Coronavirus

Un año desolador para el teatro mexicano

La situación de los teatristas está para llorar. El engaño, el abandono, los recortes, las irresponsabilidades de las autoridades de cultura.
martes, 5 de enero de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La situación de los teatristas está para llorar. El engaño, el abandono, los recortes, las irresponsabilidades de las autoridades de cultura. Nada, no hay nada, sólo desempleo, cierres de teatros, simulación de negociaciones y acuerdos de apoyos.

Es increíble creer que con el simple hablar se dan, se propician, se generan alternativas. No hay hechos, o sí… apenas. Unos cuantos dineritos por aquí, unas cuantas convocatorias, que no suman, no suman ni siquiera el presupuesto designado para este año y que poco se usó. ¿Dónde está la lucha de nuestras autoridades culturales para acrecentar los apoyos? No para proyectos al estilo del PRI (como lo fue el Cenart en su momento y que ahora es el Proyecto Chapultepec), sino para realmente cumplir con sus obligaciones hacia el teatro como necesidad básica de nuestra sociedad, enfocándose ahora en los hacedores del teatro.

Porque la cultura la hacen las personas, no las instituciones, ni las buenas intenciones. Y los teatristas son trabajadores también, con salarios precarios, con pésimas condiciones de trabajo, que por su entrega financian sus propios proyectos y mal que bien se les retribuye. Salir tablas, se piensa; apenas sobrevivir. ¿Y la dignidad de los trabajadores?, ¿y el vivir de nuestro trabajo? Ni a salario mínimo llegamos. Hay que talonear por otros lados, compensar, buscarle. Y ahora con la pandemia, menos hay y no parece que habrá.

Que quieren volver a negociar después del insulto y el atropello cometido, ¿quién les cree? Que demuestren sus buenas intenciones con hechos, con estrategias de financiamiento; apoyos a los teatros y escuelas independientes para mantenerse vivos, en pausa y, sobre todo, a proyectos virtuales bien remunerados. Porque todos abrieron las puertas de sus casas, de sus habitaciones, de sus teatros, de su creatividad, y las brindaron generosamente a la comunidad, a los que, sin ellos, hubiéramos naufragado. Y primero fue gratis, emergente, y luego ¿qué?, ¿quién salió al quite a reconocer esta generosidad y retribuirla? Porque el estado de emergencia es ya un estado que va para largo y requiere de una política presente, actuante, también generosa y justa; porque no es un regalo; las iniciativas digitales que están surgiendo y seguirán son trabajo que requiere ser pagado hasta que poco a poco la presencialidad encuentre un cauce.

Los trabajadores de la cultura, los trabajadores del teatro no somos fifís, sino sobrevivientes de una política de hambre y de puertas que van cerrando. Que se cierran para abrir otras, dicen, mejores, más democráticas. Sí, ¿cuándo?, más democráticas pero piramidales, concentrando poder, decisiones. ¿Dónde quedarán los cuerpos colegiados, las decisiones entre artistas, la mejora de las reglas de funcionamiento para erradicar una élite privilegiada en el teatro? Para qué tantas reuniones que recogieran las propuestas de los artistas si apenas las consideraron. No era ir para atrás, sino avanzar, resolver, proponer y encontrar soluciones.

Es urgente acrecentar el presupuesto para el teatro, y no para el teatro en abstracto, sino para los teatristas, para poder seguir haciendo nuestro trabajo, creando para otros, para los demás, para los que ahora necesitan ese alimento del alma que, aunque sin presencia, sigue existiendo.

Esperamos levantar la cabeza, salir a flote y dejar de nadar bajo el agua, en el mar de la virtualidad, y volver al teatro, a que los corazones de los artistas y los espectadores latan al unísono. 

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