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"Luna, 66 preguntas", en el Foro

El arranque de la historia cuesta... amenaza con tratarse de una cinta experimental con visos de ego trip, videos rayados, formatos incómodos, roles poco claros, pero la cosa va tomando forma cuando el espectador cae en cuenta que ya se ha involucrado con los personajes.
sábado, 31 de julio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Después de años de ausencia y distancia con la familia, Artemis (Sofía Kokkali) regresa a su natal Atenas porque su padre, Paris (Lazaros Georgakopoulos) se encuentra paralizado a causa de un ataque de esclerosis múltiple; un tanto reticente, la joven griega comienza a hacerse cargo de él y a ayudarlo en sus terapias, mientras se destapa un gran secreto que le permite entender y aceptar la figura de este padre ausente y hermético.

La trama importa poco, la imagen y la corporalidad funcionan a manera de composición plástica. El de Jacqueline Lentzou es un caso raro, al igual que el título internacional de este primer largometraje, Moon, 66 Questions (Francia-Grecia, 2020), donde yuxtapone palabras con una cifra en griego moderno (Selini 66 Erotiseis); el lenguaje adquiere fuerza de símbolo, y las imágenes de su cine –fenómenos astronómicos, guisos, helados, animales– funcionan como frases y palabras.

El arranque de la historia cuesta… amenaza con tratarse de una cinta experimental con visos de ego trip, videos rayados, formatos incómodos, roles poco claros, pero la cosa va tomando forma cuando el espectador cae en cuenta que ya se ha involucrado con los personajes; la incapacidad física del padre, la preocupación de Artemis por aprender el método de apoyo, están cargados de la tensión que resulta de tener que aceptar algo rechazado de antemano… todo ocurre sin sentimentalismo ni chantaje.

Luna, 66 preguntas se divide en capítulos, especie de diario de una artista que comienza cada parte con las fases de la luna y con una carta del Tarot; el satélite de la tierra es, a la vez, un cuerpo astronómico y un símbolo: cuando Sofía va a buscar a su madre, que vive separada de la familia, la cámara sostiene la imagen del cuarto menguante, la voz en off menciona “madre”, y la mujer aparece sin mostrar el rostro; escenificación perfectamente concreta, dramática, pero que ilustra un símbolo a la manera de una carta del Tarot. La elección de nombres como Artemisa o Paris muestra de antemano la intención de la directora de anclar su narrativa en la raíz del mito.

Lentzou es una realizadora joven (1989), pertenece a estas generaciones que han asimilado el arte de la instalación de manera natural; por ejemplo, el método que utiliza el terapeuta corporal para enseñarle a Sofía cómo cuidar del padre sirve también para que el público entienda las limitaciones físicas, la distribución y el costo afectivo, especie de catexias freudianas que aquí se ven y se hacen sentir; además, Sofía reensaya las dinámicas a solas con su propio cuerpo, como una niña que libera tensiones.

Estupenda secuencia, a manera de instalación, cuando Sofía observa a su padre que come una fruta junto con otra persona en paralelo, y entonces entiende, claramente, el tipo de relación que han tenido; la escenificación es simple, plano y contraplano, pero revela algo tan íntimo que resulta casi obscena. En cuanto al secreto, el tema es casi banal, lo que Jacqueline Lentzou explora es el agobio de vivir con él y el daño que el silencio provoca en una familia.

Crítica publicada el 25 de julio en la edición 2334 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

 

 

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