Adelanto de Libros

“Una ballena es un país”, de Isabel Zapata

Por su actualidad, ofrecemos a nuestros lectores el prólogo de la poeta Isabel Zapata a "Una ballena en este país", edición realizada con apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes a través del programa Jóvenes Creadores, cuya primera reimpresión acaba de sacar Almadía Ediciones.   
jueves, 30 de septiembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Animales y animalistas vuelven a estar en boga.

Y llegaron a estar en boca de la humanidad justo cuando con el covid crecieron las advertencias apocalípticas debido a “la crisis climática y la sexta extinción masiva”, como describe en el prólogo del poemario Una ballena es un país (Almadía, 108 páginas) la escritora mexicana Isabel Zapata (1984). 

Así sucede en México, donde Ricardo Monreal, el senador morenista, recién presentó el 24 de septiembre una iniciativa de reforma al artículo 4 de la Constitución, para agregar al “antropocéntrico” párrafo quinto el añadido que normativice “la protección, preservación y conservación de las especies animales como política de Estado”.

Pocas semanas antes, el primer miércoles de septiembre, las fuertes lluvias que cayeron en Santa Cecilia Tepetlapa sobre el refugio Milagros Caninos, de Xochimilco, provocó colapsos de tierra en el Cerro Comunal Teoca, sepultando cuatro perros “de la tercera edad”. La fundadora de este santuario, Paty Ruiz --quien se jacta de que se trata del mayor de América Latina “con 350 dogos bajo su resguardo”-- hizo llamados de socorro para rescatar a los animales en peligro. Los voluntarios lograron salvarlos, a excepción de un perro viejo llamado Virote.

Por otro lado, el mismo día cuando anunciaba su proyecto legislativo de bienestar animal el otrora gobernador Monreal (oriundo de Fresnillo, Zacatecas, región mexicana donde las tradiciones de los jaripeos y las peleas de gallos rifan), expertos de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad Autónoma de México (UNAM), advirtieron sobre los peligros de “traspasar la forma de ver el mundo como seres humanos al mundo animal… un fenómeno cada vez más frecuente”.

La noticia publicada en UnoTV (“¿Es malo humanizar a las mascotas?, esto dice la UNAM”) no especificaba quiénes redactaron el estudio en cuestión, aunque sí se destacó el siguiente párrafo:

“Los animales son parte fundamental de la familia, no obstante, el someterlos a actividades propias de los humanos puede ser perjudicial, ya que al pretender que se comporten como personas, se depositan en ellos expectativas fuera de contexto, que coartan su adecuado desarrollo.”

El arte ha divinizado, mitificado y satanizado a la fauna planetaria. Si los gatos fueron adorados como dioses por los faraones en el antiguo Egipto y las vacas son sagradas en la India desde tiempos inmemoriales, la literatura nos ha ofrecido obras ejemplares para amar (y temer) a los “otros” animales en libros tipo Platero y yo, El principito, Moby Dick, Alicia en el país de las maravillas, La metamorfosis, El sabueso de los Barkerville, Tarzán de los Monos, El viejo y el mar, Flush, Old Possum’s Book of Practical Cats, etc.

Por su actualidad, ofrecemos a nuestros lectores el prólogo de la poeta Isabel Zapata a Una ballena en este país, edición realizada con apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes a través del programa Jóvenes Creadores, cuya primera reimpresión acaba de sacar Almadía Ediciones.   

“Cómo amar este mundo”

Escribo estas líneas unos días antes después de que una expedición localizara en el volcán Wolf de la isla Isabela --la más grande de las islas Galápagos-- treinta tortugas gigantes de dos especies que se creían extintas, Floreana y Pinta. Entre ellas hay un pariente lejano de Solitario George, que murió en 2012 sin dejar descendencia y cuyo cadáver embalsamado vi un par de años después en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York.

