contraplano

“Lamb”: horror en el fin del mundo

En "Lamb", el director Valdimar Jóhannsson va hilando pacientemente, con parsimonia y mucha contemplación, una trama sencilla en la que una pareja joven debe lidiar con la pérdida de su hija pequeña.
sábado, 30 de octubre de 2021

MONTERREY, NL (proceso.com.mx).– El gran giro en Lamb (Lamb, 2021) ocurre hasta el segundo acto, ya muy avanzado el drama. Mientras, el director Valdimar Jóhannsson va hilando pacientemente, con parsimonia y mucha contemplación, una trama sencilla en la que una pareja joven debe lidiar con la pérdida de su hija pequeña.

El escenario es la campiña de Islandia. En este lugar verde y frío, desolado como el fin del mundo, viven María (Noomi Rapace) e Ingvar (Hilmir Snaer Gudnason). En su rutina apacible deben alimentar a diario un rebaño de ovejas, arar la tierra y mantener en buen estado su tractor. Tan habituados están a su compañía que prácticamente no se hablan, pues parecen adivinar sus intenciones, y cada quien sabe perfectamente cuál es su lugar en ese microcosmos íntimo, sencillo, ajeno a la comuna.

Las repetidas tomas abiertas los muestran pequeños, ante la inmensidad de la pradera y las montañas. Parece que no pasa nada, pero el director Jóhannsson va armando lentamente una situación tensa, llena de silencios. Con una modesta producción, que se concentra en dos personajes, y con un solo escenario, arma una densa historia de suspenso y horror. Por las noches ocurre algo que altera a los animales y al perro ovejero de la casa. La cámara provocadora hace tomas ambiguamente subjetivas, pues la miran los cuadrúpedos ateridos por el frío y por esa aparente presencia que los acecha. Se van dejando algunas pequeñas pistas sobre hechos que ocurren adentro del establo, en medio de la gélida oscuridad, donde solo el diablo pudiera echar un vistazo. La atmósfera creada es cautivadora.

En su normalidad, los esposos ayudan a los corderos a parir. Uno de esos alumbramientos arroja una sorpresa, que ellos toman como una bendición, la posibilidad de un resurgimiento de la felicidad que ilumine sus sombríos días de duelo. Es avaro, el astuto guion que hicieron Sjón y el mismo director, ya que la información que proporciona sobre ese acontecimiento es muy reducida. Parece que la pareja ha perdido la razón, pues comienzan a adoptar actitudes paternales, cuando su única hija ha fallecido. Sin embargo, ellos sienten que están accediendo a una nueva oportunidad al sentir que reponen la pérdida. Pero no hay muchos indicios de la forma en que han consumado esa restitución que parece haberles llenado, de nuevo, el espíritu de dicha.

Hasta que, finalmente, se muestra, en imágenes, aquello misterioso que les da alegría. La sorpresa es completa y muy original. El surrealismo parece producto de una alucinación compartida. No se sabe si lo que hacen es real o si están inmersos en una dinámica de sugestión de pareja, para recibir el afecto que la vida les había arrancado. Lo que podría provocar risa, es convertido en motivo de pavor. Inicia, entonces, un relato de leyenda popular (folk tale), en el que una aberración biológica se ha convertido en un sujeto preciadísimo de afecto. Aunque la luz ha vuelto para ellos, hay una tensión permanente sobre el destino de esa familia extraña que puede convivir apaciblemente únicamente porque está aislada. La ausencia completa de contacto con un entorno social les permite gozar de una tranquilidad que no tendrían si estuvieran en comunidad, teniendo que dar explicaciones sobre la anomalía de sus existencias.

Pero la madre naturaleza tiene que cobrar su rédito. Actúa implacable, como un acto de venganza de la evolución sobre los necios seres humanos, que se apropian de lo que ha sido dado libremente en el medio ambiente del campo, donde sólo deberían de regir las leyes del sol, el aire, el agua, los elementos liberados.

El desenlace es abrupto y sobrecogedor, con estampas que parecen un mal sueño. De alguna forma inquietante, el director dice que lo que ahí se ve realmente existe en aquellos parajes alejados de la civilización, donde la razón puede ser genuinamente vulnerada por las supersticiones y las leyendas, que se pueden materializar un día cualquiera.

Lamb es cine europeo seco, carente de florituras, y altamente inquietante. Queda como un mito rural, de un episodio que mezcla amor y horror, en un hogar que pagó con destrucción la alteración de las reglas del cosmos.

 

Comentarios