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"La Crónica Francesa": Wes Anderson recargado

En este universo paralelo se presenta en tono de comedia una serie de relatos que son implícitamente un homenaje al periodismo tradicional, ese que se hacía mecánicamente y se basaba en la narrativa directa de los reporteros, con las anécdotas pintorescas que ocurrían en el ejercicio del oficio.
viernes, 19 de noviembre de 2021

MONTERREY, N. L. (apro).- El realizador Wes Anderson ha creado un estilo único, casi un género cinematográfico propio.

A lo largo de los años ha presentado historias de formato sin paralelo, como obras de arte audiovisuales llenas de encanto discursivo, con iconografías nuevas y un formato inconfundible.

En La Crónica Francesa (The French Dispatch, 2021), el director incorpora todas sus señas de identidad, los elementos con los que ha sido conocido, como los planos frontales y simétricos, la escenografía teatral y secuencias con animación que se funden con la realidad.

Pero, en la complejidad de su historia, se atraganta con el estilo y se convierte, detrás de cámara, en la estrella principal de su propio show.

Al final queda el dulce sabor del atestiguamiento de un acontecimiento fílmico único, como otra obra de un prodigioso creador. Sin embargo, la profusión de imágenes y el exceso de buenas ideas dejan el rastro de un cuento episódico tumultuoso, cercano al caos, en el que un docto juglar elevó demasiado el lenguaje y no pudo acceder a todo su público.

El guionista estadounidense presenta, como de costumbre, un ensamble actoral de ensueño, con Bill Murray, Owen Wilson, Benicio del Toro, Timothée Chalamet, Adrien Brody, Saoirse Ronan, Jeffrey Wright, Frances McDormand, Léa Seydoux, Tilda Swinton, Edward Norton.

Algunos tienen cameos deliciosos, pero contribuyen a realzar esta nostálgica mirada a un pueblo francés, desde una revista inventada, que presenta noticias sobre lo que ocurre en Estados Unidos a mediados del siglo pasado.

En este universo paralelo, se presenta en tono de comedia una serie de relatos que son implícitamente un homenaje al periodismo tradicional, ese que se hacía mecánicamente y que se basaba en la narrativa directa de los reporteros, con todas las anécdotas pintorescas que ocurrían en el ejercicio del oficio.

Se presentan, como notas del medio, las historias de un criminal, Del Toro convertido en un genio del arte; Chalamet, como participante de un movimiento estudiantil subversivo; y Wright involucrado en el operativo de rescate de un secuestro.

Todo lo que toca Anderson se convierte en arte del más elevado nivel. La Isla de los Perros, El Gran Hotel Budapest, El Fantástico Señor Zorro exhiben a un creador excepcional de piezas que mezclan fantasías animadas y acción viva, en medio de exquisitos guiones dramáticos, poéticos y festivos. Todo al mismo tiempo. El despliegue técnico es sublime, con un uso pomposo de arte y una banda sonora excepcional, como de costumbre, de Alexandre Desplat.

En esta ocasión, el maestro se excede, como si estuviera en su propia ludoteca e hiciera uso de todos los instrumentos que le proporcionan alegría. Se desborda en las referencias culturales, con historias que demandan competencia intelectual y exigen complicidad, para entender el tono de los relatos de alturada intelectualidad.

Pero además se le descontrola la imaginación febril, y convierte en un pecado su manejo excelso de recursos visuales. Cada cuadro es preciosista, con abundancia de tomas singulares de planos secuencia, en escenas donde los personajes se detienen para representar, estáticos, frescos vivos de situaciones que, paradójicamente, demandarían movimientos frenéticos.

El gran disfrute será para los seguidores de Anderson. Los que no lo conozcan, pueden quedarse con un goce a medias.

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