Cine

“Memoria”, en la Muestra

Con "Memoria", el tailandés Apichatpong Weerasethakul confirma la universalidad de su propósito, una forma de escenificación de la visión espiritual, o comunión, de un individuo con la naturaleza.
sábado, 4 de diciembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Es algo que retumba, un sonido sordo, como si viniese del centro de la ´Tierra, intenta explicar Jéssica (Tilda Swinton) al ingeniero de sonido, Hernán (Juan Pablo Urrego), con la fantasía de encontrar cómo reproducir esa música que ocurre en su sueño y continúa cuando despierta con los muros de la casa que se cimbran.

Con esta cinta, la primera fuera de su país, Memoria (México-Colombia-Reino Unido-Francia-Alemania-Tailandia, 2021), el tailandés Apichatpong Weerasethakul confirma la universalidad de su propósito, una forma de escenificación de la visión espiritual, o comunión, de un individuo con la naturaleza.

Cualquiera que intente describir el cine de Weerasethakul aparece pretencioso, la paradoja es que la ejecución de la obra de este autor es siempre humilde, gente que se desplaza por ahí, o está ahí, tal como Cementerio del esplendor (2015), personajes simples como en Tropical Malady (sic); el problema es que en ese pasar o estar ahí se abren dimensiones abismales de la experiencia humana.

En Memoria el sueño de esta escocesa que vive en Medellín, Colombia, y viaja a Bogotá a visitar a su hermana, casada con Juan (Daniel Jiménez Cacho), la lleva a adentrarse por la selva, toparse con una osamenta de 6 mil años, y encontrar al sabio Hernán (Elkin Díaz), otra versión del mismo Hernán joven que nunca ha salido del territorio donde ha envejecido. El sonido la acompaña como una memoria que no la deja, no sabe si esa memoria es suya, memoria de una nación, o de la selva, nativos víctimas, soldados o guerrilleros, vibración de la naturaleza viva que absorbe y palpita con todo lo que le ocurre.

Cineasta independiente, rebelde a cualquier censura de parte de las autoridades de Tailandia, con las que prefiere no tratar a costa de no exhibir sus películas cuando le exigen cortes, este arquitecto de formación, graduado después en el Art Institute de Chicago, pertenece a esta nueva especie de director de cine indisociable del artista plástico, tal el taiwanés Tsai Ming-lian o David Lynch; como si el llamado cine de arte, experimental o de protesta que representaron cineastas como John Cassavetes (Neurosis de mujer), o Peter Watkins (The War Game), y no se diga la Nueva Ola Francesa, preocupados por revolucionar el cine y reflejar la realidad social, pareciera desdibujarse del horizonte, quizá ya por predecible.

Un tanto por salir del paso, Weerasethakul concede que su obra está llena de símbolos, como las flores que vende y cuida Jéssica, o la osamenta sembrada y salida de la tierra que encuentra; cierto, pero mientras que el símbolo, por abierto que sea es conclusivo porque dirige el significado, Memoria, como todas sus demás cintas, está construida a base de sinestesias y metáforas que condensan sentidos como el oído, el tacto y la vista, o con meras disociaciones de la realidad física como en el caso de los dos Hernán.

Lo mejor, no se trata de un cine tedioso y difícil de seguir, la secuencia y los planos fijos, la búsqueda de explicación de lo inexplicable se siente cargada de tensión, aprehensión constante de alguien o algo que mira al personaje, y que como el tigre que se revela frente al celoso de los amantes en Tropical Malady’ lo mismo puede despedazarlo o transmitirle su fuerza y sabiduría. Absorto por la imagen, el espectador queda hipnotizado en un limbo entre sueño y realidad del que no quisiera salir.  

Crítica publicada el 28 de noviembre en la edición 2352 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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