Estro Armónico

Hijos pintitos de tigre (II)

Con la venia de la genealogía orteguiana, dilucidemos quién fue Aniceto de los Dolores Luis Gonzaga Ortega del Villar y qué magnitud tuvo su legado.
viernes, 30 de julio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Acorde con lo adelantado en la entrega previa, ahora nos corresponde ocuparnos del tercer heredero del destacado hombre de letras y distinguido funcionario público Francisco Ortega Martínez (1793-1849), empero, no debemos omitir compartiros, dilectos lectores, ulterior información que ratifica la extraordinaria labor formativa de este dedicado Pater familia, gracias a la cual su prole contó con un modelo ejemplar para distinguirse por sí misma, especialmente a la hora de educar a sus propios hijos.

Anotamos que en la casa del licenciado Ortega se imprimió una disciplina de estudio en la que el tiempo de ocio estéril se desterró por completo, y que a los cinco vástagos y la hija, amén de haber recibido ahí las primeras letras y los conocimientos generales, se les exigió que estudiaran una carrera, aprendieran un oficio y cultivaran alguna de las bellas artes. De estas últimas fue el arte de Euterpe aquel al que más énfasis se le otorgó. En estos términos poéticos don Francisco concibió los poderes de la música: Los corazones todos/ a tu albedrío mandas;/ los subyugas y mueves de mil modos;/ ¡Cómo a los duros delicada ablandas!/ y en ellos de piedad la llama pura/ encendiendo, los llevas con dulzura/ del amor a las aras adorandas.// ¡Para qué quiero el oro,/ si tú, Música, eres/ mi más precioso, mi mayor tesoro!/ Feliz yo, si de rígidos deberes/ libre algún día, puedo a ti entregarme,/ y en tus delicias sólo recrearme/ ¡Oh fuente perenne de mis placeres!”.

Igualmente, asentamos que las lecciones de piano fueron impartidas indiscriminadamente, y no como un mero adorno o pasatiempo, sino como una herramienta insustituible para cincelar la sensibilidad y refinar las emociones de los niños en formación. El primogénito Eulalio María Ortega del Villar (1820-1875) lo expresó de esta guisa: “Las lecciones que recibimos en los colegios y establecimientos públicos fueron nada comparadas con las que recibimos en el seno de la familia, de los labios y con el ejemplo de nuestro padre. En el hogar domestico no vimos sino ejemplos dignos de imitarse, honradez a toda prueba, virtudes de todo género y, cual verdadera punta de lanza educativa, los elevados trabajos del espíritu, el cultivo de las ciencias y bellas letras y la práctica cotidiana de la música, con el Piano Forte como catalizador”.

Sobre la valía intelectual de Eulalio digamos, nada más, que desde los 15 años de su edad comenzó a escribir poemas y ensayos. Su debut literario –en el primer número de la revista Año Nuevo de 1837– versó sobre la Batalla de Otumba, refriega acaecida el 7 de julio de 1520, en la que los ejércitos mexicas sufrieron una derrota de la que ya no pudieron reponerse y que los fue empujando hacia la capitulación definitiva del 13 de agosto de 1521. El tono antiespañol, emanado de la postura ideológica familiar y acentuado por las directrices de las tertulias familiares de las que derivará la Academia de Letrán en 1836, no tuvo miramientos. Leamos su apertura para confirmarlo: El sol se hundía ya en el horizonte: sus rayos iluminaban apenas las cúspides de las montañas, dándoles un color tan sangriento como el que tenían los llanos que habían sido teatro de las horribles crueldades de la barbarie española. Y para reforzar su inclinación –que tendrá un eco más objetivo en el “Episodio” Guatimotzin de su hermano Aniceto en 1871– no dudó en profetizar una revancha indígena en la cual la déspota Madre Patria sería borrada del mapa: El valle de Otumba brillará en la historia de España con la luz siniestra de los cometas. Los despojos de los iberos nos enseñarán el modo de fabricar el rayo; i traspasando el océano, los atacaremos en sus hogares; incendiaremos sus habitaciones; talaremos sus campos i convertiremos en ruinas toda la España. Cuando no se halle un español en todo el mundo, forzaremos al destino a que borre la Iberia del padrón de las naciones.

