Teatro

Crónica del “Zoo Motel”

Thaddeus Phillips, originario de Detroit, vive y transmite desde Cajicá, un pueblo a las afueras de Bogotá, Colombia, "Zoom Motel" una pieza tan sui generis que, de alguna manera, nos hace emocionarnos y sentirnos cerca del teatro.
martes, 23 de febrero de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Cuando uno ingresa a sala, es decir, cuando la cámara te coloca frente a una ventanita donde una mujer da la bienvenida, esperas ir a tu habitación sabiendo ya las indicaciones del funcionamiento del motel y de los objetos que debemos tener listos para participar en los juegos y los trucos de magia con barajas que el habitante del cuarto número 18 propone. Los huéspedes nos identificamos porque compartimos un espacio; casi como en un teatro, y desde ahí Thaddeus Phillips, creador e intérprete de esta pieza, nos guía para hacer cálculos, sumas, restas y preguntas que contestan los del cuarto 15 o del 16. Él está en la habitación 18 y le urge irse de allí, pero no lo puede hacer porque la puerta ha desaparecido y sólo queda la mirilla que tiene en su mano. Y se desespera porque tiene que hacer una obra de teatro sobre el fin del mundo en Madrid, para el 38’ Festival de Otoño, y se encuentra encerrado en este motel. Realidad y ficción, ficción sobre más ficción. Como un laberinto de espejos y de diversión.

El espacio estaba marcado, el individual y el colectivo. Cada huésped escogió un número de la baraja y ese se convirtió en el número de su habitación en el Zoo Motel. El del cuarto 18 nos ofreció la historia de su abuelo y usó distintas formas ingeniosas para contarla. Jugó con los números, colores y figuras de la baraja para hablarnos de la reina Isabela y de la carta luz fantasma, que escogíamos para tener una luz fantasma que, como explicaba el creador escénico Thaddeus Phillips, es la luz que se deja en los teatros, en la noche, cuando todos se han ido, pero queda ahí la veladora, presente, como lo estará ahora, durante nuestra ausencia. Y asombra ese juego de cartas y de palabras y de ideas para construir este espectáculo teatral en la virtualidad y recrear un espacio escénico.

Entre los juegos de mesa que el actor inventaba, estaba el que convertía en un Juego de la Oca al mapa del hotel que siempre colocan detrás de la puerta. Las casillas se convertían en habitaciones y avanzabas contando con los números que escogías en tu baraja. Y en ese mapa, convertido en juego, nos llevaba a algún otro espacio del motel. Al abrir los micrófonos para preguntar a dónde queríamos ir, unos y otros decían que al cuarto 18; y el del 18 quería ir a la hielera común del Zoo Motel, para prepararse una bebida.

La sensación de estar en el teatro desde la virtualidad, como experiencia colectiva y creando una comunicación a partir de los elementos base del teatro; el espacio, el cuerpo y el tiempo. Y jugó con objetos chicos y grandes que nos mostraba desde diferentes ángulos, o nos hacía girar gracias a la herramienta –que nos enseñó después, cuando nos llevó al back stage–, con la que la cámara giraba 350 grados y más, y ágilmente mostraba las cuatro paredes de su habitación y objetos miniatura diversos, como el trasatlántico Titanic del que leía su hundimiento en un folleto como los que te entregan en un motel turístico. Con objetos vimos cómo jugaba a contarnos historias, y nos sentimos en la infancia, jugando como niñas a inventar historias con juguetes.

Y en ese pequeño cuarto de motel nos trasladó a una cabina telefónica que estaba en un cuadro enmarcado que cambiaba de fondo; era un desierto y un verde frondoso, después. En esa cabina telefónica él contestaba un teléfono diminuto y nos decía que en esa cabina el teléfono nunca dejaba de sonar; pero también que era la cabina donde te comunicabas con los muertos. Al preguntar a quién llamaríamos desde ese teléfono, nos involucró de inmediato, desde ese espacio y en ese momento. Al terminar la pieza así, cada participante conectó con algo íntimo y quedó conmovido.

Zoo Motel está llena de imaginería y velocidad mental; de inteligencia sensible y de esa empatía que establece con los participantes.

Thaddeus Phillips, originario de Detroit, vive y transmite desde Cajicá, un pueblo a las afueras de Bogotá, Colombia, esta pieza tan sui generis que, de alguna manera, nos hace emocionarnos y sentirnos cerca del teatro.

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