el acento ultracorrecto de Ciudad del Cabo que el actor británico se impone a sí mismo. A los productores les habría preocupado que el público no entendiese las condiciones políticas, o todo eso que el diseño de acción y el celo de los actores hacen obvio. Jenkin era un estudiante de sociología que pertenecía al Congreso Nacional Africano, detenido por la policía secreta junto con su amigo Stephen Lee (el australiano Daniel Webber); el diseño de la fuga, la obsesión por burlar la rígida vigilancia, el casi inverosímil plan, armado con copias de madera de las llaves, y la minuciosa elaboración del escape, parece sacado de una película como La fuga de Alcatraz. Papillon, la novela mitad ficción y mitad autobiográfica de Henri Carrière, circuló en la prisión y sirvió de modelo en la planeación de Jenkin. Asimismo, la obra de Bresson sobre el escape del condenado a muerte se basó en una autobiografía. Annan no articula, del todo, estos juegos de paradojas donde la ficción inspira a la realidad, y la realidad parece inventada, como lo haría un Almodóvar, por ejemplo, aunque los temas están ahí; sí logra, en cambio, un código cerrado entre llave, reja, prisión y libertad, toda una serie acertijos a resolver. Por su premura en dejar clara su postura política, Fuga de Pretoria no escapa de cierto maniqueísmo que se nota en la falta de desarrollo de los personajes de policías y carceleros –que ni nombre ni dimensión tienen–. Daniel Radcliff hace lo imposible por dejar atrás su imagen de marca, el director lo sostiene bien, y el reparto de actores, compañeros de prisión, como Ian Heart, entrenado en el naturalismo británico (Ken Loach, Stephen Frears) aporta una buena dosis de realismo.
Reseña publicada el 23 de agosto en la edición 2286 de la revista Proceso.