Se apagó la voz rebelde de Juliette Gréco 

miércoles, 23 de septiembre de 2020
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Una de las voces más sensuales, liberadas y amorosas de Francia se ha apagado con la muerte de la gran “chanteuse” y actriz de culto Juliette Gréco, amiga de poetas, e intérprete de clásicos como “La Javanaise” y “Déshabillez-moi”, acaecida este miércoles en su hogar de la provenzal Ramateulle en Saint-Tropez, a los 93 años de edad, según informó su familia quien la acompañó hasta el final. https://youtu.be/uPx-yiYKA1o   Elegancia, seducción, anticonformismo jamás abandonaron a esta embajadora de la canción francesa, quien visitó en los años sesentas México. Nacida en Montpellier, Hérault, el 7 de febrero de 1927, ella simbolizó la época atronadora del existencialismo y su presencia inspiró a muchos creadores en el mundo, convirtiéndose en un ícono francés clásico (más que el perfume Chanel o una baguete con queso camembert). “Morirse en el escenario es de mala educación. Se muere entre bambalinas, pero no en escena”, solía decir la artista rebelde y vanguardista. https://youtu.be/VoNizD2sJsw   Juliette y su hermana Charlotte fueron criadas en Burdeos por sus abuelos, para posteriormente reunirse con su madre en París, hacia 1933; se instalaron en la rue de Seine, en la rivera izquierda del río Sena. En 1982 publicó su libro biográfico, Jujube, donde se describe como una chica taciturna, solitaria y “bizarramente rebelde”. A la muerte de su abuelo, las jóvenes fueron instaladas en un internado católico bastante estricto. Juliette Gréco deseaba convertirse en bailarina cuando estalló la segunda guerra mundial. La familia Gréco se mudó al departamento de Dordoña, al suroeste de Francia, donde se madre ayudó a la resistencia contra el nazismo; pero fue arrestada por la Gestapo en septiembre de 1943. https://youtu.be/n9Sfx3c7fR0 Juliette y Charlotte huían a París cuando fueron detenidas y encarceladas por la policía francesa. Su hermana y su madre salieron deportadas, en tanto que Juliette Gréco permaneció tres semanas en la prisión de Fresnes; liberada con un boleto de metro en el bolso, se encontró a una antigua profesora de francés, Hélène Duc, quien le ayudó a encontrar un cuartucho y la protegió. Juliette Gréco quiso entonces convertirse en actriz. Béatrix Dussane y Solange Sicard le enseñaron los rudimentos del arte dramático. Ella actuó por primera vez en una obra de Paul Claudel, Soulier de satin, en el Théâtre Français. https://youtu.be/kjNkrlLiJQg Fue entonces cuando Juliette Gréco empezó su exploración de la vida bohemia y estudiantil en la rivera izquierda del barrio de la orilla izquierda de Saint-Germain-des-Prés, coqueteando un tiempo con las juventudes comunistas. En 1945, su madre y hermana fueron liberadas y la familia se juntó en Dordoña; pero la mamá se enlistó en la marina partiendo a Indochina y abandonándolas. Juliette se regresó a los cafetines de Saint-Germain y en el Montana conoció a la feminista Simone de Beauvoir y al filósofo Jean Paul Sartre, así como al luchador y periodista algerino Albert Camus. Compartió un cuarto de hotel con Charlotte, sobreviviendo con las remesas que les mandaba su madre, mismas que cesaron al casarse ella. Juliette comenzó a colaborar en una emisión radiofónica consagrada a la poesía con Jean Tardieu. https://youtu.be/4JUbLCWb15U  
Escándalos
La periodista de Le Monde, Véronique Mortaigne, autora de La voz de Cesaria Evora (traducción al español de Juan Albeleira. Circe, 1997, Barcelona) y Son latinos (1999), relata que Juliette Gréco realizó pequeños trabajos pero nunca aceptó ser empleada doméstica ni lava-trastes. https://youtu.be/eaKXqTfQx3c Se instaló en el Hotel Louisiane, de la rue de Seine, reuniéndose con el director teatral Michel de Ré, quien le ofreció un papel en la pieza de Roger Vitrac, Victor ou les Enfants au pouvoir (tenía 19 años y caracterizaba a una madre treintona). Una amiga de Merleau-Ponty, Anne-Marie Cazalis, profetizó que “algún día Juliette Gréco será célebre”; se trataba de una socia del bar Tabou, en la