Cine

Seijunj Susuki

Durante julio, la Cineteca Nacional presenta una retrospectiva de la obra de Seijun Suzuki (1923-2017), maestro del cine japonés que nunca se propuso serlo.
sábado, 17 de julio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Durante julio, la Cineteca Nacional presenta una retrospectiva de la obra de Seijun Suzuki (1923-2017), maestro del cine japonés que nunca se propuso serlo; admirado maestro, sin embargo, de gente como John Woo, Jim Jarmusch (Ghost Dog está dedicado a él), Quentin Tarantino, Wong Kar-wai; la selección hecha una ojeada a la evolución de su trabajo, desde La juventud de la bestia (1963), inicio de su extravagante estilo en el cine de gánsteres, hasta la compleja e inquietante trilogía de Taisho, premiada en Berlín y en Japón, y ahora una extraordinaria aventura para el espectador.

Si hay que creer en las declaraciones que el director hace en algunas de las pocas entrevistas que concedió, las innovaciones que aparecen gradualmente en las películas realizadas durante su trabajo en la productora Nikkatsu serían un recurso para evitar el aburrimiento que le provocaba el esquema tan convencional del género “yakuza”. Aunque la década de los años sesenta significa la época del “nynkio eiga”, donde lo caballeresco se funde con lo gansteril, las fórmulas se agotaron pronto; a Suzuki dejó de interesarle que el “yakuza” bueno defendiera la justicia y peleara contra los malos, había que desarticular el código e innovar la imagen para ilustrar el desasosiego y el dese­quilibrio mental de sus héroes y heroínas.

El vagabundo de Tokio (Tokyo nagaremono, 1966), estupendo ejemplo donde el tema, un “yakuza” (Tetsuya Watari) sin pandilla ni jefe –equivalente de un ronin moderno– debe enfrentarse a los malos para rescatar a su novia y a su exjefe; más el color y la forma, la estética pop, música y melodías románticas, el kitsch de escenarios modernos y espacios abstractos componen un espectáculo que nunca cansa, como las películas de Wong Kar-wai. En ésta, como en varias de sus cintas, la coreografía se asocia al teatro Kabuki, no a partir de una reflexión estética y filosófica, como en el caso de Kurosawa y el teatro Noh, sino porque para la cultura japonesa el espectáculo abstracto, como el Kabuki o el manga, opuesto al naturalismo occidental, es un lenguaje que el público reconoce y disfruta.

Las compañías productoras le imponían a Suzuki dirigir series B, el presupuesto que le asignaban era bajo, por eso recurría a lo más económico que hubiese a la mano; el material era el pop, pero su cine nunca fue pop. Muestra de ello es Marcado para matar (Koroshi no rakuin, 1967), protagonizada por uno de sus actores fetiche, Joe Shishido, y cinta que le costó al director ser despedido de la Nikkatsu y permanecer en la lista negra durante una década. Suzuki recibió el guion poco antes del rodaje y empezó a reescribirlo la noche anterior, improvisaba cada día, salía con escenas y nuevas ideas, a la Wong Kar-wai; el resultado fue una obra compleja y extravagante, pues por ejemplo, en vez de alcohol o cocaína, el héroe se excita sexualmente con el aroma del arroz cocido. Actualmente se considera una de las mejores cintas del realizador, una de las que más influencia ha ejercido en el cine moderno de acción inteligente.

Crítica publicada el 11 de julio en la edición 2332 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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