FIL de Guadalajara

Jorge F. Hernández y su novela de la memoria

Finalista en 1998 del Primer Premio Internacional de Novela Alfaguara en España por La Emperatriz de Lavapiés, narrador, historiador y ensayista, con el mismo sello editorial llega al máximo evento librero de las letras hispánicas a presentar su novela Un bosque flotante.
domingo, 5 de diciembre de 2021

Finalista en 1998 del Primer Premio Internacional de Novela Alfaguara en España por La Emperatriz de Lavapiés, narrador, historiador y ensayista, con el mismo sello editorial llega al máximo evento librero de las letras hispánicas a presentar su novela Un bosque flotante. Lo que se puede adelantar de ella sin matar el misterio, es el apunte que el propio F. Hernández hace en esta conversación con nuestra corresponsal desde la capital tapatía, vía telefónica. 

GUADALAJARA, Jal. (proceso).- En su más reciente novela, Un bosque flotante, Jorge F. Hernández escribió sobre los recuerdos de su infancia que vivió en Mantua, a pocas millas de Washington, D. C. Dos motivos lo impulsaron: acompañar la recuperación de la memoria de May, su madre, quien sufrió una trombosis cerebral a los 30 años, y hacer un homenaje a la amistad con Bill, su mejor amigo, con quien vivió una experiencia dramática.

“Es un relato que no merecía perderse en el olvido”, asienta en entrevista telefónica el también historiador y ensayista, por lo cual decidió compartir su intimidad en ese periodo de su vida, como lo hará este martes 30 públicamente al presentar la obra en la Sala 4 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que tiene como invitado a Perú.

“Yo quise dejar una novela en donde diera testimonio de la época psicodélica de Estados Unidos, de la música, de los libros que leí de niño y de un bosque donde yo crecí, que es una metáfora de la memoria tanto de la amnesia de mi mamá (María de Lourdes), como de la memoria que me ha acompañado toda la vida.”

Además, “me parece que muchísimas personas de mi generación tuvimos esta inquietud, sobre todo de niños (la guerra de Vietnam y la presidencia de Nixon, pensábamos que Estados Unidos no podría estar peor), y resulta que nos tocó vivir ya con canas la llegada al poder del payaso de Donald Trump, y el horror de que las tropas norteamericanas volvieron a tomar las calles de Washington”.

En su historia se narra la tragedia, pero también “hay mucha felicidad infantil”, cuenta:

“El bosque en realidad no quedó mancillado en el horror o la tristeza, sino que es un paraíso encantado que me acompaña toda la vida.”

La novela inicialmente se iba a llamar “Bosque es Memoria”, pero “decidimos entre la editorial y yo que una metáfora más apegada al contenido del libro sería Un bosque flotante”.

Originalmente está escrita en inglés, la lengua que aprendió en su estadía estadunidense de los 2 años a los 14 años.

–¿Por qué?

–Porque hay cosas que solamente funcionan en inglés, así como hay albures y chistes que solamente funcionan en español y que los gringos no los entienden. Entonces yo sentía que era una obligación recuperar mi propia memoria en el idioma en el que lo viví.

–Al hacer la traducción al español, ¿no se perdió la esencia original que comenta?

–En todo caso se deja en el idioma original (…) En España, que es donde yo vivo, los mexicanos vivimos la constante dualidad del idioma, a pesar de que se supone que es la misma lengua.

Emplea un ejemplo que reúne todas las características de la confusión:

“Sin duda no es lo mismo ‘se desconchinfló la llave de la tina, hay que llamar un plomero’, a decir ‘se averió el grifo de la bañera, llamen a un fontanero’.”

El escritor participó de manera directa en la traducción. Ahora espera con ansias que su novela salga en la versión inglesa, “en primer lugar para cobrar en dólares, y en segundo porque quiero que todos mis compañeritos del bosque la lean”.

Uno de ellos ya lo hizo. Se trata de su mejor amigo de la infancia, Bill, hijo de un reportero del periódico Washington Post que decidió seguir los pasos de su padre. Cuando leyó el borrador de la novela, le sugirió a Jorge F. Hernández el desenlace.

“Yo le di el primer borrador y fue donde Bill me dijo: ‘hay cosas que no recuerdas como las recuerdo yo’. En realidad, el último capítulo se publicó en la novela y se respetó la letra de la máquina de escribir de Bill. Me escribió una carta en su máquina narrándome él a mí el final.”