rue Dauphine, frecuentado por la literatura avant-garde y artística del fin de la guerra: ahí, Boris Vian tocaba la trompeta, Jean Cocteau leía poesía, a Miles Davis le saltaban los ojos por ella y la propia Juliette hacía el rol de una recepcionista, cual “lobo malo, ni anfitriona ni amable”. Cabellos largos, vestida de negro, ella se forjó una identidad desafiando a los hombres con una autoridad envolvente que la haría célebre. https://youtu.be/Lp7JZ-VLuHo Y efectivamente, fue célebre el 3 de mayo de 1947, cuando la revista semanal Samedi-Soir publicó su foto en portada: se le ve discutiendo con el futuro director de cine Roger Vadim a la entrada del Tabou. El artículo explicaba cómo vivían los “trogloditas” de Saint-Germain y desarrollaban el concepto del “existencialismo, nombre suelto como un acobardado animal salvaje que comienza su carrera en busca de su verdadera identidad”, escribió ella en Jujube. Posteriormente, el semanario Dimanche-Soir desplegó una foto suya junto a Anne-Marie Cazalis. Aires de escándalo, magnetismo personal, amistades sólidas: la idea de la rebelión y de la libertad conforme a la moral de Gréco había nacido. Tras los horrores de la guerra y los conceptos de trabajo, familia y patria, la nueva generación deseaba desobedecer y desafiar la autoridad. Como señaló el compositor brasileño Caetano Veloso: “Yo me preguntaba qué era el existencialismo y cierto amigo me lo dijo: ‘Es una filosofía parisina que hace todo, absolutamente todo lo que le da la gana’. Eso me fascinó.” https://youtu.be/hdtZxbVrp84
La bella “chanteuse”
Pero Gréco no se conformaría en ser nada más “una personalidad”, como leemos en la guía “Totem” de La Chanson Française et Francophone, compilada por Pierre Saka y Yann Plaugastel (Larousse, Radio France). En 1949, uno de sus amigos, Marc Doelnitz, decidió reabrir el emblemático cabaret Le Bœuf sur le Toit, fundado en 1921 y reparado por Jean Cocteau. Anne-Marie Cazalis y Marc Doelnitz la convencieron que cantara allí. Sin embargo, ella no sabía qué. Sartre le dio muchos poemas de los cuales ella eligió “Si tu t’imagines”, de Raymond Queneau, y “L’éternel fémenin” de Jules Laforgue. Sartre le ofreció “La Rue des Blancs-Manteaux”, escrita para Huit clos, pero abandonada, y le presentó a su camarada compositor Joseph Kosma. Cinco años más tarde, Juliette Gréco hizo su debut oficial ante el público de su predilección: Sartre, Beauvoir, Cocteau, Camus, Marlon Brando… “Si tu t’imagines” popularizó la moda existencialista de Saint-Germain-des-Prés. Sorprendió por su cercanía a la filosofía sartriana y el talento de Juliette hizo el resto. Si tu t’imagines fillette fillette  Qu’ ça va, qu’ ça va,   qu’ ça va durer toujours…  Ce que tu te gourres…  Añadió a su jovial repertorio “La Fourmi” de Robert Desnos y “Les Feuilles Mortes” (conocida en nuestro país como “Las hojas muertas”), de Jacques Prévert (música de Kosma). Luego de un verano cuando reafirmó su luminoso cuerpo en la Costa Azul, se le invitó a cantar en La Rose Rouge, cabaret de prestigio cuyo dueño era Nico Papatakis y donde se presentaban Les Frères Jacques, y el mimo de mimos Marcel Marceau. Su éxito la llevó de gira por Brasil tres meses, invitada por el Ministerio de Cultura de Francia. Gréco alcanzó estatura de artista de gran culto. Muy independiente y de enormes lecturas literarias, de acuerdo a los críticos ella jamás conseguiría trascender las fronteras para llegar a los grandes públicos. En 1951 ella grabó su primer álbum donde figura “Je suis comme je suis” una de sus canciones fetiche (Prévert/Kosma). Y recibió el Grand Prix de la Societé des Auteurs, Compositeurs et Éditeurs de Musique (SACEM) en 1954 por “Je hais les dimanches”, tema de Charles Aznavour. Por aquella época, el existencialismo iba perdiendo su aura sulfurosa y cesó de provocar miedos a la sociedad burguesa de buenos modales. En 1952 debutó en Nueva York en la revista April in Paris, presentada en el Waldorf Astoria. Enseguida se lanzó a una extensa gira por Francia y para 1954 actuó por primera vez en el famoso teatro parisino l’Olympia.