Este planeta bellísimo, atroz, inabarcable, funciona más o menos así: especies aparecen y desaparecen todos los días en un baile que los seres humanos --con todos los avances científicos y las herramientas que tenemos a la mano-- somos incapaces de comprender. Sorprende que, a pesar de esta titánica ignorancia, habitemos el mundo como si estuviera hecho para nosotros, herederos de una visión antropocéntrica que Aristóteles estableció al colocarnos en la cumbre de la scala naturae de las criaturas. Actuamos como si los animales nos pertenecieran para usarlos a nuestra conveniencia: los capturamos para que nos entretengan en zoológicos, los torturamos hasta que aprendan a saltar a través de aros encendidos en circos, construimos mataderos industriales para asesinarlos de la manera más eficiente y vender su carne empaquetada.

Montaigne basó su elogio a los animales, que desarrolla en su “Apología de Raimundo Sabunde” en un escepticismo radical hacia la superioridad del ser humano: “¿Se puede concebir algo más ridículo que el hecho de que esta criatura fracasada y miserable, que ni siquiera puede mandar sobre sí misma se diga dueña y señora del universo?”. Considerar a los animales como seres inferiores a nosotros, dice Montaigne y yo suscribo, no solo es cruel. Es ridículo.

Con estas líneas en mente escribí Una ballena es un país, en un intento por decir aquello que el lenguaje de la academia o del activismo no me habría alcanzado para decir. Me interesaba sobre todo cuestionar nuestros vínculos con los animales y las creencias en las que descansan, con la intención de tender puentes de empatía que sólo la literatura es capaz de provocar.

A ti, lectora o lector que tiene este libro en sus manos, te pido que te adentres en él sin expectativas, libre de ideas sobre lo que son los animales y sobre cómo debe verse un poema dispuesto en la página. Imagina cada texto como un espacio de reconocimiento cargado de referencias y pistas que nos permitan continuar con el debate --urgente en estos días-- por otros medios. A partir de la apropiación de materiales y del libre uso de dispositivos literarios que en un principio podrían parecer incompatibles, concebí Una ballena es un país como una invitación a desafiar los límites entre ficción y realidad, entre poesía y ensayo y narrativa, entre el papel que creíamos tener en el planeta y el que la crisis climática y la sexta extinción masiva nos exigen adoptar.

Para entender que todos los seres vivos somos semejantes, aunque no nos parezcamos, es necesario transformar nuestra relación con la naturaleza y cambiar de posición; colocarnos ni por encima ni por debajo del resto de las criaturas del planeta, sino a su lado. A veces, cuando necesito tregua de las noticias desgarradoras y del pesimismo generalizado, pienso que todavía hay leones que atraviesan la sabana africana, tardígrados dormitando tranquilos en el musgo que cubre al musgo entero y ballenas inventando cantos que no llegarán jamás a nuestros oídos. Para cuando termine de escribir este párrafo, en las profundidades de la bahía de Jervis una sepia habrá cambiado de forma, de textura, de color; las alcantarillas de la Ciudad de México, de Nueva York y de París seguramente seguirán rebosando de ratas aficionadas a la pizza y capaces de recordar actos de bondad; miles de estorninos habrán recorrido los cielos en murmullos que los harán parecer un solo organismo coordinado. Qué tranquilidad pensar en todo lo que ocurre lejos de la mirada humana y, de cierto modo, a pesar de ella.

La poeta estadunidense Mary Oliver, a quien este libro debe tanto, se preguntó una y otra vez cómo vivir. De ella aprendí a observar las cosas que nos rodean sin querer tocarlas y que no es necesario convertirnos en dueños de lo que amamos. Que todos somos un poco salvajes de vez en cuando. Que no tengo que ser buena, sino permitir que el suave animal de mi cuerpo ame aquello que ama. Que los cisnes saben más de la vida que nosotros, que hay que escuchar a las flores cuando hablan y que los ríos son importantes porque en ellos encontramos compañía. Que si de pronto me siento dichosa inexplicablemente, es mi deber sacudirme el miedo y entregarme a esa dicha. Y que al final --realmente al final-- la vida sólo se trata de una cosa: cómo amar este mundo.

Si algo de eso te puede transmitir este libro, estoy satisfecha.

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