Cine

"Blanco de verano"

"Blanco de verano" es una cinta tan vigorosa como sutil con imágenes que permanecen en la mente por días.
sábado, 2 de octubre de 2021 · 23:59

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Incluida en el ciclo Talento Emergente de la Cineteca, pronto en corrida comercial, Blanco de verano (México, 2020) es una cinta tan vigorosa como sutil con imágenes que permanecen en la mente por días; el guion del director Rodrigo Ruiz Patterson, en colaboración con Raúl Sebastián Quintanilla, a partir de elementos autobiográficos, accede a una dimensión que sólo la ficción es capaz de lograr: la creación de un personaje que existe por derecho propio.

Rodrigo (Adrián Rossi) es un chico de 13 años con una relación tan fusionada con su madre (Sophie Alexsander-Katz) que le da derecho a acudir a la cama de ella en medio de la noche cuando no puede dormir, lo cual ocurre a menudo; juntos bailan como enamorados y se despiden de beso en la boca; ella no cae en cuenta que su niño es ya casi un adolescente, y él prefiere recogerse en ese regazo donde no lo alcanza el brazo de padre, con el que no quiere ni hablar por teléfono. Un día llega a instalarse a casa el nuevo novio de mamá, Fernando (Fabián Corres), se forma el triángulo, Rodrigo va a luchar contra el intruso con toda la furia de las hormonas disparadas, mientras que Fabián intentará ganárselo por la buenas.

Mucho tiene Rodrigo de Antoine Doinel, el personaje de Los 400 golpes: el parecido físico, la furia contenida, el ingenio endemoniado para travesuras que lindan en lo delictivo. Aquí la situación es antitética, a Rodrigo lo sobreprotege la madre, y el padrastro hace lo imposible por protegerlo, a diferencia del abandonado Antoine… pero la incapacidad de los adultos para entender qué ocurre en el alma del púber es la misma, el muchacho se haya en peligro, para los demás y para sí mismo.

Rodrigo Ruiz Patterson no explica, sólo muestra acciones y comportamientos que resultan de eso que ocurre en la psique de su personaje, el mundo interno se exterioriza de manera concreta como el camping chatarra donde éste construye su propio mundo, primero como alivio inconsciente a una madre devoradora, y luego como refugio a la invasión del intruso que duerme con ella y lo sustituye en el baile (ritual amoroso que ella dirige con los mismos gestos y palabras que con su niño). Si la ternura y el cuidado materno se tornan monstruosos dada la tensión hormonal, la complicidad y la amistad que busca Fernando cuando lo enseña a manejar, los lleva a Acapulco o le regala un traje, no hacen más que aumentar la tensión, pues el chico no puede aceptar la idea de esta nueva familia feliz.

Concretas, asimismo, son las metáforas de las que se vale el director para mostrar cómo se exterioriza la turbulencia interna de Rodrigo; el título mismo condensa, a manera de oxímoron, la pérdida de pureza y la contaminación, se trata del nombre del color que elige la nueva pareja para pintar la casa y empezar una vida nueva, pero este blanco mancha. La metáfora más rica, que condensa rabia, eros y celos, es la del fuego asociado siempre al niño, fascinado por el elemento, que fuma y juega con el encendedor.

Excelente logro del realizador este personaje que muestra aplomo y que sin embargo camina, sin guía, por el filo del terror.

Crítica publicada el 26 de septiembre en la edición 2343 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

 

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