Cine

Tour de Cine Francés: “Delicioso”

Dentro del Tour de Cine Francés de este año, que recorre varias ciudades del país, "Delicioso" (Délicieux; Francia, 2020) es una película de menú para saborearse, pese a un final azucarado y harinoso.
sábado, 6 de noviembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Dentro del Tour de Cine Francés de este año, que recorre varias ciudades del país, Delicioso (Délicieux; Francia, 2020) es una película de menú para saborearse, pese a un final azucarado y harinoso. Antítesis de La gran comilona (1973), concebida por Marco Ferreri para asquear al público con su implacable retrato de la decadencia burguesa, el director Eric Besnard provoca antojo y sitúa su relato durante el preludio de la Revolución francesa; por ende, la toma del poder de una nueva clase que aprende a apreciar los placeres del gusto, exclusivos de duques y marqueses.

Claro, Besnard no se preocupa mucho por explorar la mesa y el acto de manducar, término obsoleto pero apropiado, como terreno de lucha de clases y apropiación del uso cultural extremadamente sofisticado como el arte culinario de la corte de Luis XIV y sus descendientes; el interés se centra en la manera en que habrían surgido los restaurantes, concepto y servicio que antes no existía, accesible a cualquiera con dinero para pagar, con menú, especialidades de la casa y plato del día.

Realizador y guionistas imaginan la historia de un genio de la cocina, Manceron (Grégory Gadebois), cocinero del duque de Chamfort (Benjamin Lavernhe), humillado injustamente, que decide crear su propio centro gourmet para todos.

Délicieux toma licencias históricas para ilustrar el nacimiento del restaurante como triunfo de libertad y emancipación, recurso que permite situar la acción en el campo, no en París –donde en realidad surgió–, y abordar la revolución con mucha distancia; aunque basados en estereotipos, como el artista sometido a los caprichos del noble rico, o el espíritu revolucionario representado por el hijo del chef, el joven Benjamin (Lorenzo Lefebvre), al tanto de las ideas de Rousseau, o la extraordinaria Louise (Isabelle Carré), aprendiz de Manceron y representante de la mujer que rompe esquemas y toma sus propias decisiones, Besnard cuenta con estupendos actores (Gadebois proviene de la Comedia Francesa), capaces de sazonar diálogos tan sosos como el de que el arte culinario no es para las mujeres.

Estupenda la secuencia en la primera parte en la que el cocinero se presenta después del banquete para recibir los comentarios de los comensales; el duque de Chambort se jacta de poseer un espécimen como Mancero, que le da sentido a su vida con su arte; sin embargo, en cuanto el cardenal, pura envidia y prejuicio, condena el uso de la papa en la receta como algo que la Iglesia prohíbe por crecer bajo la tierra, todos se alían con él y humillan al cocinero.

El director orquesta la escena, primero como un desfile de lacayos y platillos, ritual de corte enfocado al decadente placer de la comida; acto seguido, la mesa, en forma de herradura, se convierte en un juicio contra el artista, donde nobleza y clero, los Estados Generales, se hallan presentes. El espectador no espera otra cosa que ver rodar ya las cabezas de esos abusivos.

Con un poco de Chocolat (Hallström), un toque de Ridicule y una pizca de El festín de Babette, la receta quizá no sea tan deliciosa como el título pero es sabrosa y entretenida; lástima el desperdicio, por caricaturesco, de un personaje como el duque, verdadero gourmet, quien pese a sus prejuicios de aristócrata entiende a fondo el arte de Manceron.

Crítica publicada el 31 de octubre en la edición 2348 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

 

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