Cine

Albert Serra en el Foro de la Cineteca

Liberté es una historia de libertinos y de libertinaje, los protagonistas parecen extraídos de una novela del Marqués de Sade: una tal Madame Dumeval, el Duque de Tesis y el Duque de Wand, expulsados de la corte de Luis XVI.
sábado, 24 de julio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Realizador de personalidad caprichosa y exhibicionista, a quien –según sus comentarios– Tarkovsy y David Linch le quedan cortos, el catalán Albert Serra se muestra severo en sus películas donde temas tan serios y banales –-por lo menos en el cine– como el sexo y la muerte, imponen una reflexión metafísica profunda. Liberté (Francia-Alemania-Portugal-España, 2019), título tomado de la famosa terna revolucionaria, funciona como mera ironía, y camina sobre el estiércol del que habría surgido el principio libertario.

Liberté es una historia de libertinos y de libertinaje, los protagonistas parecen extraídos de una novela del Marqués de Sade: una tal Madame Dumeval, el Duque de Tesis y el Duque de Wand, expulsados de la corte de Luis XVI, llegan a la del Duque de Wlachen (Helmut Bergen), famoso seductor que quiere importar formas de libertinaje para sacudir la moral alemana; estos señores de alto rango, que viven clavados a su título nobiliario, van a dar lecciones sobre la filosofía de las luces… es el siglo de la Ilustración, faltan poco años para que se desate la Revolución francesa. 

Mucha luz en las referencias, pero los personajes de Serra se mueven en el claroscuro. El motivo principal, en boca del director, es una noche de cruising (ligue) en el bosque donde las doncellas del convento, muy a lo Justine, posan como presas y señuelos, bellos cuerpos femeninos frente a penes flácidos de aristócratas decadentes, los libertinos (en francés, devauchés), que no quieren decepcionarlas.

Flagelos, mortificación de las carnes, lluvia dorada, Liberté’ se asemeja a un gran mural que ilustra la decadencia de las costumbres. De hecho, la película fue precedida por una instalación en el Reina Sofía.

El cine de Serra puede resultar mero aburrimiento para el espectador que rechace jugar bajo las reglas del director. En términos de juegos sexuales la cinta es anticlimática, imposible asociar erotismo a la imagen de una clase decrépita y moribunda; a diferencia de la sensualidad presente en los cuadros de Fragonard y de Boucher (pintores en los que están inspiradas las imágenes y la composición plástica de las formas corporales de Liberté), la decadencia de los personajes sugiere una noche en la que los vampiros salen a alimentarse de sangre joven.

Aunque Albert Serra, admirado por muchos y aborrecido por hordas de haters twiteros, busca un tanto congratularse con éstos cuando dice que de estas mujeres (las de su película, claro) saldrán las verdaderas fuerzas revolucionarias, no hay que tomarlo muy en serio. La fascinación del director por la decadencia, en sí misma, es irresistible, y esto sí hay que tomarlo en serio porque de ahí deriva su fuerza creativa.

Eso se advierte en La muerte de Luis XIV (2016), cinta en la que la cámara nunca deja la imagen del moribundo Luis XIV, el Rey Sol mostrado como un cuerpo que se pudre en vida, y que la estrella de la Nouvelle Vague, Jean Paul Léaud, interpreta como metáfora de su propia muerte y deterioro físico. En Liberté’ sólo se vale del ideal, mutilado, de la revolución para asomarse al terror que se esconde tras la imagen del poder. 

Crítica publicada el 18 de julio en la edición 2333 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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