Cine

"La portuguesa"

Rita Azevedo invita al espectador a entrar a la pantalla a través de los ojos; la claridad de la profundidad de campo, la cuidadosa escenificación inspirada en las pinturas y en la luminosidad de Vermeer y de Rembrandt.
domingo, 29 de agosto de 2021

La mejor manera que tiene el cine de competir con las series de las plataformas televisivas, imparables en cuanto entretenimiento, es ser cine, las películas de acción se quedan ya cortas como surtidor de adrenalina; la realizadora portuguesa Rita Azevedo Gomes, discípula de Oliveira, fluye a contracorriente de esta carrera entre la liebre y la tortuga, simplemente no compite y se concentra en hacer cine, en construir imágenes a manera de máscaras que atrapen la vida, como ella misma define su manifiesto artístico. 

Con La portuguesa (Portugal, 2018), que se exhibe en la Cineteca, Rita Azevedo invita al espectador a entrar a la pantalla a través de los ojos; la claridad de la profundidad de campo, la cuidadosa escenificación inspirada en las pinturas y en la luminosidad de Vermeer y de Rembrandt, no piden disculpas ni exigen paciencia, sólo habrá que estar ahí y permitir que todo suceda.

La historia está basada en la segunda de las novelas cortas de Robert Musil, Tres mujeres (1924), donde el autor de El hombre sin atributos explora tres perfiles diferentes de mujeres cuya sensibilidad contrapone a la afectada psique masculina, poco apta en entender la transformación que se avecina. La adaptación, a cargo de la antigua colaboradora de Oliveira, la escritora Agustina Bessa-Luís, desplaza el punto de vista del personaje masculino al femenino. La propuesta es captar la vida y el alma de esta bella dama (Clara Riedenstein), portuguesa casada con un noble austriaco, Lord von Ketten (Marcello Urgeghe), y guardada durante 11 años en un castillo en el norte de Italia mientras su esposo hacía la guerra contra el obispo de Trento.  

La portuguesa no explica por qué, después de un año de luna de miel, el caballero se precipita al combate contra el feudo del obispo, como si esa fuera la actividad natural del hombre, mientras que la dama portuguesa, Penélope a fuerza, se entretiene cantando y jugando con sus doncellas a la espera de que se reanude el juego del amor; por medio de una bella elipsis, la realizadora muestra al caballero en medio de un campo sembrado de cadáveres, epílogo de toda guerra, la muerte. La época no está definida, posiblemente el final de la Edad Media, la atmósfera del relato tiene la magia de un cuento, algo parecido a Piel de asno de Jacques Demy, y la actriz Clara Riedenstein tiene mucho de la personalidad de Catherine Deneuve joven.

Pero Rita Azevedo es una artista del cine que reúne materiales y los desbarata para luego crear nuevas formas y sentidos; así ha hecho con obras de Stephan Zweig o Barbey D’Aurevilly, sin pedir permiso. La actriz y cantante Ingrid Caven, mítica esposa de Rainer Werner Fassbinder, aparece entre secuencias cantando a la usanza moderna, a manera de coro griego, condición femenina que atraviesa todas las épocas.

Es que Lord von Ketten significa el caballero de las cadenas. El nombre da cuenta del cinturón de castidad de los señores medievales, y en la novela de Musil, Von Ketten es abiertamente un misógino que se aleja porque no puede convivir demasiado con la mujer, aunque la ame y la cele; una de las razones de su odio hacia el obispo de Trento es que utilice ropajes que parecen de mujer. Nada de esto explica la directora: su cometido es convertir el impacto en la psique femenina en puro lenguaje visual. 

Crítica publicada el 22 de agosto en la edición 2338 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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