Cine

"La Paloma y El Lobo": gritos y silencios

En "La Paloma y El Lobo", el director y guionista regiomontano Carlos Lenin hace cine de clase mundial con un tema universal: el desamor en medio de la hostilidad social
sábado, 23 de enero de 2021

MONTERREY, N.L. (apro).- En "La Paloma y El Lobo" (La Paloma y el Lobo, 2020) el realizador Carlos Lenin recurre a la violencia emocional. Aunque hay un entorno peligroso, como lo ha sido en México en los últimos años, no hay disparos. No hay heridas de bala. Los dolores se sufren por los recuerdos y por los silencios.

Los personajes son contemplados por la cámara, en tomas cerradas y largas, y sin decir nada lo dicen todo.

El título remite a la metáfora. Ella es transparente, neta, trabajadora. Él es cerrado, atormentado, introspectivo. Lobo (Armando Hernández) muestra su rostro en continuo conflicto. No puede descansar, alguna preocupación le hace agriar el gesto. La vida no le da lo que quiere. Con escasas palabras, el lugar donde mejor se comunica con su pareja es en la cama. Paloma (Paloma Petra) no sabe si aún lo ama. Espera de él y de la vida algo diferente. Es evidente su confusión. En el trabajo es maltratada y acorralada. Lo que queda es huir. Pero la escapatoria existencial no es posible, porque a donde vaya estarán los dos en la misma situación asfixiante que quieren dejar atrás.

El director y guionista regiomontano hace cine de clase mundial con un tema universal: el desamor en medio de la hostilidad social. La narrativa es pausada y por momentos exasperante. Con muy poca acción, lo que cuenta es lo que se calla. El entorno es de estrato social bajo, con una urbanización en ruinas, como sus propios corazones. Abundan las naves industriales abandonadas, que sirven lo mismo para punto de reunión romántica que para ocasión para vagabundear y hasta para convertirlas en improvisado salón de fiestas. En esos edificios esqueléticos revolotean morritas y morritos de secundaria que se apropian de conductas adultas, apresurando su juventud, utilizando un lenguaje con el que se mimetizan, en un ambiente donde crecen silvestres y precoces.

La cinematografía de Diego Tenorio capta planos largos, con una intención marcadamente estilizada. Cada encuadre tiene una simetría cuidadosamente elaborada. Abundan las tomas fijas, en las que se delimitan claramente las geometrías. Y los personajes permanecen quietos, en espera de que pase algo que altere sus vidas, que se repiten monótonas, un día tras otro.

En medio de este escenario pauperizado, la pareja busca sobrevivir a su naufragio. Él, como se va revelando, ha pasado por un evento traumático que no puede superar. Su estado es de una constante implosión, en espera de que surja algún hecho que le permita desahogarse. Ella busca ser compasiva, pero se siente hastiada de lo que les pasa.

Por ahí asoma un reproche, evidentemente dirigido a la clase gobernante, por haber permitido que el país se deteriorara a tal grado que ya no hay ley ni progreso, en rincones apartados de la nación, como se puede ver aquí.

Carlos Lenin tiene una afortunada opera prima. Víctima, él mismo, de la violencia que ha asolado al país en la llamada guerra contra el narco, hace un trabajo técnicamente impecable, que apuesta todo a las emociones, al contar su historia desde las vísceras. Armando y Petra tienen grandes interpretaciones, al llevar su drama en silencio. Sus personajes batallan para hablar, pero están al borde de soltar alaridos de dolor. Pero, aunque pudieran expresar su ira, el grito sería hacia el desierto, porque no existe nadie que pueda ayudarlos.

Es una buena propuesta, que demanda paciencia para su goce completo.

 

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