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Cine/Aún no: “Sujo”
Sujo (México/Estados Unidos, 2024) propone una perspectiva más optimista del mal ya endémico que aqueja al país desde hace décadas. explora la causa cultural base de todo mal, y propone una posible salida, por lo menos a nivel de reflexión.Los colaboradores de la sección cultural de Proceso, cuya edición se volvió mensual, publican en estas páginas, semana a semana, sus columnas de crítica (Arte, Música, Teatro, Cine, Libros).
CIUDAD DE MÉXICO (apro).-?Comparada con Sin señas particulares (2020), la cinta anterior de las realizadoras Fernanda Valadez y Astrid Romero, Sujo (México/Estados Unidos, 2024) propone una perspectiva más optimista del mal ya endémico que aqueja al país desde hace décadas; si la primera desarrollaba la historia de una madre en busca del hijo desaparecido, agobiada por la corrupción y complicidad de las instituciones -forma de fatalidad inevitable-, la segunda explora la causa cultural base de todo mal, y propone una posible salida, por lo menos a nivel de reflexión.
El título corresponde al nombre del personaje, mensaje ya en sí mismo que se aclara al final de la historia, huérfano de cuatro años cuyo padre, sicario asesinado por el narco, representa una forma que adquiere el destino. La criaturita escapa a duras penas de la mano de los asesinos gracias a su tía Nemesia (Yadira Pérez), quien lo protege y mantiene oculto en los cerros donde lo alimenta con pan y leche caliente. Naturalmente, cuando crece, Sujo (Juan Jesús Varela) se ve tentado por la posibilidad de vengar la muerte del padre y convertirse en un poderoso narco junto con un par de amigos con quienes creció, pero la cosa sale muy mal y tiene que trasladarse a la Ciudad de México.
La dirección no se deja seducir por el tema de la violencia, y sólo la muestra de soslayo, como en la escena donde Josué, el padre de Sujo, comete un crimen por encargo mientras deja al niño dentro de su coche con unos audífonos; la fotografía de Ximena Amann juega con sombras, pero elude los contrastes excesivos de luz que normalmente estilizan o glamurizan la brutalidad. La persona del padre de Sujo, que actúa el mismo Juan Jesús Varela, se muestra desde el punto de vista del niño, incompleta, claro, pero origen del mito sobre el poder masculino que se desarrolla posteriormente.
La gran ciudad a la que Sujo emigra, en sentido opuesto a Sin señas particulares -en la que una madre viaja hacia el ámbito rural -la frontera del norte de México-, ofrece la posibilidad de acceder a la educación superior, la UNAM en este caso, una forma más segura de escapar al destino que condena al hijo de un narco a seguir los pasos de su progenitor. A este nivel Sujo propone un cruce de caminos, sea continuar la violencia generación tras generación o elegir el camino de la formación universitaria; en el código de esta historia de aprendizaje, sinónimo de camino hacia la conciencia.
Plantear el camino de la educación como sinónimo de conciencia sólo es válido si se toma como metáfora, pues resultaría un prejuicio asociarla con alta cultura: Sujo va estudiar literatura, con libre arbitrio, e ignorancia, o falta de educación, como campo fértil para la criminalidad; discutible, sí, pero imposible de demostrar. Sujo, por supuesto, sugiere mucho más que esto, pues apunta al esquema patriarcal como fuente de violencia narcisista; el automóvil del difunto Josué, del que Sujo se siente legítimo heredero, establece una línea vertical de imágenes de la búsqueda de identidad de un hijo que van desde la obvia representación fálica a nivel freudiano, al sustituto del padre ausente, imagen de estatus y poder, o posibilidad de escape, entre otras tantas.
Las mujeres en Sujo, ya sea la tía Nemesia, capaz de ver fantasmas, que lleva el nombre de la diosa griega de la venganza, o la maestra argentina (Sandra Lorenzano) en la UNAM, sugieren el ideal de la fuerza femenina como madre nutricia o como posibilidad pensante de reflexión. Propuesta ésta también en el orden del mito.