Cine

La Muestra: “La maldad no existe”

"La maldad no existe" es un trabajo notable del realizador iraní Mohammad Rassoulof, quien expone el esqueleto de la maquinaria de represión de su gobierno, emblema de resistencia e ingenio creativo en esta época de control y confinamiento generalizado en el planeta.
sábado, 27 de noviembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– No podía faltar, en el programa de esta muestra de la Cineteca, La maldad no existe (Irán-Alemania-República Checa, 2020), trabajo notable del realizador iraní Mohammad Rassoulof, quien expone el esqueleto de la maquinaria de represión de su gobierno, emblema de resistencia e ingenio creativo en esta época de control y confinamiento generalizado en el planeta; Rassoulof tiene prohibido hacer cine, ha sido condenado y no puede salir de Irán, lo cual no impidió, afortunadamente, que rodara su filme en secreto y ganara el Oso de Oro en el Festival de Berlín.

Al igual que Jafar Panahi, otro director iraní condenado e inhabilitado para hacer cine (Esto no es una película), el chino Lou Ye (Palacio de verano), o el ruso Kirill Serebrennikov (El estudiante, Leto), Rassoulof representa una nueva forma de mártir (testigo) creado por la estulticia de gobiernos ultra poderosos, cuyo fin es perder el tiempo y recursos pisoteando los derechos de artistas que no significan otra cosa más que voces que claman en el desierto.

Mediante cuatro cortos que componen La maldad no existe, Rassoulof denuncia la pena de muerte. Irán se halla entre los cuatro países que más contribuyen al tema, aunque el caso de este gobierno resulta más perverso, pues convierte en verdugos eventuales a los propios ciudadanos, reclutas que no pueden negarse a aplicar la pena de muerte so riesgo de ser ellos mismos ejecutados, o de menos no tener acceso a un pasaporte o a un trabajo. Se trata de cuentos morales que, a diferencia de los que ofrece Eric Rohmer –referidos a la moral del protagonista–, confrontan la conciencia de todo un régimen y de un pueblo conformista.

Claro, Rassoulof es un gran cineasta capaz de lograr que historia, técnica narrativa, escenificación y propósito compongan un todo homogéneo, como lo demostró en Un hombre íntegro (2017), donde el protagonista descubre que los intereses de los grandes empresarios van de la mano con los mecanismos del Estado, y se enfrenta a ellos en una espiral de horror. Cada uno de los cuatro segmentos de La maldad no existe explora diferentes actitudes y reacciones frente al dilema de matar o no matar como trámite burocrático; en cada anécdota, el mal se percibe como un flujo que circula por el tejido corporal y contamina la vida de los personajes, tal el caso de uno de ellos que se quita el uniforme del servicio militar y se baña en el río para ir a pedir la mano de su novia.

Cada historia lleva un título diferente, irónicos todos; el de la primera, “La maldad no existe”, es una estupenda y escalofriante ilustración sobre la banalidad del mal, aunque la ironía se queda corta frente a la gravedad de las acciones, y cuando mucho ocurren expresiones como la de “no quiero derramar la sangre de nadie, en el peor de los caso mataré al que fuerce a matar”; quizá falta humor en este tema atroz y laberíntico, Kafka sigue insuperable, como también lo es el humor del que se valiera Berlanga en su versión del tema en la época franquista, El verdugo (1964).

Pese a la dificultad de las condiciones de rodaje y producción, el pulso de Mohammad Rassoulof para dirigir, la precisión para colocar la cámara y editar resultan un deleite, pues no busca seducir a su público, sino permitirle que se instale de manera cómoda a observar la vida, simple en la superficie, pero terrible en el fondo.

Crítica publicada el 21 de noviembre en la edición 2351 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

 

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