La actriz
Al tiempo que cantaba, Juliette Gréco también hacía cine. La vimos en 1949 con Orphée de Jean Cocteau, en Au royame des cieux de Julien Duvivier, en Sans laiser d’ádresse de Jean-Paul Le Chanois. Su primer protagónico fue en un filme de Jean-Pierre Melville, Quand tu liras cette lettre, de 1954, junto a Phillipe Lemaire (con él se casó y tuvo una hija, Laurence-Marie, tras divorciarse en 1956). Realizó teatro (Anastase, de Marcelle Maurette), rodó Élena et les hommes de Jean Renoir, con Ingrid Bergman y Jean Marais (1953), más Châtelain du Liban de Richard Pottier y L’Homme et L’Enfant. Cuando Guy Béart le componía piezas musicales, hizo con Ava Gardner en Le soleil se lève asussi, de Henry King, producida por Darryl Zanuck, pilar del cine hollywoodense, quien le ofreció Racines du ciel de John Houston (1958) y Drame dans un mirroir de Richard Felischer con Orson Welles. Otras actuaciones: Nuit des géneraux (1960) de Anatole Litvak, Lily aime-moi (1975) de Maurice Dugowson, además de la atractiva serie televisiva francesaBelphégor, que a partir de 1965 le dio enorme popularidad en su país.
Permanencia        
Al año de intentar suicidarse, en septiembre de 1965, se casó con el actor Michel Piccoli. Renovó su repertorio de canciones con Guy Béart (“Il n’ya plus d’aprés”), Serge Gainsbourg (“L’accordéon”, “La Javanaise”), Pierre Mac Orlan (“Le Pont du Nord”, “Tendres Prtomesses”). En 1961 cantó en el Bobino, al año siguiente en l’Olympia y triunfó en 1966 con Georges Brassens en Teatro Nacional Popular de París. Cuando la revolución francesa regresó en 1968, ella continuó la suya cantando de Nyel y Verlon “Deshabillez-moi” (algo así como “desnúdeme”), uniéndose a los cantos de los grandes cantautores de la segunda mitad del siglo como Leo Ferré (“Jolie Môme”) y Jacques Brel (“J’arrive”); los poetas Aragon, Desnos, Allais, Seghers, Eluard; teatral y de rostro ostentosamente pálido, entre telones y alfombra rojas, ella no dejó de enarbolar la libertad femenina interpretando a todos ellos con un refinamiento muy a-la-francesa. Seria y bonita, dramática y espigada, exigente a la manera de Yvette Guilbert, exótica y densa… Luego de pasar tres décadas con la disquera Phillips, Juliette Gréco se unió al sello de Barclay en 1972, ofreciendo un concierto con la Orquesta Filarmónica de Berlín en Alemania ante 60 mil fanáticos, y dar innumerables giras por el mundo. Grabó un tiempo con RCA Victor, luego con Meys en 1982 y Phonogram. Su carrera resucitó al volver a los escenarios de L’Éspace Cardin de 1983, triunfó en l’Olympia en 1991 y en 1993 confió la realización de un nuevo álbum a Étienne Roda-Gil. Gérard Jouannest, Julian Le Clerc y los brasileiros Caetano Veloso y Joâo Bosco le regalaron canciones sedosas o perversas. Cómplice de la nueva generación (se le vio fotografiarse con el rapero M.C. Solaar), Juliette Gréco no perdió nada de su insolencia; sin complejos ni remordimientos sacó su álbum Un jour d’été et quelques nuits, con textos de Jean-Claude Carrièrre y música de su compañero Gérard Jouannest, producido en la primavera de 1999 en el Théâtre de l’Ódeon.