Cine

La policía y el miedo

"Una película de policías": docudrama, falso documental, esta forma de ficción, relativamente nueva, más y más recurrente en la medida que el documental (¿real?) conquista su lugar como arte cinematográfico, y el público se familiariza con él.
sábado, 11 de diciembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Docudrama, falso documental, esta forma de ficción, relativamente nueva, más y más recurrente en la medida que el documental (¿real?) conquista su lugar como arte cinematográfico, y el público se familiariza con él; en Una película de policías (México, 2021), Alonso Ruizpalacios (autor de la formidable Güeros) consolida el género.

Y lo hace mediante la dramatización de una historia de policías que cuentan su historia a la par que la actúan, de actores que actúan de policías reales, y de una realidad, la de la institución policiaca, que atraviesa la cinta de principio a fin.

Mientras patrulla un barrio, atiende llamadas de emergencia, persigue ladrones, María Teresa Hernández, policía de 34 años, narra sus experiencias frente o fuera de cámara como si respondiese a una entrevista: el padre policía desacreditaba que ella quisiera formar parte del mismo oficio, el acoso sexual a la mujer como práctica corriente en el medio, el que no se supiera que era hija de policía para no comprometerlo con un superior.

Montoya es su compañero de trabajo y de vida, a su unidad móvil la nombran “Patrulla del amor”; también él tuvo un hermano policía al que admiraba desde niño por su uniforme, y reconoce que ella lo rescató cuando él se había tirado al alcohol después de separarse de su mujer e hijos.

Desarrollada en cinco capítulos, Una película de policías se desarticula y vuelve a articular de forma ingeniosa y precisa; en el primer capítulo la pareja se presenta y discute sobre su relación; en el segundo, referencia directa al Stanislavski de un actor se prepara, Mónica del Carmen y Raúl Briones exponen cómo construyeron sus personajes, Teresa y Montoya, respectivamente. A lo largo de esos cinco segmentos, el espectador aclara su visión sobre la policía y descubre una realidad que quizá no había imaginado del todo; Ruizpalacios humaniza la figura del policía mexicano sin exonerarlo, simplemente lo explica.

El público es testigo de una historia de amor; acompaña a estos oficiales de la ley en rutinas de trabajo, aventuras y gajes del oficio, interacción con otros compañeros; aprende cómo funciona la corrupción tanto en la ética de los policías, que distinguen entre evitar trámites burocráticos al ciudadano común o aceptar sobornos de criminales o narcos. Por un lado, el sueldo precario, mil 500 pesos a la quincena –un absurdo que propicia la venalidad–; por otro, lo peor, atreverse a cuestionar a protegidos de los superiores.

El método de Stanislavski, la técnica actoral que ilustran en su diario Mónica del Carmen y Briones donde exponen su propia reticencia a involucrarse en el tema, literalmente a embarrarse del sistema policiaco, y donde cuentan su experiencia en el entrenamiento de seis meses en la Academia de Policía, funciona como un tercer personaje. Siempre hay algo pedante y pretencioso en una cinta que juega con el método o recurre al metacine, pero con Una película de policías no hay nota falsa, Ruizpalacios logra un giro magistral porque los actores, en la construcción de sus papeles, son tan reales como sus personajes de ficción, quienes también son reales.

La metáfora de la cinta es el método mismo, desde los policías que se uniforman para salir a la calle y desempeñar su papel, los actores, la institución misma, el Estado que sostiene la corrupción, la sociedad que participa, y el director y su coguionista que lo entienden y organizan. Se exhibe en salas y en Netflix. 

Crítica publicada el 5 de diciembre en la edición 2353 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

 

Comentarios