Mesoamérica

El camino al Mictlán, nada que ver con el cielo o el infierno: Matos Moctezuma

El académico, fundador del Proyecto Templo Mayor, describió cómo se concebía el fin de la vida entre diferentes culturas del México prehispánico, entre ellas mexica, maya, zapoteca y mixteca, y cuáles eran sus prácticas mortuorias.
viernes, 29 de octubre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- A diferencia de la concepción occidental vinculada al cristianismo, en la que los muertos van al cielo o al infierno dependiendo de una cuestión moral --es decir, si pecaron o no--, entre los aztecas el destino final dependía de la forma en que las personas morían.
    
Así lo explicó ayer el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en la conferencia “La muerte entre los mexicas”, dictada como parte del ciclo Grandes Maestros, organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

A lo largo de más de una hora de exposición, en la que se apoyó con láminas e imágenes de códices, el académico, fundador del Proyecto Templo Mayor, describió cómo se concebía el fin de la vida entre diferentes culturas del México prehispánico, entre ellas mexica, maya, zapoteca y mixteca, y cuáles eran sus prácticas mortuorias.

Se centró particularmente en el mundo mexica. Y contó que el destino final de las “esencias” (no les llamó almas, sin duda por ser un concepto occidental) estaba definido por la forma de morir:

Los primeros sitios son oriente y poniente. Los guerreros, que morían en combate o eran capturados para ser sacrificados a Huitzilopochtli, dios solar y de la guerra, acompañaban al Sol desde el momento en el que es parido por la tierra en el oriente y empieza a ascender hacia el mediodía. Los muertos así caminaban con el Sol entonando cantos de guerra. Ese rumbo, dijo, correspondía al lado masculino del universo. 

Asimismo, desde el mediodía y hasta el atardecer el Sol era acompañado por las mujeres fallecidas en su primer parto. Explicó que el parto se consideraba un combate, así que si la parturienta moría en él, era como si hubiera sido durante una guerra, entonces eran mujeres guerreras que partían rumbo al poniente, el lado femenino.

Un segundo lugar, que incluso es mencionado en sus crónicas por Bernardino de Sahagún, indicó, es el Tlalocan o paraíso del dios Tlaloc y sus tlaloques, o ayudantes. Allá llegaban los fallecidos a causa del agua, los ahogados, hidrópicos, golpeados por un rayo en tanto que se relaciona con la lluvia y, en fin, “se describe como un lugar en el que siempre había verano”.

Por último, está el Mictlán, a donde iba el resto de las personas que no morían ni en guerra ni por el agua. Pero antes de llegar a él, detalló el arqueólogo, había que sortear varios peligros: empezando en la Tierra misma, cuando los cadáveres eran devorados por Mictlantecuhtli.

En el largo camino que los muertos debían recorrer, debían pasar por nueve sitios o pasos. Mencionó, por ejemplo, un punto donde dos montañas chocan entre sí poniendo en peligro las esencias, otros resguardados por una lagartija verde o por una serpiente... El octavo consistía en cruzar un río con la ayuda y compañía de un perro guardián. Hasta, finalmente, llegar al noveno que era ya el Mictlán, donde habitaban Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, el señor y la señora de los muertos o del inframundo.

El viaje duraba cuatro años. Y, en opinión del investigador, hay una relación entre el tiempo de concepción de un niño y hasta su nacimiento: Desde el momento en el cual una mujer sabía por distintos síntomas y señales que estaba embarazada, pasaban nueve lunaciones, o ciclos lunares.

Detalló aquí que esa cuenta no tiene que ver con la nuestra, pues para nosotros un mes tiene 30 días; para ellos nueve lunaciones eran 18 meses de 20 días, que son los nueve pasos para llegar al Mictlán:

“El individuo nacía y al morir iba hacía el viaje de retorno al vientre materno, al vientre universal, por lo tanto, tenía que pasar de regreso por esos pasajes peligrosos por los que había atravesado al nacer”.

Matos se refirió también a un lugar no destinado a los adultos, sino exclusivamente a los niños, particularmente infantes, que morían al nacer. También se consideraba aquí a los fallecidos en el vientre materno. En ambos casos llegaban donde había un árbol nodriza, sus hojas tenían leche para alimentarlos mientras esperaban a que los dioses volvieran a colocarlos en la matriz de una mujer.

En 2010, el arqueólogo publicó el libro del mismo título, “La muerte entre los mexicas”, con Tusquets Editores, en donde ofrece “una visión general de la muerte mexica culturalmente enraizada en mitos, rituales y creencias cuyos frutos sincréticos se siguieron dando durante la Colonia y hasta nuestros días”, describe en una reseña el investigador de la UNAM Patrick Johansson, y destaca que se trata de un texto “lleno de vida”.

La conferencia del arqueólogo puede verse íntegra en el canal de YouTube de Cultura en Directo de la UNAM

 

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