Cine

“Al final bailamos”

Cuerpos de seguridad y policiacos tuvieron que proteger a los miles de espectadores que hacían cola para entrar al cine a ver "Al final bailamos", atacados ferozmente por hordas de conservadores.
sábado, 23 de octubre de 2021 · 20:33

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– El realizador sueco de origen georgiano Levan Akin afirma que la idea de escribir el guion de "Al final bailamos" (And Then We Danced; Suecia-Georgia-Francia, 2019) surgió cuando vio a un turba de miles de reaccionarios atacar a una cincuentena de jóvenes que celebraban el día del orgullo gay, y agrega que Georgia se halla entre los países con mayor índice de homofobia.

No fue fácil convencer a los actores de participar en esta historia de amor gay: el bailarín Levan Gelbakhiani rechazó cinco veces el papel por temor a su vida y al repudio social; el director y su equipo recibieron amenazas de muerte y durante el rodaje necesitaron guardaespaldas; coreógrafos y músicos se mantienen anónimos.

Mareb (Gelbakhiani) se entrena como bailarín en Ensamble Nacional de Danza de Georgia, institución que defiende la tradición de la danza georgiana y donde no caben expresiones poco viriles, según sentencia el maestro de baile; lo que inicia con celos y rivalidad cuando aparece un nuevo talento, Irakli Vachivalishvili, se convierte en amor apasionado, sigue el enfrentamiento a las convenciones sociales y, peor, a la cultura patriarcal de la institución misma.

Akin es un director de formación sólida y académica que no se deja patinar con una historia de la llamada salida del clóset. Al final bailamos es una cinta profunda de aprendizaje. Mareb crece.

Cuerpos de seguridad y policiacos tuvieron que proteger a los miles de espectadores que hacían cola para entrar al cine, atacados ferozmente por hordas de conservadores; las funciones se suspendieron a los tres días, y aunque la Iglesia Ortodoxa de Georgia se deslindó de los ataques, se dedicó a condenar la cinta por fomentar el pecado de la sodomía; claro, a nadie le extrañará que, según un reportaje de la BBC, escándalos de pedofilia o de alguna forma de abuso sexual no han faltado en la severa y milenaria institución, como en el caso del controvertido obispo Petre Tsaava.

Al final bailamos es una buena película sobre el tema y se añade a la lista de otras como El secreto de la montaña, de Ang Lee (2005), o, sobre todo, Happy Together por su ritmo y musicalidad; pero debido al escándalo del comportamiento de los grupos ultraconservadores, y a la imagen tan desafortunada que proyectan ahora de su propio país, antes un tanto romantizado en Occidente por su intento de sobrevivir a la embestida rusa (2008), la película sobre el proceso fílmico se antoja apasionante; ojalá se haya documentado todo este material.

Poco se conoce y menos se ve de la cinematografía georgiana, o de esa región; por eso, más allá de denunciar la homofobia y la intolerancia del país de sus antepasados, Levan Akin ofrece una mirada desde adentro y desde fuera de una cultura que sorprende por sus contrastes entre modernidad, apego a la familia y a tradiciones de una danza que parece unificar linajes de verdad arcaicos. Colquis (la región en la época grecolatina) era la tierra del Vellocino de Oro, y danzas extáticas con técnicas precisas de coreografías contemporáneas. La cámara participa en la danza con movimientos precisos, sin profundidad de campo, lo que hace que el espectador se sienta dentro del escenario, y se vale de un uso constante de la luz natural.   

Crítica publicada el 17 de octubre en la edición 2346 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

 

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