'Promare”

sábado, 12 de septiembre de 2020
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Treinta años antes, un cierto número de seres humanos comenzaron un extraño proceso de mutación en forma de combustión espontánea; el fenómeno provocó un desastre global que casi termina por extinguir a la humanidad, Promepolis surge de esas cenizas, la nueva sociedad autosustentable es ahora gobernada por Kray; organizados por su cuenta, los mutantes (burnish) son vistos como terroristas contra el régimen: La brigada de bomberos, los Freezer, son los héroes dedicados a combatirlos (a la manera de Farenheit 451, de Bradbury). Dentro del canon que el mejor cine de animación japonés ha establecido en el mundo occidental, Promare (Puromea; Japón, 2019) parece una aberración si se compara con los clásicos de los Estudios Ghili; con sus estridentes colores y movimientos de cámara, acción vertiginosa, secuencias hipnóticas, más de lado del viaje de ácido o de opiáceos que de la mística contemplativa del maestro Hayao Miyazaki (El viaje de Chihiro). En realidad, este primer largometraje de Hiroyuki Imaishi, cofundador de los Estudios Trigger, se ancla en una larga tradición de expresión artística en Japón que data de finales del siglo XIX, el dojinshi (en la era Meiji, movimiento formado por escritores, más tarde artistas del manga, que publicaban y distribuían su trabajo de manera independiente). El dojinshi es muy apreciado y en sus convenciones reúne a miles de artistas y admiradores.
Notas relacionadas:
“Cita sangrienta” “Fuga de Pretoria” El trabajo de Imaishi, fortalecido en series de televisión, ahora de culto, como Kill la kill, animación fuera de serie, es experimental y con contenido político candente, irreverente contra la autoridad; la historia de Promare explora estos temas, convierte su distopia en metáfora contra la autoridad disfrazada de benevolencia, y de manera más que ambigua asocia los burnish a terroristas cargados de explosivos, o a víctimas de alguna forma de holocausto. Los estudios Trigger nacieron poco después del accidente nuclear de Fukushima; los niños de entonces son los espectadores de ahora. Por la necesidad de darse a conocer internacionalmente, los creadores de Promare –el guionista Kazuki Nakashima, activo colaborador de Imaishi, entre otros– diluyen los contenidos sexuales y de diversidad sexual, a veces explícitos, del dojinshi; pero bien mirado, todo sigue ahí, en las batallas y en los encontronazos del héroe de cabellera azul, Galo Thymos, con el otro héroe del lado de los revolucionarios, el rubio naranja, Lio Fotia. La acción y las secuencias sin aliento, que combinan efectos especiales con técnicas de dibujo harto sofisticadas con planos y movimientos de cámara imposibles, dejan atrás las producciones de Marvel, y hacen que Promare –término extraño cuyo significado se aclara tarde en la historia– parezca caótica. Pero es un caos calculado (de trompe-l’oeil), en parte porque los fondos y las composiciones semejan cuadros de Jackson Pollock, y porque tal es la velocidad a la que miran y siguen las secuencias los lectores y espectadores del manga y de la animación, mientras viajan en el Metro en Japón.
Texto publicado el 6 de septiembre en la edición 2289 de la revista Proceso.

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