Así pues, con la venia de la genealogía orteguiana, dilucidemos quién fue Aniceto de los Dolores Luis Gonzaga Ortega del Villar y qué magnitud tuvo su legado. Ve la luz en Tulancingo el 17 de abril de 1825, exactamente el día en que arranca en la Ciudad de México el primer conato de Conservatorio merced a la iniciativa del músico Mariano Elízaga (1786-1842) y el efímero apoyo del presidente Guadalupe Victoria. Este dato es de capital importancia, ya que 41 años después, al cabo de otros dos intentos fallidos, Aniceto será pieza clave en la fundación del Conservatorio de la Sociedad Filarmónica Mexicana, simiente del actual Conservatorio Nacional de Música.

¿Por qué su cuna aviene en Tulancingo, deformación lingüística de Tollantzinco, o lugar de los tules? (1) Por la sencilla razón de que su padre es nombrado en octubre de 1824 prefecto de esa urbe que entonces pertenecía al flamante Estado de México y donde, curiosamente, Agustín de Iturbide buscó refugio antes de su deportación.

El bautismo que se planea un par de días después del alumbramiento es profético y merece que lo mencionemos. Por las buenas amistades que el genearca Ortega construye a su llegada a la cabecera del Estado, un rico minero de nombre Pedro Fernández de la Regata pavimenta con lingotes de plata el trecho de la parroquia hasta el hogar de su ahijado, en aras de augurarle que la fortuna siempre lo acompañe. Lo único que podemos comentar a ese respecto es que las dotes intelectuales, la capacidad de trabajo y el reconocimiento a sus logros serán una parte inequívoca de su riqueza humana, sin embargo, una salud delicada y las marchas forzadas que habrá de imponerse para cumplir con su multiplicidad de actividades lo llevarán a la tumba en la plenitud de sus facultades (morirá el 17 de noviembre de 1875).

Según algunas fuentes, Aniceto recibe sus primeras lecciones de música a los ocho años de edad, teniendo por maestro a su hermano Francisco. No obstante, es un dato endeble. Lo más plausible es que haya habido un tutor musical –pudo serlo el distinguido compositor José María Bustamante, amigo de su padre, que arma junto a éste el drama musical Méjico Libre estrenado durante la declaración oficial de la Independencia–, que se encarga de la enseñanza del piano para todos los miembros de la familia. Lo que es indudable es que, como niño inteligente y sensible, sus acercamientos al teclado tienen una gran componente lúdica y que su verdadero acicate para desarrollarse como pianista reside en la ejecución de la música misma (ya se ha comprobado que los estudiantes de música avanzan más rápido sometiéndolos, desde el inicio, a la ejecución del repertorio en lugar de atiborrarlos primeramente con los ejercicios técnicos y las nociones teóricas que debieran prepararlos para encararlo). Una crónica familiar apunta: Sin tener los conocimientos necesarios [que sí adquirirá de manera autodidacta más adelante] era muy afecto a componer, no diremos piezas, pero sí trozos de música de tal o cuál carácter, y en este trabajo permanecía horas enteras arrancándole sus secretos al piano.

Hacia 1833 se reinstala en la capital la morada familiar y cuatro años después Aniceto se inscribe en el Seminario Conciliar de Méjico, sitio tétrico donde estudia gramática, retórica, latín, filosofía, teología y rudimentos de leyes y medicina. Su bachillerato lo concluye en el Colegio de San Ildefonso y, huelga decir, como uno de los alumnos más aventajados, precisamente por su férrea disciplina de trabajo. Concluida esta etapa, aceptando su interés por las ciencias y el precepto paterno de cursar una carrera, se inscribe en la Escuela de Medicina donde, nuevamente, descuella por su aprovechamiento.

Al finalizar los estudios universitarios obtiene un puesto como médico de la fábrica de hilados y textiles La Magdalena, donde es contratado por su dueño, el acaudalado español Lorenzo Carrera. Es este personaje quien sufragará, desde finales de 1849 hasta mediados de 1851, el viaje de Aniceto a Europa, teniendo a los hospitales de Madrid y París como fulcros para su especialización en la obstetricia (de ello se desprenderá que al regreso se convierta en el introductor de la gineco-obstetricia moderna de la nación).

Es también de interés que apuntemos que durante la invasión norteamericana Aniceto empuña las armas junto a su hermano Francisco y que providencialmente salvan la vida, tanto en la batalla de Churubusco como en la de Molino del Rey. Fueron reclutados por el insigne doctor Leopoldo Río de la Loza, el pionero de la química en México, quien organizó al gremio médico para que defendiera la soberanía patria y curara a los heridos.

Datan de esos años sus primeras composiciones formales y, a pesar de que la mayoría están perdidas, nos complace sacar a la luz un vals inédito que puede atribuirse a esa época. (Pulse para escuchar esta primicia mundial. James Pullés, pianista).

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