Resulta curioso para Hernández que recordaba un hecho de una manera “y mi mejor amigo Bill lo recordaba de otra manera, que es como realmente sucedió”, lo cual le permite reflexionar que “la memoria, en realidad, aunque es una cosa muy íntima, se construye con la ayuda de los demás”.

En tanto, confiesa que a su madre, la persona que inspiró la obra, “se la leyeron creo que ya dos veces, y creo que le gustó”, para agregar mientras se escucha una voz femenina:

“Bueno, está sonriendo y dice que sí.”

–Aparte de que le gustó, ¿le ha hecho algún otro comentario?

–Se siente muy orgullosa, se fotografió con la novela en sus manos, ha recordado muchas cosas, y lo maravilloso es que pudo ella leerse a sí misma en una novela que da testimonio de una parte muy importante de su vida.

–Ha comentado que sacó provecho de la falta de memoria de su mamá…

–Por supuesto, porque yo era muy travieso y no era ningún san Francisco de Asís. Era yo un niño que también se aprovechaba mucho del bilingüismo. El inglés era un idioma que se hablaba en la escuela y fuera de mi casa.

En ese sentido, recordó que su amigo Bill –quien aprendió a hablar español puesto que se casó con una colombiana– ahora “habla la lengua que él no entendía cuando era niño, y que él sabe perfectamente bien que yo me aprovechaba de eso, de ida y vuelta, porque también con las personas que no entienden inglés es bastante fácil tomarles el pelo”.

Para acompañar la lectura de las 193 páginas de Un bosque flotante, la editorial Alfaguara decidió subir una play list en Spotify. Refiere:

“Es que hay un capítulo que está armado a partir de puras letras que evocan canciones de los sesenta, sobre todo de los Beatles, Rolling Stones, Buffalo Springfield, de la música que escuchábamos de niños mientras los hermanos mayores de mis amigos morían en Vietnam o bien se soltaban la greña y se iban a Woodstock.”

Al Festival de Woodstock acudió la hermana mayor de Bill, a bordo de una Combi donde se observaba una “nube verde”, puesto que iban “fumando unos cigarritos que los hacían reír mucho”, comenta jocoso el escritor.

Como la novela se ocupa de la recuperación de la memoria de su madre, Hernández consideró que faltaría abundar más sobre su padre, economista de profesión y quien laboró en la embajada de México en Estados Unidos, además de haber sido locutor e imitador en la mítica estación radiofónica XEW, “La voz de América Latina desde México”. Narra:

“A mi papá le quedo a deber su novela porque en Un bosque flotante nada más está como dibujado, reflejado, pero no le he hecho el homenaje que se merece.”

En ese futuro proyecto abordará su retorno al país, primero al estado de Guanajuato y después a la Ciudad de México:

“Voy a terminar la novela de cómo fue llegar a México y sentir que yo me volvía mexicano.”

Pero también contará su pretensión de ser torero.

En 1997 su novela La Emperatriz de Lavapiés fue finalista en el Primer Premio Internacional de Novela Alfaguara.

Al preguntársele si espera recibir algún reconocimiento por Un bosque flotante, apunta con simplicidad que el premio “es que te lean, y uno escribe para poder abrazar a personas de manera invisible”.

Abunda:

“Yo escribo, como decía García Márquez, para que me quieran más mis amigos, pero también porque creo que hay historias que cuento que me han permitido abrazar a personas de manera mágica. Es decir, personas que nunca voy a conocer en vivo… es como estrecharte con fantasmas.”

En su niñez, su profesora Elaine Grabsky le vaticinó que sería historiador, e incluso tuvo la oportunidad de presumirle, poco antes de que se publicara, su primera obra en ese género, La soledad del silencio: una microhistoria del santuario de Atotonilco. Pero Jorge F. Hernández revela que él sabía desde niño que sería escritor.

“Lo único que nos salva como personas, como país y como planeta está en los libros”, remata, en alusión al conflicto que lo separó en agosto como agregado cultural de la embajada de México en España y director del Instituto de Cultura de México, entrevistado entonces por el corresponsal Alejandro Gutiérrez en Madrid (Proceso 2338).

Eso quedó atrás para siempre. Ahora, a las 16:00 horas del día 30, en la planta baja del Centro de Convenciones de Guadalajara, Jorge F. Hernández estará acompañado por Mariana H. y Fernanda Álvarez para compartir Un bosque flotante.  

Esta entrevista se publicó en la edición 2352 del semanario Proceso disponible en nuestra tienda en línea

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